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Domingo rojo

miércoles 01 de mayo de 2019, 01:00h

Todo el mapa de la piel de toro se tiñó de rojo, mientras en algunas tarimas el color predominante fue el negro. Dos colores que simbolizan, perfectamente, el éxito y el fracaso, socialista y no socialista, respectivamente. Todos están sacando sus conclusiones, o exclaman sus vítores o lamentos, según les haya ido en la feria electoral. Aunque, convenir con algunas de las conclusiones proclamadas no es fácil. Resulta curioso que, más de 8,6 millones de ciudadanos, se supone, no hayan tomado conciencia al depositar su voto en la urna, de la serie de mentiras, plagios, radicalidad, sectarismo, victimismo histórico, uso privado de medios públicos, ramalazos de odio histórico; como tampoco hayan mostrado preocupación alguna ni respecto al déficit, a la deuda pública, al incremento de impuestos. Ni tan siquiera han tenido en cuenta la cuestión catalana. En contrapartida, 8,9 millones de ciudadanos, se supone, mostraron su rechazo a todo lo anterior, tomando la opción confrontada a candidaturas tildadas de progresistas. Y, entremezclado con todo lo anterior, 600.000 votos de derecha, lanzados al mar, en compañía de otros 300.000 logrados por el partido animalista, que no lograron ni un solo diputado. O sea, cerca de un millón de ciudadanos, para la ley electoral no existen. Algo no funciona, según todos los indicios, pues, obviamente, ese millón de votos no goza de un trato igual a los restantes.

Hablando de negro, los populares, incomprensiblemente, comparecieron de tal guisa a afrontar el mal momento de justificar la perdida de más de setenta diputados. Difícil trago que no ha hecho sino empezar. Obviamente, la existencia de tres opciones no progresistas ha motivado la dispersión del voto que no comparte esa concepción de la sociedad. Sin embargo, todo arranca de más atrás; los gobiernos populares de Rajoy. El descontento por la política sociológica de aquel gobierno, la falta absoluta de venta comunicativa de tal política, junto con el mal uso de una mayoría ante temas de trascendencia social, como familia, ideología de género, educación, son los verdaderos provocadores del abandono de tal opción. Casado, encerrado ideológicamente entre el liberal Rivera y el españolista Abascal, no ha logrado impedir se absorbiesen votos que, habitualmente, le eran entregado para ser gestionados por gobiernos populares. En otras palabras, Casado y su equipo han sido incapaces de hacer olvidar la cobardía política de Rajoy y su dejadez como ejecutivo, y a partir de ello, ni atraer la ilusión necesaria para captar el voto de esos millones de ciudadanos que se encaminaron bien al liberal Rivera, bien al españolista Abascal.

Mientras tanto, Abascal y los suyos, deberán también reducir su euforia, por la sencilla razón de que no existen motivos para ella. No logrado un solo senador y ha penetrado en el Congreso con 24 diputados. Simplemente 24 hombres y mujeres, que serán absorbidos por el resto de la Cámara. Y que, evidentemente, mientras algunos miembros, como Espinosa de los Monteros, sigan con el tono que imprimen a sus discursos, podrán llenar los espacios de sus mítines, a título de espectáculo, pero no tendrán su reflejo en las urnas, como ha sucedido el domingo rojo. El español, mayoritariamente, ama a su tierra, pero sociológicamente está muy lejos del talante exhibido por algunos representantes de Vox. Es más, si tal opción el 28 M no toca poder, habrá que acudir al conocido «el poder desgasta, pero la oposición más».

En medio de tanto barullo, un discreto personaje va recorriendo pasillos y despachos, logrando que millones de españoles dejen de lado los inconvenientes de la causa socialista, y se fijen, exclusivamente, en la figura de su líder, implantado a golpe de moción de censura. Ese cauto es Iván Redondo, el verdadero vencedor de la lid electoral. Jugando contra corriente, con censuras internas, con memes jocosos, con un Inda furibundo, ha hecho uso de los tiempos y de los modos con tan sutileza que ha conseguido que un insulso Sánchez, despreciado meses atrás por los suyos, sin el escaño de diputado, sin Falcon, con el voto de independentistas, proetarras y podemitas, pudiese cambiar el colchón de su dormitorio en la Moncloa. Y diez meses después, gobernando a golpe de Decreto Ley y sin Presupuestos, con 84 diputados, intuyese que el votante popular estaba desmotivado, que el votante populista estaba desenganchado y que las ambiciones de la derecha radical no alcanzarían otro objetivo que dispersar a sus contrincantes. Todo un éxito que, jamás, jamás logró el gurú politólogo de Rajoy, don Pedro, incapaz de hacerle entender que debía disolver las Cortes, convocar elecciones e irse a su casa. Aquella tarde comenzó a teñirse de negro el ropaje popular y de rojo el terreno nacional.

Y ahora, con otra confrontación electoral a las puertas, no queda más opción que resistir, apretar los dientes y sacar pecho. Hay que lograr que esa pareja que habita una vivienda en el Paseo Mallorca deje de votar a Unidas Podemos, y se encamine al colegio electoral de Jaime I, con una distinta papeleta. El trabajo que se avecina es más que arduo; se han perdido millones de confianzas electorales, cuya recuperación precisará trasmitir mucha fe. Sin olvidar el «fortitudine vincimus», trasformado Casado en capitán de un nuevo Endurance, bloqueado por la corriente de Ciudadanos y la de Vox.

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