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Un partido muy intenso
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Un partido muy intenso

Una de las señas de identidad del Mallorca de Vicente Moreno ha sido siempre la intensidad. Así fue en Segunda B, así fue en Segunda y, por lo que vimos ayer, así ha empezado siendo también en nuestro soñado regreso a Primera. De hecho, tal fue la intensidad con la que salió el equipo al campo, que a los cuatro minutos Dani Rodríguez ya había adelantado al conjunto bermellón con un auténtico golazo y además tras una carrera previa a lo Usain Bolt. Nadie habría dicho, de no saberlo, que hace apenas dos meses el Mallorca estaba jugando aún en la Liga 123.
Esas ganas y ese ímpetu lograron sorprender primero, y superar después, al Eibar, un conjunto que si por algo se caracteriza casi siempre es, precisamente, por su concentración e intensidad. Así debía de entenderlo también su entrenador, José Luis Mendilibar, a juzgar por la recurrente —e intensa— expresión de disgusto que mostró a lo largo de toda la primera parte. En ese sentido, la llegada del descanso supuso un pequeño alivio, como mínimo gestual, para el técnico del conjunto armero.

En consonancia con lo que habíamos visto hasta entonces, incluso el césped de Son Moix fue regado durante el intermedio con bastante intensidad, aunque posiblemente tal vez demasiada. Cuando volvieron a saltar todos los jugadores al campo, a los pocos minutos percibimos que el Mallorca había perdido quizás algo de energía y de viveza en su juego, cualidades ambas que, por contra, parecía haber ganado el Eibar. No es un reproche. La intensidad es una virtud que resulta muy difícil de mantener en todo momento y lugar, pero no sólo en el fútbol, sino también en los estudios, en el trabajo, en las relaciones románticas de pareja o en las crónicas periodísticas post-partido.

A consecuencia de ese cambio momentáneo de papeles entre los dos equipos, a la salida de un córner llegó el gol del empate, obra de Paulo Oliveira. Era el minuto 57. El Mallorca notó el golpe en ese momento y sus seguidores también lo notamos un poco. Yo, por ejemplo, empecé a sentir un ligero malestar en la boca del estómago, fruto de una incipiente ansiedad. Por fortuna, esas molestias psicogástricas empezaron a disminuir poco después, enseguida que el equipo de Moreno logró recomponerse y encarar con decisión el área rival.

Tanto fue el cántaro a la fuente a partir de entonces que, tras un pase de Joan Sastre y con la ayuda involuntaria de Oliveira, volvimos a adelantarnos en el marcador a falta de un cuarto de hora para la conclusión del partido. En esos minutos finales no hubo, además, ningún nuevo sobresalto en nuestra área. Felizmente, acabamos el encuentro como lo habíamos empezado, jugando con determinación, con orden y, por supuesto, con intensidad. Bendita intensidad.
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