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Ladrillo destructivo y malvado

Por Jaume Santacana
miércoles 24 de abril de 2019, 02:00h

Una buena amiga de Manacor me manda unas fotografías de algunos folletos turísticos que se distribuyen, sobre todo, en Alemania y el Reino Unido, en los que se reflejan unas playas vírgenes y sobre las cuales imágenes aparecen unos eslóganes que rezan: “Mallorca: ¡todavía quedan paisajes vírgenes!”. Ante tamaña aberración, mi cerebro y mis sentimientos se han unido para, primero, cagarme en todo lo que se mueve y, segundo, celebrar que “Notre-Dame” de París se haya quemado para así, evitar -durante un cierto período de tiempo- que la turba turística siga profanando el templo gótico. Lamento la contundencia de mis afirmaciones, pero tengo el moño mareado de tanta tontería.

En mis años mallorquines, varias personas, indígenas ellos, me contaron un comentario realizado por el entonces presidente de las Illes Balears y hoy en día imputado por la tira de casos judiciales, el ínclito Jaume Matas, cuando navegaba, tranquilamente, por la agreste costa de la Serra de Tramuntana con un grupo de amigos de conveniencia. Dijo, el entonces mandatario del Partido Popular y propietario de algún palacete palmesano de los que “no se venden si no que se heredan” (según una vieja “botifarra” conocida); dijo, repito, observando y admirando la impactante y deliciosa costa de Deià a Sòller: “¡batúa d'ell, si n'hi ha, encara, de paisatge per edificar!...

Conocí bastante bien Mallorca durante los años cincuenta y comienzos de los sesenta. Quedé muy impresionado (muy mucho) por sus horizontes marinos mezclados con los perfiles abruptos y rocosos de la Serra y otros promontorios. La mezcla era explosiva -en el mejor sentido de la expresión- y el resultado de las distintas visiones paisajísticas se asemejaba a la idea bíblica del relato del Paraiso Terrenal.

En los últimos años, finales de los primerizos “dosmiles”, he tenido la oportunidad de, no tan solo volver a Sa Roqueta, sino quedarme a residir en Ciutat unos tres años dedicados a “mis labores profesionales”. Me propuse -y lo hice, a fe de Dios- recorrer la isla, en moto, y conocer hasta el último rincón de Mallorca, la rural, la turística, la urbana y la campestre.

Les supongo, señores lectores, lo suficientemente hábiles y despiertos como para adivinar por dónde van los tiros de mi descripción y sé, puedo saber perfectamente, que algunos de ustedes, mallorquines con pedigrí, van a pensar: “¡que nos tiene que decir, ahora, este puto catalán!”. En mi larga experiencia profesional, este lindo comentario llegó, en diversas ocasiones, a mis oídos; y me sudó la oreja, la verdad.

Pues bien, sólo quiero expresar mi indignación por la carga altamente destructiva que se ha desarrollado durante un mazo de años en la Isla a causa de la adoración sagrada hacia el turismo de masas. Me parece indecente. Un edén malvendido por unos cuantos (no todos, claro) vagos y aprovechados que no han dudado -ni un instante- en asolar, devastar, arrasar y saquear lo más preciado de un país, de cualquier localización: su riqueza medio-ambiental, su paisaje, su idiosincracia paisajística, su todo.

Cada vez que observo los enormes, colosales destrozos que se han producido en innumerables rincones (y no tan rincones) de Mallorca, la vergüenza ( y no tan ajena, si me lo permiten) me azota el corazón y me sulfura el ánimo, la ética y hasta el desánimo.

Una buena amiga de Manacor me manda unas fotografías de algunos folletos turísticos que se distribuyen, sobre todo, en Alemania y el Reino Unido, en los que se reflejan unas playas vírgenes y sobre las cuales imágenes aparecen unos eslóganes que rezan: “Mallorca: ¡todavía quedan paisajes vírgenes!”. Ante tamaña aberración, mi cerebro y mis sentimientos se han unido para, primero, cagarme en todo lo que se mueve y, segundo, celebrar que “Notre-Dame” de París se haya quemado para así, evitar -durante un cierto período de tiempo- que la turba turística siga profanando el templo gótico. Lamento la contundencia de mis afirmaciones, pero tengo el moño mareado de tanta tontería.

En mis años mallorquines, varias personas, indígenas ellos, me contaron un comentario realizado por el entonces presidente de las Illes Balears y hoy en día imputado por la tira de casos judiciales, el ínclito Jaume Matas, cuando navegaba, tranquilamente, por la agreste costa de la Serra de Tramuntana con un grupo de amigos de conveniencia. Dijo, el entonces mandatario del Partido Popular y propietario de algún palacete palmesano de los que “no se venden si no que se heredan” (según una vieja “botifarra” conocida); dijo, repito, observando y admirando la impactante y deliciosa costa de Deià a Sòller: “¡batúa d'ell, si n'hi ha, encara, de paisatge per edificar!...

Conocí bastante bien Mallorca durante los años cincuenta y comienzos de los sesenta. Quedé muy impresionado (muy mucho) por sus horizontes marinos mezclados con los perfiles abruptos y rocosos de la Serra y otros promontorios. La mezcla era explosiva -en el mejor sentido de la expresión- y el resultado de las distintas visiones paisajísticas se asemejaba a la idea bíblica del relato del Paraiso Terrenal.

En los últimos años, finales de los primerizos “dosmiles”, he tenido la oportunidad de, no tan solo volver a Sa Roqueta, sino quedarme a residir en Ciutat unos tres años dedicados a “mis labores profesionales”. Me propuse -y lo hice, a fe de Dios- recorrer la isla, en moto, y conocer hasta el último rincón de Mallorca, la rural, la turística, la urbana y la campestre.

Les supongo, señores lectores, lo suficientemente hábiles y despiertos como para adivinar por dónde van los tiros de mi descripción y sé, puedo saber perfectamente, que algunos de ustedes, mallorquines con pedigrí, van a pensar: “¡que nos tiene que decir, ahora, este puto catalán!”. En mi larga experiencia profesional, este lindo comentario llegó, en diversas ocasiones, a mis oídos; y me sudó la oreja, la verdad.

Pues bien, sólo quiero expresar mi indignación por la carga altamente destructiva que se ha desarrollado durante un mazo de años en la Isla a causa de la adoración sagrada hacia el turismo de masas. Me parece indecente. Un edén malvendido por unos cuantos (no todos, claro) vagos y aprovechados que no han dudado -ni un instante- en asolar, devastar, arrasar y saquear lo más preciado de un país, de cualquier localización: su riqueza medio-ambiental, su paisaje, su idiosincracia paisajística, su todo.

Cada vez que observo los enormes, colosales destrozos que se han producido en innumerables rincones (y no tan rincones) de Mallorca, la vergüenza ( y no tan ajena, si me lo permiten) me azota el corazón y me sulfura el ánimo, la ética y hasta el desánimo.

El eslogan del citado folleto debería decir la verdad, sin tapujos ni disimulos: “vengan ustedes, extranjeros, a Mallorca: ¡todavía quedan sitios para destruir; ayúdennos. Gracias!”

El eslogan del citado folleto debería decir la verdad, sin tapujos ni disimulos: “vengan ustedes, extranjeros, a Mallorca: ¡todavía quedan sitios para destruir; ayúdennos. Gracias!”

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