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El separatista y el facha

Por Jaume Santacana
miércoles 20 de marzo de 2019, 02:00h

Si hay alguna cosa en la vida que me mole de verdad es, precisamente, aquello que las normas sociales que rigen la conducta humana intentan combatir: las generalizaciones. ¡No se puede generalizar!, berrean los maestros de la verborrea correctora, sin saber muy bien porque lo manifiestan con tamaña contundencia. Y, claro, la gente se asusta y, además de no generalizar jamás, resulta que van repitiendo por ahí la consigna: generalizar es malo, es fatal, es una ruina... Bueno, pues vaya por delante que servidor disfruta un montón generalizando a tope, ampliando las concreciones hasta límites insospechados, asumiendo todos los riesgos que se presenten y destacando todas las ampliaciones que la realidad me ofrece.

Y ya puestos, una vez metidos en harina, me dispongo a celebrar mis últimas generalizaciones con un ejemplo político surgido de las profundidades de mi cerebro; algunas observaciones que quizás tengan su punto de ligereza o superficialidad pero que, no por eso, dejarán de ser brillantes.

Desde el momento de los inicios del ya famoso procés hacia la independencia de Catalunya del resto de España, he ido tomando nota de algunas de las más importantes diferencias entre dos prototipos de personajes que, enfrentados ellos, hacen las delicias de los comentaristas y analistas políticos. Pasa que, todos los medios de comunicación -de uno u otro lado de la trinchera- se decantan por la información parcial y dejan de lado la objetividad de aquello que podría ser explicado razonablemente; incluso de aquello que debería tener un acelerado sentido del humor. Me explicaré.

Mi conocimiento de un par de tipos que responden a cada uno de los personajes que intento enfrentar me ayudan a poder dibujar un somero retrato de lo que representan ambos en la cuestión catalana, en el litigio entre España y Catalunya, conflicto nada despreciable. A partir de mi relación con cada uno de ellos me lanzo a la generalización más indomesticable posible; puro salvajismo especulativo.

El independentista catalán (porque resulta que casi todos los independentistas son catalanes, por definición y sentido común) suele ser un pesado de mucho cuidado. Son más pesados que la losa que cubre la sepultura de “Copito de Nieve”; un plomo, vamos. Su discurso sobre el “tema” es aburrido, cargante, fatigoso, latoso. En cuanto encuentran a alguien mínima mente dispuesto a escucharle se lanzan -sin paracaídas- al rollo de manera incómoda e insoportable; sin miramientos ni recato alguno. Si, por mala suerte, pertenece a algún grupo de whatsapp en el que uno está desdichadamente incluido, el daño que puede ejercer (con chistecitos, memes, “gifs”, etc. es inconmensurable. Ahora bien, en su defensa, es necesario recalcar que acostumbran a ser gente tranquila, pacífica, sosegada, mansa y apacible; aquellos a quien se suele definir como “buena gente”.

El facha español posee un carácter bien distinto. No se enrollan en demasía, van a su bola -son muy individualistas, o sea, poco gregarios-, parten de la base de un españolismo breve en el tiempo (España como estado tiene, todavía, un recorrido conciso y escueto), y marcan territorio con tinta muy nacionalista, aunque tilden a los “otros” de un nacionalismo exacerbado y perjudicial. Su obsesión por la indivisibilidad de España les marca el terreno, muy por encima de leyes, normativas y un seguidismo férreo de la llamada Constitución española. Se prodigan poco entre ellos pero sus líderes, sueltan continuos discursos colmados de eslóganes que provocan su defensa y, a la vez, atacan virulentamente todo intento de dialogar sobre todo aquello que afecte a la tan cacareada indivisible...

Para unos, España se rompe y esto hay que evitarlo a toda costa; para los otros, el derecho a la autodeterminación no es ningún delito; desean vivir separados de España, aunque aceptarían una federalización con algunos territorios con identidades sólidas, lenguas distintas, derechos históricos y todo lo que cuelgue.

Todo sería hablarlo con calma, sosiego y bonanza. Nada es eterno en política (¿o no se acuerda nadie de Franco y los Principios Fundamentales del Movimiento...indiscutibles...?

Por otro lado, la judicialización de la política es un puto desastre en toda democracia que se precie.

Como diría el golpista (ahí sí que le va el adjetivo) Tejero: ¡se hablen, coño!

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