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Ex...

Por Jaume Santacana
miércoles 22 de mayo de 2019, 01:00h

Hace, más o menos, un par de meses fui convocado, vía Correo electrónico, a una cena de ex alumnos de mi escuela; más concretamente, se trataba de una reunión con los condiscípulos de mi clase, una clase ya lejana en el tiempo y en el espacio. La distancia en el tiempo era ya de unos notables cincuenta y cinco tacos.

En un primer momento, me vinieron a la cabeza una serie de nombres y apellidos de mis compañeros, cosa que me hizo esbozar una ligera sonrisa y recordar algunos físicos concretos (de la época, claro) y, asimismo, rememorar más de una anécdota con cada uno de ellos. Incluso sentí ciertas ganas de volverlos a ver, saludarlos y revivir, con ellos las cuitas escolares y, por otra parte, saber qué había sido de ellos durante la vida, por qué avatares habían transitado, matrimonios, divorcios, estados laborales, profesiones, viajes, enfermedades, etc. En mi mente se agolparon las caras de mis viejos compañeros de aula, los Monegal, Cladera, Rafecas, Rodríguez, Sibils y compañía. Me los volvía a imaginar a todos ataviados con la bata que la la disciplina de la escuela imponía. ¡Qué bien volverlos a ver y comentar todo lo comentable desde que nos vimos por última vez hace la intemerata de lustros!

El día antes de la cena de ex alumnos me sentí algo nostálgico y una cierta impaciencia rodeó mi espíritu, conjuntamente con las clásicas ansias de inmediatez para que, finalmente, suceda lo que uno tiene previsto que suceda; un poco lo de las jornadas prematrimoniales.

Y llegó el día; o mejor dicho, la noche. Los organizadores (porqué siempre, en este tipo de eventos, existen unos individuos -ya nacidos con este cometido- que, atribuyéndose la representación popular actúan de promotores del acto), así pues, los coordinadores habían reservado un amplio comedor, al fondo de un conocido restaurante, como paisaje del acontecimiento singular. Con puntualidad pero a la manera de los racimos de uva fueron entrando todos los comensales invitados (¡pagando el pato, claro!) y mientras fluían conversaciones típicas para romper el hielo, los ex alumnos fueron sentándose en las mesas redondas de elección libre para su ocupación.

Tras el primer plato (infumable, tal que si una boda) y transcurridos los minutos necesarios para las risas tontas de la re-presentaciones, los “los años no pasan en balde”, “cómo has cambiado, mamón”, “cuántos años hace de...” y un largo etcétera de tonterías superficiales, un vejestorio, profesional de la hostelería (casi ex, también) me arrojó por todo mi “encima” una fuente atiborrada de algo semejante a carne anticuada con setas trasnochadas y mucho, mucho, mucho jugo fruto de secreciones grasientas y pringadas, Mi traje, todo él, a tomar “pol saco”; y mis compañeros de escuela -y ahora de mesa- finando de risa, con unas carcajadas que se podían escuchar en Jericó y sus aledaños. La “¡madre que los parió!” fue mi primera sensación y expresión.

La conversación posterior fue de un soso y de una estupidez tal que la noche se me vino abajo y llegué a no ver la salida del túnel. Rafecas había continuado el negocio de su padre: un bar de putas en la calle Escudillers de Barcelona; Monegal había engordado casi todos los quilos que la ley permite sin ser delito y se había dedicado, con la carrera de químico a cuestas, a la elaboración de perfumes; Cladera era un especulador bursátil y jugaba con lo más corrupto entre el capital y la política, casado con una mujer bella (en su momento) y gorda durante el transcurrir de los años, una foca casi profesional; a Rodríguez las cosas le habían ido fatal: todas las empresas creadas se le habían caído en la más profunda de las ruinas y sus deudas envolvían su cuerpo como una camisa de fuerza; Sibils, en cambio, se había forrado de oro al inventar unas tiritas para negros, es decir, negras, sin el color de carne de las tradicionalmente occidentales. Todos ellos, sin excepción, me habían mostrado fotos de sus hijos y, lo que es peor, de sus nietos: bebés horrendos sin dentadura y arrugados hasta las cejas; pre adolescentes en bicicleta, nenas en edad núbil disfrazadas de novia con el contrato de felicidad eterna en la mano, etc...

La cena fue un desastre. Todo lo que se habló de las épocas pasadas fue un gran error; no tenía ninguna gracia, ya. Los profesores que tuvimos se quedaron sin turno de réplica porque se hallaban de cuerpo presente en sus respectivas cuevecitas individuales. Además, con la mierda de vino que nos proporcionaron, los ex alumnos empezaron a exaltarse y su excitación contando gilipolleces ancestrales aumentó a ritmo del grado alcohólico de la botella de garrafón.

Total: un puto desastre. Juré -por mi propio honor y por mi honor propio- no asistir jamás a un despropósito de tamaño calibre. No volveré a caer en una torpeza colosal como la vivida; malvivida, vamos.

Y pensar que todavía hay ciertas personas que asisten a actos como el relatado pero que, en lugar de ex alumnos, los participantes son ex soldados, ex humanos que cumplieron la “mili” (el Servicio Militar) en la misma compañía o en el mismo barracón. ¡Admirable!

Me he cambiado la dirección del correo electrónico, el número de teléfono móvil y, por si acaso, he dejado mi ciudad natal para trasladarme a vivir a Kuala Lumpur, cerca del edificio donde acogen huérfanos de todo tipo; un barrio silencioso: los huérfanos no suelen llorar...

¡No pasarán!... o sea, ¡no me encontrarán!
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