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Elogio de la restauración

Por Jaume Santacana
miércoles 26 de diciembre de 2018, 02:00h

No pretendo -en esas cuatro lineas- realizar un enaltecimiento del movimiento político conocido como Restauración y referido a la vuelta de los Borbones, en 1874, cuando el general don Arsenio Martínez Campos se “pronunció” (en lenguaje hispánico, “pronunciarse” significa pegarle una leche al Estado para darle un giro de mil demonios) en contra de la Primera República y devolvió a España a la dinastía borbónica, pandilla de reyes que, parece ser, el pueblo anhelaba fervientemente. A los Borbones siempre se les anhela, hasta incluso cuando están en pleno reinado. Otra cosa es que, de vez en cuando, el Pueblo les manda a freir espárragos, como el 14 de abril de 1931. La experiencia demuestra, sin embargo, que -como las mujeres despechadas- los Borbones siempre acaban regresando. Y la prueba es que ahí están todavía vivitos y coleando, sobre todo, coleando. Total, que la cosa no va de política. Va de la acepción más literal del verbo restaurar: “recobrar o recuperar”, volver a poner algo en el estado o estimación que antes tenía; o, concretando, reparar una pintura, escultura, edificio, etc. del deterioro que ha sufrido.

Soy licenciado en Historia del Arte y, desde mi feliz época de estudiante he profesado una gran admiración por el oficio (artístico, también, sin lugar a dudas) de restaurador. Evidentemente, son seres que adquieren la fama (si la llegan a obtener...) de personajes secundarios en el mundo tópico del Arte. En realidad, deberían tener una más que cierta consideración por la colosal tarea que realizan. ¿O no es precioso rescatar del olvido piezas que, en su momento, brillaron con luz propia y que el paso del tiempo o las inclemencias de todo tipo han dejado en mal estado?

Los artistas dedicados a tal función son individuos cargados de una paciencia infinita, con una técnica estética sublime, dotados de unos estudios rigurosos a la vez que severos y, sobre todo, henchidos de una sensibilidad y una creatividad digna de los mejores virtuosos artísticos.

Recientemente, he tenido el placer de conocer a una persona cuyo progenitor se dedicaba a estas labores. He conversado largas horas con ella y he observado la pasión con que se refería al trabajo de su padre. Algo más que admiración... o respeto paterno. Precisamente, estas charlas con la citada persona, me han traído a la memoria a los restauradores que tuve la suerte de conocer en distintos museos con los que tuve relación durante mis estudios. Gente sencilla, discreta si cabe, silenciosa pero con un elevado nivel humorístico, cosa que no les apartaba de la prudencia y de la moderación con la que observaba el mundo que les rodeaba. Gente juiciosa y mesurada, conscientes de su aportación a los procesos creativos indispensables para el posterior disfrute de las obras artísticas por parte del resto de la humanidad.

En cierto sentido, estos “trabajadores del Arte” -tal y como les apodarían, hoy en día, los sindicatos anarquistas- tiene un valor preciso tal como los propios oradores de la más preciada originalidad. Los llamados artistas, los primeros creadores de una determinada obra, serían absolutamente perecederos, transitorios o caducos si, detrás, posteriormente, no tuvieran a los restauradores que alargaran (y a veces regeneraran) su propio trabajo.

Hay que estar dotado de sentimiento, delicadeza, emotividad y ternura para ejercer tan digna ocupación.

Desde aquí, alzo mi copa para brindar a la salud de estos maestros (casi siempre anónimos) que desarrollan esta majestuosa profesión.

Sólo les pediría que -sin distraerlos de su delicada atención- pudieran restaurarme al final de mis días...

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