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Interpretaciones

Por Sebastià Salas
martes 24 de julio de 2018, 02:00h
En las cuestiones sociales, las cosas no son blancas o negras. Los grises intermedios predeterminan la naturaleza del hecho. En derecho, suele decirse que el nombre no hace la cosa, más bien el contenido o el resultado es el que determina su forma.
Estamos acostumbrados a escuchar día tras día la proclamación de etiquetas variadas por parte de diferentes sujetos para calificarse o integrarse en un grupo social o político. Cada persona se define a sí misma como de izquierdas/derechas, progresista/conservador. Y ya no tan solo adjetivos ideológicos, también otros como moderno/antiguo, pijo/hipster, etcétera etcétera.
La reafirmación de dichas etiquetas no predetermina el hecho de ser así. Yo puedo decir una y otra vez que pertenezco a los rubios y nunca ser parte real de ellos. La voluntad, como digo, no define el fondo. Pese a lo escrito y lo dicho, la interpretación y los actos concluyen si pertenecemos o no a un grupo o si lo dicho se ajusta a la realidad.
Oigo últimamente una consigna: “Hay que reformar la Constitución”. Y yo, joven curioso, siempre me pregunta los motivos. El porqué de todo lo que se propone. Dicen, para un mejor encaje territorial de determinadas regiones. Dicen, para una reforma real del sistema de financiación. Dicen, por un tema de igualdad real de género. Y entre otras muchas cosas, dicen, para proteger derechos fundamentales y otros derechos sociales.

Y yo, joven curioso, que siempre trato de ser abierto, se me generan dudas acerca de la idoneidad. No me malinterpreten, joven curioso no es sinónimo de reaccionario o conservador. La mayoría de avances sociales que se promulgan reciben mi nítido apoyo. Pero, cuando dicen el encaje territorial, la Constitución ya reconoce regiones y nacionalidades. Cuando dicen igualdad de género, ésta ya está recogida en la Constitución y además se prevén instrumentos de discriminación positiva. Y cuando se enumeran derechos sociales, dicha lista no es exhaustiva, es decir, se permite ampliarla mediante analogía y jurisprudencia.

Pero ojo, lo importante no es hacer la crítica sobre las peticiones lícitas y necesarias de parte de la ciudadanía. La crítica se debe poner encima de la interpretación que se hace de la Carta Magna. Mi opinión sobre la reforma es que con la actual Constitución se pueden hacer maravillas. Y que una reforma no nos asegura un progreso real. Si sobre el papel pero no en el día a día. Las cosas son lo que son cuando se actúa y se demuestra. Las cosas no son las descritas en un papel. Y mientras sigamos con grandes proclamas y pocos cambios reales seguirá habiendo una parte de la sociedad no satisfecha. No les propongo parar de avanzar. Les propongo avanzar de verdad. Superar las palabras y llegar a los hechos.

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