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Una mamarrachada consolidada

miércoles 07 de agosto de 2019, 02:00h
Hace un montón de años que, cada vez que viajo en coche por una autopista de tres o más carriles, observo un fenómeno que, por irregular y fastidioso, me tiene frito. Me gustaría mucho que ustedes, amables y perspicaces lectores, ya conocieran la aberración que denuncio y se prestaran a darme apoyo moral; ésto me ayudaría a consolidarme como persona y estoy seguro que me formaría como ciudadano fiero en cumplir las normas sociales más elementales, aquellas que condicionan, sin lugar a dudas, el buen comportamiento entre vecinos de convivencia humana.

La cosa es la siguiente: como ya he situado al principio, en las autopistas de tres o más carriles de circulación (vamos, en este caso, a ponernos en el supuesto de sólo tres), una gran mayoría de los señores conductores o de las señoras “conductrices” suelen circular por el carril del medio, es decir, aquel que mantiene un carril a su izquierda y otro más a su derecha. Los automovilistas que transitan de esta guisa (repito: por la vía central) no deben ser conscientes de lo malos que son conduciendo; si lo fueren (conscientes), ellos mismos se estremecerían de pavor al percibir la anormalidad de su actuación.

Resulta que, como ellos, los malos, se circunscriben al citado carril central y no se mueven de ahí aunque les den aviso de que se les ha fallecido un pariente cercano, se produce una situación del todo estúpida: unos cuantos coches administrados por dóciles y cívicos pilotos circulan por el carril derecho, justamente el dedicado a los coches que se desplazan de manera algo más lenta que los restantes. Esta gente, los de la derecha, merecen todos los elogios habidos y por haber; su dignidad en el terreno del tráfico es admirable. Ahora bien: cuando los buenos conductores se quieren adelantar entre ellos (ocurrencia no tan solo legal sino brillante) sucede que los malos conductores, los fijos del carril central (que, por cierto, mantienen una velocidad moderada) no les dejan adelantar porque ellos, precisamente, están ocupando el espacio que les correspondería a los buenos para efectuar su legítima operación. ¡Qué tienen que hacer, entonces, los buenos conductores? Pues nada más ni nada menos que trasladarse dos carriles a su izquierda (por donde van los fittipaldis) y, una vez depasados los dos vehículos, volver a su estado natural cerrándose, de nuevo, al carril de los buenos, el derecho. No se si me explico; a veces, es más fácil redactar una excursión por la selva virgen que intentar relatar una simple cuestión de tráfico rodado.

Esta gente, los malos del medio, impiden una circulación sostenible -en lenguaje actual-, la fluidez normal del tránsito vehicular y una conducta cívica, comprensible, inteligente y positiva. Además, para más inri, son -en múltiples ocasiones- los causantes de atascos y bloqueos a causa del llamado efecto acordeón. A los imbéciles que utilizan esas malas fórmulas de conducción les debería sorprender, como mínimo, el hecho de verse adelantados, a derecha e izquierda, continuamente, por cocheros que cumplen, felizmente, las normas de buena conducta circulatoria. Pero no, están tan obsesionados en no dejar su puto carril central, que no ven tres en un burro.

A nivel personal, les confieso que me ha ido muy bien poderles explicar esta denuncia (de tantos años atrás, como ya les he contado) debido a que en mi casa no me dejan. Bueno sí, la verdad es que si que me dejan. Lo que pasa es que no soportan que -cada vez que conduzco, a cada cien metros del recorrido- les machaque con la consabida retahíla de ultrajes dedicados a “los del carril central”.

Ustedes sí que me entienden, sumarísimos señores. Gracias por prestarme su atención; les prometo devolvérsela lo más próximo posible.
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