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Y lo bien que se está en casita...

miércoles 14 de agosto de 2019, 03:00h

En estos precisos momentos, nos encontramos ubicados en el centro nuclear de la puta canícula anual y, la verdad, ante la tremenda y dantesca -nunca mejor expresada- perspectiva de miles de toneladas de grasa licuándose en playas de arena colillera; con niños y niñas tocapelotas; preadolescentes de manos y pies disformes y equilibrio voluble persiguiéndose entre ellos y repartiendo arena a troche y moche por encima de los cuerpos aceitosos tumbados sobre toallas resecas a causa del sol y la sal; egocéntricos ocupando metros de orilla recreándose con unas palas ridículas; los dos repugnantes rebozos, tales como el propio organismo pringado de sílice mojado además del que, impúdico, se esconde dentro de un mugriento táper conteniendo una flaca y enjuta loncha de chicha asexuada y marchita... Como se puede suponer, ante la susodicha perspectiva, uno no puede hacer otra cosa que apartarse del mundo terrenal y buscarse la vida de otra forma, apartándose violentamente de la sociedad si así las circunstancias lo requirieren. Tranquilos, porqué a la sociedad le importa un pepino que alguien se arrincone o se margine por voluntad propia; de hecho, la sociedad ni se inmuta por los cambios de tipo sociológico que se efectúan en su propia salsa.

Bueno, veamos: he intentado relatar cuatro imágenes y sensaciones que se producen cuando el mar se convierte en protagonista de los ocios veraniegos pero, ¡qué caramba!, las condiciones no mejoran si se trata de cambiar de aires y trasladarnos a lugares montañosos, cercanos o remotos, con altitudes más respetuosas o más discretas, con más o menos arboledas, riachuelos, animaluchos, peñascos o sombras.

La holganza de estío en la montaña se ha convertido -de unos años para acá- en un tormento del mismo calibre, si no más, que el ocio playero. De entrada, uno de los alicientes sagrados que ofrecía la naturaleza encuadrada en las lejanías del mar era el del silencio, la soledad y el respeto por la esencia del cosmos. Bien, este requisito, antes imprescindible, se ha ido, con las décadas, a tomar viento. En estos momentos, ultra la colosal masificación que ha sufrido, que está sufriendo, la montaña, uno sale a pasear por un caminito verde y un ruido le estremece el alma; ahí es nada: montado en el estampido, un cabronazo conduce un aparato de cuatro ruedas feo a parir. Si la cosa no pasa de cabreo por el estruendo y el zumbido del motor, aquí paz y después gloria; en cambio, si cuando uno se gira para localizar el fragor y ya no le da tiempo de zozobrar, va y se le echa el cacharro encima, puede que uno salga con susto incorporado o -si la suerte le es esquiva- con una muerte más o menos prematura y disgustante.

Ascender a picos ha dejado de ser una aventura apasionante para mudar a un profundo recuerdo del metro de la linea 5 en hora punta. ¡Codazos, oigan: hay codazos! Los actuales alpinistas se agolpan a miles en las cercanías de las cimas y actúan como perfectos combatientes para conseguir llegar los primeros. Las hostias que se reparten van a boleo y no respetan ni niños ni mujeres ni ancianos. Los amigos de los implicados fotografían sin tregua a los muertos que se quedan en los arroyos, encharcados en sangre (utilizan toda clase de artilugios para asesinar a los competidores).

En los establecimientos denominados camping -otrora un remanso de paz y un ejemplo de civismo y convivencia general- el negocio consiste en agolpar de tal manera tiendas y caravanas que, en algunos casos, las familias se mezclan y unos abuelos cenan con otra familia que no es la suya; o bien, algún tío o tía carnal, quizás muy carnal, él o ella, sigue las conversaciones de sus convecinos y responden a temas que no les incumben.

También los antiguos hoteles de montaña, en los que la familiaridad y las buenas maneras se mantenían entre los veraneantes más veteranos, se ven, hoy, henchidos de gente que visten como si estuvieran en Alcalá-Meco; humanos que, a la hora del desayuno, se hinchan a comer y, a la vez, envuelven en servilletas todo aquello que, después, saciará sus hambres en plena ascensión montañosa. El desayuno crea su propia pista sonora: niños maleducados berreando como chivatos mientras sus padres y madres preparan sus excursiones.

En fin: para qué soltar más paradigmas... Uno, un servidor de ustedes, visto lo visto y oído lo oído, se ha quedado en su casita desde los primeros síntomas de calor y de huida masiva de la sociedad a mar y montaña y, se lo prometo, estoy disfrutando de lo lindo sentadito en el sofá, con cerveza y libros incorporados y, teniendo por cielo, un precioso y útil ventilador de esos que reparten un aire civilizado y no te oprimen la gola como los dichosos aparatos de aire acondicionado.

Cuando, a ratos perdidos, me vienen a la memoria escenas de playa o camping montañoso, me da por la risa floja y cambio la cerveza por un buen Lagavulin, un malta de 16 años con aromas de ahumado, yodo y acetona.

Y, así, tan ricamente... las veo pasar...

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