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Más negociación

Por Gabriel Elorriaga
jueves 03 de octubre de 2019, 01:00h

Concluido el plazo de formación de coaliciones preelectorales con el ciego rechazo de “Ciudadanos” a “Mas España”, queda abierta la cruda realidad de que no hay otras opciones viables que PSOE o PP, ya que todo lo demás son adherencias o divertículos. Según las encuestas más o menos fiables no salen las cuentas en ningún sentido ni para que uno ni otros formen un Gobierno estable en solitario. Si tenemos en cuenta aquellas encuestas realizadas en tiempo y forma –no las realizadas antes de fracasar la investidura de Sánchez o convocarse las elecciones de noviembre–, se observa que aunque el descenso del PSOE y el ascenso del PP tienden a cierta aproximación ninguna de las dos partes se configura como una mayoría suficiente ni solos ni acompañados de hipotéticos grupos afines. Por ello no es difícil pronosticar que se presiente un panorama de negociaciones o de bloqueo. “Podemos” sigue siendo tan clave como antes y el batiburrillo más enrabietado o impredecible que nunca también puede sumar o restar.

Que Pedro Sánchez espere completar una mayoría con el parche de “Mas País” es como si Pablo Casado esperase completar una mayoría con VOX. Puras fantasías. Ni con todas las aproximaciones liberales o progresistas de uno u otro sector del arco parlamentario resulta un reparto de escaños que permita formar un Gobierno coherente y estable capaz de aprobar las urgentes medidas políticas y económicas que exige la situación. El futuro previsible es la exigencia de negociaciones para que no se repita la imposibilidad de formar un Gobierno con autoridad suficiente. Pero cabe preguntarse ¿Con autoridad para qué?

La autoridad no puede pedirse para que el objetivo principal sea el nombre del presidente del Gobierno sin condicionamiento de un programa. Ni uno ni otro sector del arco parlamentario va a ceder sus escaños para satisfacer gratuitamente de un aspirante a la investidura poco estimado. Ni tampoco para bendecir las propuestas de un programa contrario a sus convicciones. La capacidad de maniobra de un Gobierno solvente en la actual coyuntura solo puede negociarse en torno a los dos objetivos apremiantes de nuestros días que son hacer frente a las grietas disgregadoras que los separatistas pretenden mantener crecientes en Cataluña, contaminando al conjunto del sistema constitucional y hacer frente a la desaceleración económica y su repercusión en la capacidad de empleo de la población activa. En torno a estos dos objetivos de Estado es donde tendría que establecerse un punto de convergencia temporal capaz de tomar con mayoría absoluta las medidas necesarias aunque, pasado un plazo de estabilidad, pueda abrirse de nuevo el capítulo de discrepancias, una vez que la crisis territorial y la crisis económica hayan sido superadas.

El tema estrella de Cataluña –estrella por la “estelada” no por su brillo– no reside en exclusiva, como quisiera Sánchez, en que Torra condene la violencia ni en si se cumple o no el Estatuto de Autonomía sino en si se rompe el Estado de Derecho diseñado por la Constitución española. La hueca palabrería de Sánchez, aún con un españolismo retórico, no es suficiente sin acciones efectivas correctoras de su fracasada política de apaciguamiento para mantenerse como mal menor capaz de absorber en falto unos votos traidores. En cuanto a la desaceleración económica es evidente la caída de las previsiones de crecimiento a partir de las cuales se reduce el empleo. La inversión extranjera en España está cayendo espectacularmente. La deuda pública crece y la capacidad de compra de los ciudadanos disminuye. Es verdad que este panorama viene agravado en Europa por circunstancias internacionales, como la incertidumbre del Brexit o el paisaje de recesión en Alemania e Italia. Pero el hecho de que influyan en nuestro propio frenazo factores exteriores no disculpa sino que agrava la necesidad de un Gobierno de clara mayoría que ninguna encuesta solvente vaticina ni por aproximación.

Dice el tópico que la política hace extraños compañeros de cama. Pues bien, habría que prepararse para hacer extraños compañeros de cama. Aquellos con más sentido del Estado antes que aquellos con más personalismos o vanidades. No tendrá nada de extraño que se encuentren con más facilidad los más responsables que los más intransigentes o los más moderados antes que los más extremistas. El futuro no estará en la capacidad de imposición sino en las prácticas de la negociación. Habrá que olvidar términos tan vacuos como los de progresistas o conservadores para sumar acuerdos constructivos entre realistas y descartar a los utopistas. Desgraciadamente no destacan personalidades con perfiles de negociadores con altura de miras. Pero de existir habrá que buscarlas en las filas del PP y del PSOE, pues de las minorías enquistadas solo se puede esperar más fragmentación o incertidumbre.

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