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La mano izquierda de la oscuridad

Esta semana pasada ha muerto Ursula K. Le Guin, considerada uno de los más grandes escritores de ciencia-ficción, aunque ella prefería considerarse a sí misma simplemente como escritora, sin más etiquetas.

Ganadora en varias ocasiones de los premios más importantes en el ámbito de la ciencia-ficción, el Hugo y el Nébula, su obra giró siempre en torno a consideraciones de carácter social, especialmente el papel subordinado de las mujeres y el trato discriminatorio a las minorías. Aprovechando la libertad que proporciona la creación de universos y tiempos alternativos, sus novelas y relatos reflexionan sobre los defectos y carencias de nuestra sociedad, especialmente en el ámbito de las relaciones entre personas y entre grupos.

En el conjunto de su obra destaca el denominado “ciclo de Hain”, aunque ella no considera que sea una saga, al menos no en el sentido clásico, al que pertenecen dos de su novelas más famosas, “Los desposeídos” y “La mano izquierda de la oscuridad”, cuya acción transcurre en un conjunto de sistemas solares próximos, en los que han evolucionado diversas civilizaciones humanas, todos procedentes en origen del planeta Hain, cuyos habitantes fueron introduciendo poblaciones humanas en los diferentes planetas, incluida La Tierra, que se desconectaron unas de otras al cesar los viajes estelares y que se reencuentran y forman una confederación, denominada el Ekumen.

No todas las poblaciones, aunque humanas en origen, han evolucionado de la misma manera, puesto que los “hainitas” originales, hicieron determinados experimentos genéticos en algunos casos. Así, en La mano izquierda de la oscuridad, Le Guin introduce los habitantes del planeta Gethen, que no tienen género sexual definido, tienen actividad sexual solo un mes al año y antes de diferenciarse no saben si serán masculinos o femeninos y en cada nueva ocasión pueden cambiar respecto de la anterior.

Esta característica peculiar de hermafroditismo alternante permite a Le Guin profundizar en los conceptos de las relaciones entre los sexos y especular sobre una sociedad en la que realmente no hay diferencias sexuales ya que todos en algún momento pertenecen a ambos. El libro se ha considerado por parte de la crítica como uno de los pioneros de la ciencia-ficción feminista, etiqueta que ella siempre rechazó, considerando que se trata en realidad de una novela de ficción especulativa social.

Su preocupación por la temática social coincide con la de otras autoras, como Joanna Russ, mucho más radicalmente feminista, sobre todo en su novela “El hombre hembra”. De hecho, Russ criticó con dureza, y probablemente de manera injusta, la novela de Le Guin, por considerar que perpetuaba los roles de los sexos en nuestra sociedad. También con Margaret Atwood en “El cuento de la criada”, de tanta actualidad por la muy notable serie televisiva basada en ella. Pero la novela de Atwood, una distopía que puede parecer a primera vista un alegato feminista, que lo es, va más allá, criticando toda una serie de valores en los que se basa la sociedad estadounidense, por lo que se le ha tildado en los Estados Unidos de punta de lanza del antiamericanismo en Canadá, (Atwood es canadiense). Y con Octavia Butler, que por ser mujer y de raza negra padeció una doble discriminación en un ámbito como la literatura de ciencia-ficción, que tradicionalmente era un coto (casi) exclusivo de hombres blancos.

Todas ellas y algunas otras, como Kate Wilhelm, cuya maravillosa novela “Donde solían cantar los dulces pájaros” presenta un mundo postapocalíptico en el que las personas supervivientes son estériles e introduce el tema de la clonación masiva de seres humanos. Y como Sheri S. Tepper, siempre con temáticas alrededor de la liberación de la mujer, Marion Zimmer Bradley y James Tiptree jr (“nom de plume” de Alice Sheldon), contribuyeron a cambiar las temáticas de la ciencia- ficción, introduciendo, sin renunciar a los escenarios interestelares y a los alienígenas que siempre han caracterizado al género, las relaciones sociales e interpersonales en un plano prominente en sus obras.

Con Ursula K. Le Guin se va uno de los últimos grandes maestros de la segunda era dorada de la ciencia-ficción. Una pérdida enorme para todos los aficionados, pero también para la literatura, sin etiquetas.

Seguro que ya navega por la luminosa eternidad, a través del mar de soles y de las mareas de luz, donde el tiempo es una hélice de piedras semipreciosas.

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