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Desnaturalizando España

Por Francisco Gilet
miércoles 03 de octubre de 2018, 03:00h

Parece ser que todo tiene su momento. Y el tiempo de reír, según todos los indicios, ya pasó. Ahora ha llegado el tiempo de, simplemente, aguantar. El gobierno «bonito» de hace ya más de cien días, se ha ido desvaneciendo, empero ser «un equipo de granito», según la ministra Celaá. Sin embargo, a esa mujer de rostro pétreo le falló el subconsciente cuando aludió a que está «perfectamente engrasado». Cierto, engrasado hasta el resbalón por partida doble, de momento. Dos son los miembros que han abandonado el «equipo» al haber sido pillados en mentira. Mentira para tapar inútilmente sus vergüenzas. Ninguno de los dos, para el presidente, era lo suficientemente «decente» para continuar colocando sus pies bajo la mesa del Ejecutivo. Casi sin solución de continuidad, al tiempo de hablar, según parece, le ha llegado el tiempo de callar. La ministra Delgado, la que tiene bula para los observatorios de gays y demás géneros, después de haber sido pillada en tres errores, falacias o mentiras, ha decidido callar hasta el día diez. Ella también es una magnífica ministra, como Montón, como Huerta, incluso como Duque, antes astronauta como nos recordó Celaá, como apotegma de su defensa. Aunque, para el figura Abalos sea éticamente reprochable pero intocable por no ser militante. En ese equipo todos son ejemplares, hasta que dejan de serlo, naturalmente.

Para la progresía algunos elegidos dan la vida por el país, siempre que sea a beneficio de inventario. El equipo de granito engrasado, resulta que es más rico que los «burgueses» de la derecha. Paradojas de la vida. Quienes gritan que hay que luchar contra la pobreza, son más ricos que quienes trabajan para engrandecer al país, sin estridencias. Los tics totalitarios, rememorando el pasado, siguen ahí, vigentes, activos. Antes de mofarse de la guardia civil, con foto delatora, la vicepresidente Calvo ya mostró su patita totalitaria aludiendo a la necesidad de «limitar» la libertad de expresión. No le basta el código penal. La señora del tricornio jocoso, desea, exige más. No hace sino seguir las órdenes de su báculo parlamentario, Iglesias, que pide despenalizar las conductas que, dice, infringen la libertad de expresión, o sea, los delitos de discurso de odio, contra los sentimientos religiosos, el ultraje a España, las injurias a la Corona o el enaltecimiento del terrorismo y la humillación a las víctimas.

Y es que, cuando el afectado por la crítica no es de derechas, la libertad de expresión debe tasarse a conveniencia de la afligida víctima. Esos ufanos progresistas demócratas, se consideran con la suficiente autoridad moral para determinar qué está bien o mal. Y está mal todo cuanto saque sus vergüenzas a la luz pública. A partir de tal instante, si hay que matar al mensajero, no hay problema. Y si hay que anunciar que se está sufriendo un acoso personal, tampoco. Su mala memoria les impide recordar que ellos, los ejemplares, los graníticos, ya pusieron el listón para el adversario, convertido en enemigo odioso. Sin necesidad de nombres, han sido demasiados los políticos no socialistas que han sufrido el «acoso» mediático y el «derribo» político para que, ahora, la ministra Celaá nos endose que el equipo es de granito, cuando, merced a ello, no se les cae la cara de vergüenza, por sus mentiras y engaños.

Mientras, el presidente — paseante por USA haciéndose la foto típica de pasajero con el capitán del crucero — llega hasta California para hablar del cambio climático, Cataluña entera arde, ocupada por «pacíficos» delincuentes. Sin embargo, él, el indecente político, permanece impasible e invisible, ante la «familiar» ferocidad de los CDR, los CUP y demás bolcheviques independentistas, ya que todo, hasta Franco, sirve para tapar el seguimiento del caso Tesis, según Iván. Su indecencia política le permitió acceder a la Moncloa con 84 votos y, a partir de tal artimaña, iniciar el camino de la desnaturalización de todo cuanto signifique España y lo español. Abrió las puertas a la migración y ahora pretende que todos los llegados, sean de donde sean, puedan acceder a la nacionalidad española sin demostrar aprecio alguno hacia esta tierra. Ni aprecio, ni conocimiento de lengua, ni aceptación de cultura o normas democráticas. Se envolvió con la capa del soviético de la coleta, y ahí sigue y seguirá, aborregado, servil. El político socialista más inculto del siglo y el comunista desdentado más revanchista de la historia, están destrozando todo cuanto huela a español, con una falta absoluta de decencia personal. La mentira, el engaño, la arrogancia y el revanchismo son los únicos principios con los cuales se manejan, para que una república, como la manoseada por Largo Caballero, el Lenin español, se imponga. Ese Lenin ha resucitado; se llama Pablo. Y su compinche Negrín, también; se llama Pedro. Y el objeto de su deseo, todavía, España.

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