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Políticos y lectura

miércoles 09 de enero de 2019, 02:00h

La lectura es una actividad humana que podríamos denominar como prescindible. Fíjense ustedes si llega a ser prescindible que, de hecho alcanza categoría de imprescindible. No sé yo si les queda clara la sentencia; a mi, particularmente no, pero como estoy situado en el bando de los escritores me da igual; el problema lo tienen ustedes que, como lectores, deberían prestar más atención a la lectura e intentar, por todos los medios, comprender el contenido de los mensajes que un servidor les envía. Bien, a lo que íbamos: no se puede vivir sin oxígeno, pero en cambio se puede, perfectamente, disfrutar de la existencia sin haber leído jamas una sola letra del abecedario. Desde este sencillo punto de vista, el acto de leer se puede presentar, cómodamente, como algo inútil, es decir, no útil. Leer no produce. No genera nada que se pueda calificar como mínimamente provechoso desde la óptica material o económica; que no es rentable, vamos. De la lectura no se extrae ningún tipo de beneficio tangible o, por lo menos, corpóreo. Ahora bien, la acción de leer puede compensar la negatividad pecuniaria con un disfrute intelectual de carácter íntimo y personal. En principio, este goce afecta, exclusivamente, al personaje lector aunque, observado con una cierta profundidad, lo que se produce, a menudo, es un transvase de conocimiento entre el sujeto activo (el lector) y el pasivo (aquella persona o personas que entran en contacto con el lector). Es un transvase clásico de los que se denominan de/hacia, o sea, desde un punto a otro u otros. En este caso, las lecturas introducidas en el cerebro de algunas personas penetran el la manera de ser de los humanos que realizan las labores propias de una esponja, es decir, los que “reciben”.

Los políticos no leen. Ahora es cuando muchos de ustedes, amables lectores, se sulfuran, se ofuscan, se enfurecen por aquello de que no se puede generalizar. Y yo me pregunto: ¿a mi puta edad (puta se puede cambiar por “longeva” que queda más sexi, pero menos contundente) quién caramba (ahí debería haber puesto “coño” en lugar de carambas, pero no me he atrevido), pues eso, quién carambas me impide a mi generalizar o no generalizar? ¿Quién me lo impide? Yo, señores, generalizo cuando me da la gana, ¿queda claro? Bueno, al grano que se me acaba el papel. En general -para suavizar-, algunos políticos no leen. Y se les nota un huevo, o sea mucho. Se les nota tanto que, como no lo pueden disimular, tienen los santos pimientos de poner citas literarias en todos los discursos y mítines que realizan por doquier. Se trata de uno de los actos más cínicos que se conocen en la Historia de la Humanidad. ¿Qué cómo se sabe que los políticos no leen? Elemental: si leyeran -ni que fuera un libro muy de vez en cuando- no dirían la inmensa cantidad de burradas que sueltan por ahí sin ningún tipo de vergüenza y, además, su tono sería algo más plácido y el asunto de referencia estaría repleto de matices, tonos intelectualmente altos de miras, razones bien construidas, elementos de lógica y raciocinio por encima de la pura corrección, respeto al respetable (perdonen, no lo he podido evitar, ¡qué gozada!), pensamientos pasados por el tamiz de lo aprendido, utilidad en el servicio a los ciudadanos y un largo etcétera... tan largo que llegaría, por lo menos, hasta Ciudad Real... o más.

Yo ayudaría a pagar una parte de una campaña mediática (ya saben, prensa, radio, televisión, internet) dirigida a los políticos invitándoles, instándoles a leer; así de simple; así de eficaz. Propongo, inclusive, un eslogan que, aunque algo llamativo, obtendría una efectividad a prueba de bomba. Lo suelto: “Político: todavía estás a tiempo. ¡Deja de ser un gilipollas. Lee, joder, que no te hará ningún daño y atenderás mejor a tus súbditos!

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