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Desaparecidos

Por Vicente Enguídanos
viernes 09 de marzo de 2018, 03:00h

Aparte del almeriense Gabriel Cruz, que suma ya diez días desaparecido, en España hay 2.271 menores más cuyo paradero se desconoce, según datos del sistema de Personas Desaparecidas y Restos Humanos sin Identificar (PDyRH) hechos públicos por el Ministerio del Interior. De todos ellos, solo 12 de estos casos son considerados "de alto riesgo confirmado", porque es evidente que no existe voluntariedad entre los más pequeños o, en el caso de los adultos, sugieren un carácter forzado.

Este viernes conmemoramos el Día Internacional de las Personas Desaparecidas sin causa aparente y, aunque tenga menor repercusión mediática y social que las reivindicaciones de la víspera, se han registrado 146.042 casos en nuestro país, en el que todavía quedan por aclarar más de 6.000 y de las que 245 son de alto riesgo (12 en nuestra Comunidad).

Decir adiós y asumir la pérdida de un ser querido parece lo más difícil a lo que nos enfrenta la vida. La muerte de un familiar o un amigo, como la ruptura con la persona amada, desgarra el alma y la deja hecha añicos durante largo, larguísimo tiempo. Apenas hallas consuelo en la mayor expresión de nuestra fragilidad al paso por el valle de lágrimas en el que se convierte cada mañana, cuando te preguntas sin desmayo lo que has podido hacer para merecer tanto dolor. Cómo debe ser el sufrimiento de los padres que no encuentran a sus hijos que, transcurrido un tiempo, llegan a preferir encontrar sus restos para darles sepultura a permanecer eternamente con la angustia de su desaparición.

Nuestro país sigue siendo un lugar plácido y seguro donde residir, pero algunos valores se están diluyendo y la influencia de culturas foráneas están modificando nuestras costumbres y alterando nuestra convivencia. Es probable que la alarma social y el morbo que desatan los sucesos trágicos generen una sensación errónea, pero el incremento de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado o el aumento de las dotaciones policiales locales no aminoran el clima de inquietud que se respira, mientras la clase política se enfrenta sobre la eficacia de las medidas judiciales y penales o la veraz reinserción de los delincuentes, muchos de ellos reincidentes.

Se desvanece la confianza de encontrar con vida a Gabriel o de resolver satisfactoriamente las desapariciones pendientes de aclarar, que suponen en España cinco veces más que los muertos por accidente de tráfico en un año, aunque la esperanza de recuperar a nuestros desaparecidos es lo último que deberíamos perder porque, como decía Théoden en El Señor de los Anillos, ningún padre debería enterrar a sus hijos, ni Marte ganarle la batalla a Cupido.
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