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Pedro Sánchez: entre la victoria táctica y la derrota estratégica

miércoles 24 de julio de 2019, 01:00h

Tras la primera sesión de investidura, todas las fuerzas políticas, a derecha e izquierda, coinciden en algo: reclamarle a Pedro Sánchez claridad. La imagen del trilero, que juega con los cubiletes tratando de disimular donde está realmente la bolita, ha sido repetida en círculos políticos y periodísticos no por casualidad. Un discurso autocentrado del candidato y unos reclamos a sus opositores en torno a la abstención, ha sido consistente con un juego de tensiones con su socio preferente, Podemos. Diversos analistas señalan que a estas alturas es difícil saber qué es lo que quiere realmente Sánchez, si un gobierno de coalición con Podemos o hacer fracasar esas negociaciones para ir a una nueva convocatoria de elecciones.

Sin embargo, la ambigüedad del candidato a la Presidencia del Gobierno tiene una poderosa causa: Sánchez se encuentra metido en una difícil encrucijada. Sabe que en las actuales condiciones se encuentra entre una victoria táctica y una derrota estratégica. Sería una victoria táctica procurar en serio un acuerdo con Podemos y con ello lograr la formación de un gobierno, pero si lo hiciera estaría dándole la razón a la oposición –y principalmente a Albert Rivera- que le acusan de estar montando un teatro para pactar finalmente con populistas e independentistas. Es decir, la profecía largamente anunciada se estaría cumpliendo irremediablemente.

En otras palabras, se hace cada vez más evidente para Sánchez que las necesidades estratégicas de competir por el centro político con PP y Ciudadanos, no son compatibles a largo plazo con un frente de izquierdas, tensionado hacia el extremo a partir del maridaje con Podemos. Porque si tuviera lugar ese escenario, Sánchez sabe que se convertiría en un muñeco de feria al que todos le lanzarían sus proyectiles, al mismo tiempo que las contradicciones internas de un gobierno compartido con Podemos lo harían irrespirable.

Hay que admitirlo: no es un horizonte halagüeño. Así que en estas circunstancias cobra cada vez más peso en el círculo íntimo de Sánchez la decisión de tirar por la calle de en medio: demostrar que la culpa de volver a las urnas es del resto del espectro político. Culpa de la oposición, que no quiere abstenerse y culpa del socio preferente, que pide una cuota de poder inadmisible. Si consigue consolidar esa imagen en el imaginario ciudadano, iría a la nueva cita electoral en las mejores condiciones posibles.

Sin embargo, eso no debe ser incompatible con la necesidad de mantener abiertas todas las opciones hasta la definitiva votación del jueves. Por ello, Sánchez no puede ser tan claro como le piden sus opositores y sus posibles socios. Desde luego, nos deja saber que su opción favorita sería un gobierno monocolor, porque tal cosa le sacaría de la encrucijada. Por eso pide a diestra y siniestra una aquiescencia gratis que (¡¡porca miseria!!) nadie parece dispuesto a darle, entre otras razones porque le reprochan que solo tiene 123 diputados. Otra razón de peso para pensar en jugarse el todo por el todo e ir a unas nuevas elecciones. Hay que admitir que la tentación tiene una justificación consistente.

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