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Una joya de Robert Mulligan

sábado 17 de agosto de 2019, 02:00h
Como suele ocurrir casi siempre con las grandes películas, «La noche de los gigantes» (1968) es ya fascinante desde sus mismos títulos de crédito, cuando vemos aparecer por el encuadre superior izquierdo a Gregory Peck corriendo por una colina con un rifle, mientras al mismo tiempo empezamos a escuchar el bellísimo y melancólico tema principal del filme.

«La noche de los gigantes» es no sólo una excelente película y una joya a reivindicar, sino también un filme que situaría entre los mejores westerns de la historia del cine. La citada reivindicación debería hacerse también extensiva a su director, Robert Mulligan, y a su productor, Alan J. Pakula, que durante años conformaron un tándem de primer nivel que ya nos había ofrecido con anterioridad una obra maestra como «Matar a un ruiseñor» (1962). En «La noche de los gigantes» merecen además ser elogiados especialmente el guionista, Alvin Sargent; el director de fotografía, Charles Lang, y el autor de la banda sonora, Fred Karlin.

El filme nos cuenta una historia que nos atrapa ya desde el primer instante. Un reconocido explorador del Ejército, Sam Varner (Gregory Peck), ha decidido retirarse e irse a vivir a un rancho que ha comprado en Nuevo México. Pero antes de hacerlo ayudará de manera desinteresada, incluso poniendo en peligro su propia vida, a Sarah Carver (Eva Marie Saint) y a su hijo, que huyen del padre del pequeño, un indio especialmente sanguinario llamado Salvaje. El mejor amigo de Sam, Nick (Robert Forster), explorador de origen indio, jugará un papel muy importante en la resolución de esta historia.

Entre las muchas virtudes de «La noche de los gigantes» se encuentran la elegancia y la perfección técnica con que está rodada por Mulligan, la autenticidad que transmiten todos los actores —¡cuánta tristeza y melancolía hay en la mirada de Eva Marie Saint!—, la importancia que se concede al paisaje o la tensión creciente con que se desarrolla la intriga principal del filme. Otros aciertos a destacar son la sutileza con que se nos cuenta la preciosa historia de amor que poco a poco va naciendo entre Sam y Sarah o la defensa implícita que se hace del valor de la amistad. Tanto Sam como Nick son dos seres esencialmente solitarios, pero a la vez también empáticos y compasivos.

El personaje que interpreta aquí Gregory Peck nos recuerda mucho al Atticus Finch de «Matar a un ruiseñor», porque es íntegro y vulnerable al mismo tiempo, porque cree en unos valores y porque llega a poner en riesgo su vida para defenderlos. El título original de este western, «The stalking moon» («La luna acechante»), resulta especialmente orientativo acerca del gran peligro al que se enfrentará Sam Varner. «No le oirá llegar», le advertirá Sarah a Sam con respecto a Salvaje. «Le oiré», afirmará él, de manera rotunda, por dos veces. Y nosotros, como espectadores, desearemos con todas nuestras fuerzas que así sea y que la oscura odisea vivida por los dos tenga, pese a todo, un esperanzador y luminoso final.
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