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La tibieza de los "malos"

Por Francisco Gilet
miércoles 07 de marzo de 2018, 02:00h

Con el nuevo siglo está surgiendo una nueva “verdad” impuesta desde gobiernos, partidos políticos y organizaciones varias.. Todos los medios, con TVE a la cabeza, están sembrando en nuestra sociedad un nuevo axioma “el hombre” es malo por naturaleza, que se complementa con el subsiguiente, “la mujer” es una víctima de padres, esposos, parejas, hijos, amigos, vecinos. Y, naturalmente, esclava de todo cuanto configura la sociedad, sea lo que sea. Y desde esa “verdad implantada” los gobiernos asienten y asumen que no se puede estar sino del lado de quienes han determinado y defienden, con uñas y dientes, que oponerse a su “verdad” es correr el riesgo a ser linchados.

En esa “verdad” parece que no solamente nadan los políticos y parientes, sino que incluso el portavoz de la Conferencia Episcopal Española, ante una pregunta acerca de una asociación, se agarró en su respuesta a la Constitución Española, repelente de las sectas y entidades secretas. Ninguna mención a la doctrina de la Iglesia, ni al Levítico, sino que se embozó en la Carta Magna, como también lo hizo con la Ley de Igualdad LGTBI y demás confluencias genéricas, mencionando sus claros elementos “anticonstitucionales”. No hizo sino agarrarse a la “verdad proclamada” que impide, en este caso, aludir a las razones de carácter antropológico, de trasfondo moral, del magisterio de la iglesia católica, o simplemente del sentido común. Nos estamos refiriendo a una proposición de ley que establece — entre otras muchas medidas de adoctrinamiento — que todas las actuaciones de la Administración del Estado y de las Comunidades Autónomas incluyan un informe de evaluación de su impacto “sobre la orientación sexual” y “el género” de las personas. Obligación de informes de impacto LGBT que alcanza hasta a la construcción de carreteras y otras infraestructuras. Y es que, según todos los indicios, la jerarquía eclesial española ha tomado, también, el derrotero de agarrarse a esa “verdad proclamada” desde el estamento político. De ahí que, los capuchinos de Sarria organicen ayunos contra la “represión del Estado”, los Claretianos vendan libros pro independencia y el abad de Monserrat luzca lazo amarillo sobre su sotana mientras impide la entrada en el monasterio de lazos rojo y gualda..

El jueves próximo — los iluminados de Soros y sus confluencias internacionales han tocado a arrebato — saldrán a la calle todas las feministas, las socialistas, las comunistas, las abortistas, las lesbianas, los binarios, los trans y toda la parafernalia que rodea a la izquierda revolucionaria, exigiendo visibilidad, igualdad, feminidad, libertad, combatividad y rebeldía. Y en medio de tal batiburrillo de reclamantes de supuestos derechos y libertades, en los periódicos surge el cardenal Osoro, diciendo que daba por sentado que la Virgen Maria, “también haría huelga”, en el hogar de Nazaret, supongo. Brillante defensa de la mujer, convirtiendo en huelguista a la Madre de Dios — olvidándose de Marta de Betania, por cierto —, en lugar de aludir a la Encíclica Redemptoris Mater o a la carta Mulieris Dignitatem, por ejemplo. La explicación de su posición no puede ser otra sino que, el cardenal, no se ha leído ni una página del “Manifiesto Hacia la Huelga Feminista”.

Y la razón de tal circunstancia se halla en la tibieza que impera en nuestra sociedad. Una tibieza que se apoltrona en el sillón del “bien entronizado”, producto de mentes muy activas. Desde la tibieza se contempla como se van implantando nuevos “derechos” que, defendidos por los “buenos” deben ser aceptados por los “malos”. No hay elección, o se está con los iluminatti repartidores de pasaportes de “idoneidad cívica” o se está con los “malos” que cometen la mayor de las maldades; no admitir que el pensamiento único debe imponerse plenamente. Esa tibieza es la que impulsa a cerrar ojos, boca y mente, sin que pueda asomar otro pensamiento que no sea el aceptar todos sus contenidos y reconocer los supuestos derechos humanos hoy recogidos en ese Manifiesto. Los instalados en la “verdad” tienen todo el derecho a decidir qué es y qué no es “bueno”, mientras el resto, los emplazados en el “mal” deben respetar, sumisamente, las decisiones de aquellos que, inexplicablemente, gozan del don supremo de la “bondad cívica”. La “ventana de Overton” nos está conduciendo de lo impensable a lo correctamente político, pasando por lo radical, lo sensato y lo popular. Y así, sin darnos cuenta, por la tibieza de los “malos”, lo que resultaba inimaginable hace diez años se ha convertido en derecho impuesto. A principios del siglo pasado, surgió la lucha de clases, cien años después, se está instalando la lucha contra el hetero patriarcado, calificado de maléfico en una civilización caduca, que debe dejar paso a la modernidad, o sea, al sectarismo, dogmatismo, fanatismo, chulería, verriondez, resentimiento. Y, aunque el cardenal Osoro no lo entienda así, la tibieza no nos librará del arma de destrucción masiva que se esconde en esas manifestaciones con patinas pro feministas cuando realmente van contra ese “maligno” hetero patriarcado. Y si no se cree así, escúchese a Irene Montero y su histérica diatriba en defensa del Manifiesto y compárese con el de “No nacemos victimas” y se comprobará qué distingue a “malos” de “buenos”.

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