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A bodas me convidas...

miércoles 24 de julio de 2019, 02:00h

Desde hace ya unos cuantos lustros, vengo en observar que la gente, en general, transita por este mundo cruel con la absoluta creencia de que tiene que ir autodefiniéndose con una periodicidad monumental, sin contar con que al resto de los humanos, o sea a todos, nos importa uno o dos cominos sus comentarios acerca de ellos mismos, o sea de todos.

La autodefinición constante viene a ser un desnudo integral de cada ego sin conceder ni un ápice de decencia, ni una chispa de vergüenza, a los respectivos interlocutores; o mejor dicho, oyentes involuntarios. De hecho, todo dios, circula por ahí, a todas horas, explicando a los demás lo que él es sin que nadie, ni dios, se lo pregunte.

La semana pasada fui castigado a asistir a una boda, con ágape incluido, claro está. Siempre me digo que tengo dos objetivos a cumplir en esta vida y que, cada vez que me propongo conseguirlos, echo en falta un empujón de mi descarriada voluntad: dejar de fumar y abstenerme de pisar una boda. Pues bien, el hecho es que, una vez más, me vi obligado a comparecer ante los novios y observar, con mis propios ojos, como se empezaba a gestionar un nuevo divorcio a partir del cual nuestros regalos de boda quedarán fatalmente lanzados al abismo.

Pero no es esto lo que les quería contar: se trata de que, una vez incómodamente instalados en nuestras respectivas sillas de tijera, los comensales empezaron sus presentaciones de rigor: un señor calvo y con ligera melena en su cogote saltó inmediatamente: “yo soy abogado”; dos cuerpos más allá, otro gorrero afirmó: “yo soy médico”; la foca mal sentada junto al de la pelambrera en la nuca aseguró: “yo, es que soy muy puntillosa en las cosas del aseo”, sin ninguna clase de puta vergüenza por la ofensa colectiva; un tío situado en uno de los extremos de la mesa redonda dictaminó: “yo soy de izquierdas”, y se quedó tan ancho; junto a la dama amante del aseo se sentaba un hombre joven con un traje de segunda mano pero con alzacuellos visible. Y va y suelta: “yo soy católico”, como si el muy idiota no se acordara de que vestía de clergyman; finalmente, un enterado, con cara de sinvergüenza y unas gafas de las de ahí- te- quiero- ver- (y- no- puedo)”, nos abrumó durante toda la comida (criminal, por cierto, como en todos estos eventos) con frases del estilo de: “yo soy un buen fisonomista” (y se le cayeron las lentes); o bien: “yo soy más de carne que de pescado” (lo cierto es que miré mi plato y no supe saber, con exactitud, si estaba comiendo carne o pescado); también rebuznó el clásico: “yo, es que soy muy despistado”; “soy muy puntual”, a continuación. La guinda la puso la foca emperifollada cuando, sin reparos, dejó el nivel muy alto acuñando un sensacional: “yo soy como soy”. ¡Bravo!

Estoy convencido de que llegará un momento en que uno pedirá la hora por la calle y el cuestionado transeúnte le comunicará: “soy las tres y cuarto”.

¡Cagüendiez!

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