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Amor a raudales
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Amor a raudales

Ya lo cantaba el gran Braulio en el Festival de Eurovisión de 1976. «A veces, hasta sobran las palabras/ cuando se trata de hablar/ sencillamente de amor». Ese sentimiento doble de no poder casi ni hablar de la emoción y de amor hacia nuestro equipo fue el que nos embargó ayer una vez que acabó el partido entre el Real Mallorca y el Real Madrid.

En realidad, este sábado por la noche había mucho más amor por repartir. Por ejemplo, también hacia nuestra afición, hacia todos los jugadores en general, hacia Lago Junior en particular, hacia Vicente Moreno y, por qué no decirlo, también hacia el trío arbitral y el VAR, que ayer nos pudieron haber dado, quizás, más de un disgusto, aunque al final por fortuna no nos lo dieron.

Hubo también amor, y dicha, y gratitud, y liberación, en el abrazo de Lago Junior al míster después de haber marcado su excelente gol. Su golazo, sería mejor decir. El costamarfileño quiso agradecer con ese abrazo la inquebrantable —y merecida— confianza de Moreno hacia él. Hubo igualmente ayer mucho amor fuera del estadio, en la otra punta de la isla para ser más exactos, en la boda entre Rafa Nadal y Mery Perelló. De no haber sido ayer el enlace, seguro que Rafa se habría acercado hasta Son Moix, si bien intuimos que tal vez con el corazón partío.

Precisamente, más de un corazón mallorquinista posiblemente casi se partió ayer por la noche, pero en ese caso fue por el sufrimiento acumulado durante casi 90 minutos. Adelantarse ante el Real Madrid en el minuto siete del encuentro, de cualquier encuentro, significa que en los 83 restantes vas a sufrir. Y mucho. Afortunadamente, este Mallorca demostró una vez más que cuando es necesario sabe sufrir y además como debe ser, de manera solidaria y colectiva, sin renunciar nunca al ataque.

Es cierto que ayer no vimos la mejor versión del Real Madrid. Aun así, Benzema pudo haber empatado el partido en el minuto 26, pero milagrosamente su disparo fue repelido por el larguero. Esta vez la fortuna estuvo de nuestro lado, al igual que también lo estuvo en dos jugadas más que dudosas en el área pequeña, una protagonizada por Baba y Casemiro en la primera parte, y otra por Salva Sevilla y Brahim en la segunda. Con esa angustia in crescendo finalmente no consumada, acabó felizmente el partido. Decenas de aficionados besaron entonces con fervor el escudo del Mallorca, que vendría a ser el equivalente de cuando Braulio decía en su maravillosa canción: «Amor, amor, mi amor./ Es todo cuanto sé decir». Amor a raudales, amor silencioso, amor verdadero.
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