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Auschwitz y Birkenau en un día de octubre

martes 09 de octubre de 2018, 03:00h

“Those who do not remember the past are comdemned to repeat it”. George Santayana.

“Quien no recuerda su pasado está condenado a repetirlo”. Esta frase del filósofo español reza a la entrada del tristemente más famoso campo de exterminio.

El pasado viernes, por la mañana, visité los campos de Auschwitz y Birkau; era un día con el cielo azul, despejado, soleado y con una luz intensa. Si no hubiese estado en el escenario del horror hubiese sido un agradable paseo por el campo.

Miles de personas encontraron ahí su muerte, una muerte inexplicable, hace menos de setenta y cinco años. Su delito fue ser judío, polaco, gitano, húngaro. Daba igual si eras hombre, mujer o niño. Si no servías para el trabajo, (Arbeit macht frei –el trabajo libera- reza en el arco de entrada), que consideraban debías hacer debías morir, no tenías derecho a la vida.

Daba igual si eras tonto o listo, formado o analfabeto, tu suerte estaba ligada, en una plataforma de un andén, a la impresión que causases a un oficial de la SS que te dedicaba quizás dos segundos escasos.

Es un monumento al horror y a la sinrazón, por ello cada año dos millones de personas lo visitan para que se cumpla el enunciado de Santayana. Pude ver a judíos ortodoxos, quizás buscando a sus ancestros en las miles de fotos que cuelgan en las paredes de algún barracón, españoles, ingleses, alemanes y de cualquier nacionalidad imaginable. Los primeros que no quisieron que se destruyese ese patrimonio de la humanidad fueron los propios polacos. Las primeras víctimas de ese campo de exterminio.

No oí ninguna risa o carcajada durante las tres horas largas de visita y si vi alguna lagrima, además de las mías. Tuve, a pesar de haber pasado más de 70 años, la misma sensación que cuando hace un año visité el memorial del 11-S. Recogimiento, dolor y profundo respeto por las víctimas.

Montañas de pelo oscuro, cortado para la industria textil nazi, zapatos de todas las tallas amontonados, piernas ortopédicas de víctimas que a buen seguro no podían trabajar y fueron ejecutadas. Barracones en los que se hacinaban hombres o mujeres y niños, tatuados como animales, desprendidos de su dignidad y humillados de manera continuada por quien se cree superior por tener el poder de la fuerza y una idea absurda llamada la solución final, sólo deben quedar los purasangres.

Se me humedecieron los ojos detrás de las gafas de sol oscuras, irradiaba demasiada luz, quizás demasiada verdad para asumirla de golpe. Ese lugar que en invierno alcanza los 25 grados negativos debía ser el infierno cuando se producía alguno de los recuentos diarios de prisioneros; uno llegó a durar 19 horas. Todos hemos visto imágenes de presos demacrados, enfermos, tatuados con un número para llevar un mejor registro de las ejecuciones. La maldad, en estricto sentido.

Birkenau, a solo tres kilómetros de Auschwitz, era diferente. Era una versión 2.0 de la máquina de matar. Se mejoraron las infraestructuras para que asesinar “resultase más fácil y efectivo”. Los trenes de la muerte entraban por la puerta del campo de exterminio hasta un amplio andén en el que se decidía en un par de segundos quien iba para la derecha a los barracones y quien seguía recto hacia las cámaras de gas. Veinte minutos dentro y todo había terminado. Ochocientas personas menos en cada hornada por una mirada de un oficial nazi, durante veinticuatro horas al día.

Sólo han pasado setenta y cinco años desde esa barbarie y es obligado que lo conozcamos para que no se repita pero no debemos cobrar venganza. El pasado ya no lo cambiaremos, pasó lo que pasó y debemos evitar que se repita; debemos vivir con eso y sobre todo con el perdón.

Auschwitz, el hogar de la muerte, fue “liberado” por las tropas del mayor asesino de la historia, Stalin, 20 millones de personas cargan sus espaldas, pero como era del bando vencedor no se habló de ello. Como dijo Breno en el año 390, “Ay de los vencidos” (vae victis). Que pasen un buen día.

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