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Pasteleando

Por Francisco Gilet
miércoles 11 de abril de 2018, 03:00h

Sin duda alguna, como venimos diciendo desde meses atrás, años quizás, no semeja que el nivel de instrucción política de los dirigentes sea de lo más excelente. Mas, sin duda, políticos como Zapatero o como Trudeau, Dastis o Katarina Barley — con alguno más cercano — no han nacido por generación espontánea sino que son fruto del clima cultural de nuestro occidente, en el cual se cierran los ojos a la realidad indeseada para abrirlos al espejismo del carpe diem anhelado. Así, mientras nuestro pastelero ministro de asuntos exteriores, Dastis, va proclamando que el problema catalán es una cuestión judicial, no política, la Ministra de Justicia alemana, antes de que se haga pública la sentencia del juez comarcal, se explaya diciendo que le será difícil al Gobierno (sic) español demostrar la malversación de caudales adjudicada al fugado Puigdemont.

Es decir, que la dirigente alemana se atreve a opinar desde su rango ministerial, incluso adelantándose a la A. Territorial y, de paso, olvidando que el Tribunal Constitucional de Karlsruhe zanjó la pretensión de celebrar un referéndum en Baviera fijando que: “En la República Federal de Alemania, Estado nacional fundamentado en el poder constituyente del pueblo alemán, los Länder no son señores de la Constitución. En la Constitución no existe ningún espacio para las aspiraciones secesionistas de los Länder. Son contrarias al orden constitucional". No se le ha ocurrido ni a Rajoy ni a Dastis recordárselo a la Katarina, pasteleando ante un incoloro desmentido alemán.

Y ello es síntoma de que, todavía no se han dado cuenta que la política es tan necesaria como la Justicia, pero también lo es el divulgar a gobiernos y ministros de la U.E., que Franco murió hace años, que España es un país libre, democrático, que los jueces son independientes, que no es sino propagar, pedagógicamente, en el estado de libertad y derecho en que vivimos los españoles. Y, puestos en labor, ampliar su esfuerzo siendo capaces de ganarse a la sociedad catalana, arrancando desde su profundidad ese mal, descuidado durante años, conocido como nacionalismo mutado en independentismo.

En 1993 González eliminó del C. Penal el delito de rebelión sin violencia para que el grupo vasco le aprobase los presupuestos; fracaso. Aznar penalizó el referéndum ilegal, pero Zapatero lo derogó para avenirse con los nacionalistas; tampoco fue un triunfo. Rajoy ni tan siquiera se ha planteado recuperarlo durante la legislatura anterior, con mayoría absoluta y el problema catalán en la lontananza. Y es que los gobiernos llevan años y más años pasteleando con el independentismo como si fuese un mal invisible.

Simplemente modificando la ley electoral y fijando la presencia de candidaturas en un mínimo de dos o tres territorios nacionales, se mandaría a los nacionalistas al ámbito que les corresponde, su C.A., evitando que cinco diputados tengan la llave de la aprobación de leyes que afectan a toda la nación, como los Presupuestos. Pero, parece ser que nadie se ha atrevido a plantearlo en momento alguno. Sería una razón de Estado, y en España, el Estado está mal visto.

Una España que contempla atónica como las figuras que debieran ser señeras para su sociedad, se enredan por unas fotografías, para pastelear luego con sonrisas y manitas infantiles, y otras se ven enfrascadas en un tema tan trascendente, según parece, como un Master, con minutos y más minutos de atención televisiva, mientras dos presidentes de C.A. se sientan en el banquillo por un tema judicial de cerca — sólo —de mil millones de euros y los medios les dedica cuatro líneas o dos minutos. Será que hemos perdido el norte, mientras en Hungría el Partido Derecha — sin tapujos —, gana por cuarta vez consecutiva las elecciones.

Por lo visto, el 49 por ciento de húngaros no considera que su posición contra la inmigración descontrolada — especialmente islámica —, su negativa a la política de cuotas de inmigración y su postura en defensa de los valores occidentales, principalmente cristianos, hayan sido un obstáculo para votar a la derecha. Una vez más, la opinión de Bruselas, de sus burócratas y de decenas de medios de comunicación europeos, ansiosos de la derrota del primer ministro Orbán, no ha hecho mella en los votantes húngaros. Mientras tanto, el TS francés ha anulado la asignación de “género neutral” solicitado por un psicoterapeuta de 65 años que pidió asignarlo a su hijo adoptado. Y el otro piernas del estilo del terapeuta, el canadiense Treaudu, reclama que el término “humanidad” sea sustituido por “genticidad”, exigencia que deben aplaudir con las orejas no sólo Zapatero sino también sus aventajados discípulos, Montero e Iglesias, inventores de la lotería para criaturas. Y es que, algunos personajes cuando se aprestan a ser cursis, no necesitan de Master alguno. Lo llevan en su ADN.

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