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La vista gorda

Por Gabriel Elorriaga
martes 03 de julio de 2018, 01:00h

El arte máximo de Pedro Sánchez al que algunos historiadores ya comienzan a apodar “El desenterrador” es el de hacer la vista gorda. Forzado a pagar facturas a quienes secundaron su moción de censura sin otro punto de coincidencia que defenestrar a Rajoy no es capaz de decir “no es no” con aquella contundencia que usaba contra quien ocupaba el deseado puesto de La Moncloa. Pero como tampoco puede decir que sí a las estrategias de confrontación con el Estado, voladura de la Constitución y fractura de España se ha resignado a hacer la vista gorda, digan lo que digan y escriban lo que escriban, aquellos que espera que vengan modosos a La Moncloa con el ansiado tono de distensión. Que venga Quim Torra cuando menos como un Urkullu negociante, hablando sobre comisiones de estudio, sobre presos viejos y nuevas competencias, sin plazo ni remate. Eso quisiera Sánchez para soñar que lo apoden “El pacificador” y no solo “El desenterrador” y pasar los meses suficientes nadando entre dos aguas y consolidando una imagen de estadista a base de fotos. Pero el tiempo de espera apremiante y contundente está marcado especialmente desde la carta de los tres mosqueteros, Torra, Mas y Puigdemont, pidiendo reunirse, se supone que a cuatro bandas, con don Felipe VI. Puigdemont expresidente de la Generalitat y fuguista de la justicia española en Bélgica y Alemania; Mas, Expresidente de la Generalitat procesado por convocar y organizar una consulta ilegal y Torra, presidente actual de la autonomía, aun jurídicamente virgen y políticamente intratable.

Faltaban unos días para la inauguración de los XVIII Juegos Mediterráneos en Tarragona y la carta infantilmente ignominiosa parecía insinuar: Recíbanos como representantes exclusivos del pueblo catalán y podrá presidir cómodamente los Juegos. De lo contrario recibirá el rechazo espectacular de las masas independentistas. Si se nos acepta el Gobierno podrá seguir cohabitando en la ficción real-republicana y Torra dulcificará su gesto agrio el próximo 9 de Julio. La estulta carta no podía tener otra contestación que la que tuvo por parte del jefe de la Casa del Rey Jaime Alfonsín: Ser reexpedida al presidente del Gobierno y, por parte de este, al archivo de curiosidades. Llegó el luminoso día de los Juegos y Torra tomó la iniciativa: Iría a los Juegos pero sería la última vez que asistía a los actos de la monarquía o que invitaba al Rey a los que organice la Generalitat. Nadie le pidió otra cosa. Con un acto “normal” era suficiente para expresar sometimiento al protocolo del Estado y aplaudir a la bandera portada por Mireia Belmonte. El Rey de España no necesita invitación para hacerse presente en los actos celebrados en su reino donde y cuando convenga. Las mareas de ropa amarilla (gafe en todos los escenarios del mundo) no aparecieron por ninguna parte. Solo apenas doscientas personas se reunieron en el Parque de la Reconciliación de Tarragona, se supone que para reconciliarse con el presidente Torra en su doble papel de rebelde en plaza y conciliador en estadio. El papelón de Torra fue tan patético como el de Puigdemont declarando aquella independencia en la que no creía ni había preparado más allá de las charlas con sus amigos exaltados. Al parecer, el público de los Juegos estaba “elegido y controlado según la expectante Elsa Artadi, no como las manifestaciones que organizan los independentistas, siempre espontáneas como las flores en las praderas primaverales. Pero para Sánchez “la foto” era buena porque con su vista gorda no ve más que las apariencias y olvida la realidad.

Como el número de los Juegos Mediterráneos no creó suficiente desafío, Torra se fue a Washington a dar el número del folklore armenio-catalán con su lazo amarillo y su lenguaje de “presos políticos” y “exiliados”. Olvidó que aún existe un embajador del que no podía prescindir la Smithsonian Institution ni cualquier otra entidad legal en una nación con relaciones diplomáticas con España. Tuvo que tragarse la réplica del embajador Pedro Morenés y su eco aquí de Josep Borrell, catalán y Ministro de Asuntos Exteriores: “No podía permanecer impasible ante los ataques dirigidos contra España y su sistema judicial”. Pero Pedro Sánchez matizaría lo sucedido con su dosis de vista gorda. Se mantiene inquebrantable la voluntad de alcanzar una distensión y no dejará que “nadie” perturbe este objetivo. Hay que aguantar carros y carretas para que Torrallegue a La Moncloa a punto de caramelo. Divina obsesión. Si es preciso acercar presos, retirar recursos, ampliar competencias o subrogaciones a la Tesorería de la Seguridad Social, todo vale. Porque para el presidente de la vista gorda el problema no es España. Es la permanencia de la aparente mayoría absoluta de quienes le votaron la moción de censura sin otro propósito que quitarse de encima un Gobierno que, a pesar de su debilidad, les estorbaba. Pero esta mayoría que Sánchez quiere mantener, cueste lo que cueste, con la extrema izquierda y los separatismos, se considera con derecho a pasar sus facturas. Por mucha vista gorda por parte de Sánchez puede resultar que la estulticia de Torra beneficie a España. Engañar a todos y engañarse a sí mismo puede ser imposible a medio plazo. Todos quieren los regalitos prometidos de boquilla pero no firmados por el “nuevo chico”. Pablo Iglesias su televisión pública, Torra su República imaginaria y la señora Merkel sus emigrantes incómodos, todo hay que cobrarlo antes que la oposición resucite de entre sus cenizas y antes que nadie pueda frenarle. Tras el largo y cálido verano Pedro Sánchez “El desenterrador” estará en buenas condiciones para preparar unas elecciones de España contra España. La vista gorda hace milagros tan absurdos como que una nación bien situada económica y estratégicamente pueda quebrarse en manos de los dirigentes más necios de su historia. Todos los enemigos de la seguridad del Estado tienen o creen tener derecho a su ración de dinamita. No se respiraba un mes de julio tan esperpéntico desde hace ochenta y dos años. Con esta temperatura Torra vendrá a ratificarse en la declaración de independencia si el Gobierno no acepta un referéndum pactado fuera de la ley. Es la tentación que le ofrece la actitud claudicante del ejecutivo. El presidente tiene preparadas sus gafas de vista gorda. Nadie sabe si será capaz de quitárselas algún día.

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