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No pierdo la esperanza

Por José Luis Mateo
jueves 19 de abril de 2018, 08:33h

El juicio contra ocho acusados de agredir a dos guardias civiles y sus parejas en Alsasua, que se enfrentan a penas de prisión por delito de terrorismo, ha comenzado este lunes en la Audiencia Nacional y, al margen de la polémica sobre la concreta calificación jurídica de los hechos, llama poderosamente la atención lo que subyace bajo este tipo de conductas que, por desgracia, no se ciñe únicamente a lo ocurrido en esa localidad navarra.

Tengo el convencimiento de que las personas no somos aquello en lo que creemos, ni somos lo que queremos ser; ni siquiera lo que creen los demás; somos exactamente aquello que hacemos. Y preocupa comprobar cómo somos capaces de cometer auténticas atrocidades y soberanas barbaridades, escudándonos precisamente en pensamientos, ideologías y creencias que parecen servir como excusa y coartada suficiente a la hora de comportarnos como auténticas bestias.

Y no olvidemos que estas son cosas que se aprenden desde muy pequeñito. Estamos hablando, como siempre, de educación. La gran asignatura pendiente. No hemos sido, ni somos, capaces de alcanzar un pacto educativo global, a gran escala, y los resultados saltan a la vista. El pensamiento único, el adoctrinamiento y el convencimiento de estar predicando una única verdad irrefutable, nos lleva a un camino de difícil salida. Si no se educa para preguntar sino para acusar, si se ponen sobre la mesa palabras como enemigo, bando, maltrato, opresión o lucha, nos acabamos encontrando con jóvenes nacidos en democracia que claman contra un supuesto Estado autoritario en que, según dicen, no se respetan los derechos fundamentales y donde, por tanto, todo vale para lograr el objetivo final.

Es evidente que vivimos en un Estado Social y Democrático de Derecho, en una Monarquía Parlamentaria construida sobre una Constitución aceptada por la mayoría de españoles, con sus virtudes y sus defectos, manifiestamente mejorable. En eso podemos estar todos de acuerdo. Ahora bien, siendo imprescindible acometer esas reformas, difícilmente podemos llegar a auténticos pactos de Estado, cuando falla la base, cuando parece complicado alcanzar acuerdos si todos tienen líneas rojas que imponer y pocas ganas de comprender posicionamiento distintos. Y si quienes deben dar el verdadero impulso a este proyecto común que me gustaría fuera España crecen con prejuicios que ya deberían estar más que olvidados, instalados en el rencor derivado de situaciones que ni siquiera han vivido y confundiendo, en demasiadas ocasiones, el inconformismo con la intolerancia, es que algo estamos haciendo rematadamente mal.

Pero no pierdo la esperanza. Esta misma mañana, charlando con algunos alumnos de la Facultad de Derecho, uno se da cuenta de que no todo está perdido, porque junto a quienes más ruido hacen, crecen otros que piensan antes de hablar, que cuestionan las cosas sin condenar, que empatizan porque entienden que todo posicionamiento tiene cierta justificación, por difícil que pueda llegar a parecer. Y cuando veo eso, cuando veo a jóvenes que escuchan, que buscan soluciones a los conflictos y no generarlos, que discuten y polemizan pero jamás utilizando la violencia como herramienta, entonces uno recobra el aliento. Y a estas alturas solo deseo que estos sean mayoría frente a quienes imponen y se amparan en supuestos derechos, según ellos ilimitados, para pisotear sin contemplaciones los derechos de los demás.

¡Ah! Y no me olvido de Alsasua. Insisto, dejando al margen la calificación jurídica de los hechos, que miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, a estas alturas, no puedan vivir en su día a día con total y absoluta tranquilidad en cualquier rincón de nuestro país, es algo que nos debe avergonzar a todos. Mi total apoyo a los Guardias Civiles agredidos y a sus familias. Veláis por nosotros y por nuestra seguridad y llegáis a sufrir insoportables situaciones por hacer vuestro trabajo. ¡Cuántas cosas deben cambiar todavía! Cuestión de tiempo, de mostrar auténtica voluntad de olvidar lo que de una vez debe ser olvidado y, sobre todo, cuestión de…no perder la esperanza.

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