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Volver a empezar

Por Vicente Enguídanos
viernes 16 de marzo de 2018, 04:00h
Al otro lado del mar, en el Cap i Casal del antiguo Reino de Valencia, estos días ruegan al dios de los vientos que relaje su furia, para que el trabajo y la ilusión de miles de paisanos no acaben en el suelo sin antes haberse convertido en brasas.

Con los cinco sentidos puestos en la fiesta, cada mes de marzo un pueblo revive sus orígenes y fortalece su futuro en torno a una tradición centenaria, que purifica y cohesiona. El embriagador aroma de la pólvora, el armónico sonido de las bandas de música, el inconfundible sabor de la paella, los vivos colores de los fuegos artificiales y la caricia de las flores en la ofrenda a la Geperudeta, se combinan durante unos días para extasiar a propios y extraños de todo el planeta. Pero la parte lúdica de las Fallas siquiera es la más destacada de sus expresiones sociales, porque la relación vecinal que logran cerca de 400 comisiones ubicadas en la capital del Turia, la tolerancia en torno a la sátira de los monumentos en cartón piedra y la capacidad de renacer cada ejercicio, dejando que lo malo se consuma entre cenizas a las puertas de la primavera, son manifestaciones que pueden pasar desapercibidas al foráneo y que resultan esenciales para comprender el valor de estas fechas.

España es un país de culturas y lenguas que se entretejen y complementan, haciendo del sur de Europa un destino obligado de turistas y el lugar para residir en el que más se disfruta. Pero también donde más clones le han salido al hidalgo cervantino, mientras se quejan amargamente todo lo que les afecta. Si nuestros vecinos del norte se adueñaron del chovinismo, al cruzar los Pirineos el orgullo por la patria, en la que naces y paces, se diluye por un efecto desconocido que solo se recompone a instancias del deporte y las banderas. Si alguien atribuye al presidente del Gobierno la responsabilidad del empuje secesionista, los fugados políticos catalanes han generado la mayor expresión de unidad en el conjunto del Estado que hemos visto en democracia. Es una pena que la madurez expresada tras los oscuros años de la dictadura no haya cristalizado en un aprecio a lo que tenemos en común, frente al auge de los que nos individualiza.

Los valencianos, en la letra bilingüe que redactó Maximiliano Thous para el Himno de la Exposición Regional de 1909, dejaron reconocida la lucha de sus tres provincias para ofrendar nuevas glorias a la patria, de la que ya no se sintieron concernidos los seguidores de Blasco Ibáñez y los nacionalistas. La música del maestro Serrano, que aúna todos los sentimientos de pertenencia, precede integradamente a la marcha Real desde 1984, cuando se aprobaron los símbolos de la Comunidad, sobre los que siempre se ha mantenido una polémica estéril y que todavía perdura. Un enfrentamiento entre quienes respetan la ley y los que pretenden soslayarla, con ánimo independentista o colonialista, que se ha extendido por varios territorios, incluidas las islas.

La diferenciación es un signo de pluralidad y riqueza, que no tiene porqué ser excluyente ni disgregadora. Tan emocionante y participativa puede ser la Feria de abril como Els foguerons de Sant Antoni o la Verbena de la Paloma y tener la suerte de compartir sensibilidades e idiosincrasias tan diferentes no deben inducir a mirarnos el ombligo, sino a sentirnos orgullosos de formar parte de un conjunto excepcional que, con sus defectos y virtudes, nos hacen más fuertes que metidos entre barreras.

Esta noche del jueves se acabaron de plantar las fallas, que consumirán las llamas al acabar el primer día de la semana nueva. Son cuatro jornadas que persiguen que nuestra sonrisa y las ganas de vivir acaben con todo lo que no merece la pena, para que el equinoccio de primavera nos permita abonar la tierra fértil en la que queremos convivir, pero libre de malas hierbas.
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