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¿Cuándo se jodió Cataluña?

jueves 07 de noviembre de 2019, 01:00h
Al caer la tarde en Barcelona una princesa de Gerona entregaba los premios que llevan su nombre. Su estudiada compostura y buena pronunciación catalana era el síntoma de preparación a largo plazo de la futura continuidad institucional del Reino de España. A no mucha distancia, unos ciudadanos asilvestrados –no muchos miles– forcejeaban con la policía e intentaban impedir el acceso de algunos invitados al acto del palacio de congresos. Un problema de orden público que es lo único que vería el ministro del Interior con pasmo llamado Marlaska. Los agitadores más agresivos eran la imagen actual de esas algaradas efímeras con que se desahogan todos los fracasos revolucionarios de la historia.

Por la noche en Madrid los cinco líderes de los partidos con proyección nacional que concurren a las elecciones participaban en el debate único organizado por la academia de Televisión Española, luchaban contra el adormecimiento propio de la hora consiguiendo cierta desconfianza por la exposición de promesas que nadie sabía si podían cumplir. Todos aludieron algo a las pensiones, a la vivienda o a la ecología, asuntos que solo concernían a quienes tuviesen una mínima expectativa de gobernar solos o acompañados. En todo caso sus ofertas dependerían de su capacidad de orientar la economía pública sin quebrar la iniciativa privada con un intervencionismo fiscal confiscatorio. Por ello la audiencia solo vencía el sopor cuando se pronunciaban sobre la situación en Cataluña, la unidad nacional o los impuestos.

En Barcelona algunos ciudadanos asilvestrados hicieron hogueras en la vía pública. Trabajo para los servicios municipales de mantenimiento de la limpieza urbana cotidiana. Un periodista jubilado que veía la televisión con su vecino funcionario de Hacienda también jubilado, se acercó a la ventana de su apartamento en el sexto piso de un bloque de viviendas en las proximidades de la Vía Layetana para respirar un poco de aire y notó un tufo a quemado. Como no era muy original le dijo a su vecino, imitando al personaje de Vargas Llosa que preguntaba ¿Cuándo se jodió el Perú, Zavalita? Y le dijo ¿Cuándo se jodió Cataluña, Bofarúll? Pues fue cuando, como explicó en Barcelona Cayetana Álvarez de Toledo, los partidos nacionales mayoritarios adoptaron al nacionalismo como animal de compañía mimado con impunidad administrativa y competencias descontroladas. Cuando se compraron unos votos parlamentarios con el precio e esfumar la presencia del Estado en Cataluña y se permitió que ejercieran torticeramente el poder unos políticos regionales sin exigirles prometer seriamente cumplir y hacer cumplir la Constitución y el Estatuto de Autonomía y denunciarlos penalmente si contraviniesen con su conducta lo prometido al acceder a sus cargos.

Por muchas fantasías programáticas de unos y otros, ahora llegamos a las últimas horas de una breve campaña y una larguísima precampaña tan bloqueados como antes y con dos únicos temas vivos en la preocupación de los españoles que se sienten huérfanos de una defensa de dos objetivos esenciales: la unidad de España y su economía en tiempos difíciles. Se siente que hay que suturar la herida abierta en Cataluña, si es necesario con anestesia, y que hay que hacer frente a los riesgos de crisis económica conteniendo la tendencia al crecimiento del paro y sin ahogar con impuestos al espíritu emprendedor de los ciudadanos. Ni la izquierda ni la derecha han sido capaces de coaligar sus facciones para presentar unas combinaciones relativamente homogéneas capaces de crear una expectativa de mayoría contundente en torno a unos principios esenciales. Por ello, a estas alturas de la película, los electores solo pueden atenerse a un dilema electoral. O se confirma a Pedro Sánchez para que siga solitario en la Moncloa durante cuatro años más o se potencia a Pablo casado para que intente formar Gobierno con las asistencias que consiga con buena voluntad.

Este dilema le da a las elecciones un cierto carácter de segunda vuelta o de plebiscito para cuestionar si le conviene a España mantener abierta la puerta de entrada y salida de una confederación de naciones de quita y pon o lo que necesita es cerrar la puerta y hacer la reforma de interiores que sea necesaria. No sirve de nada la perogrullada de que cerrar el grifo a los desvaríos separatistas no impedirá que estos sigan existiendo. Es evidente que en una nación democrática pueden coexistir todo tipo de ideas que afecten a sectores plurales de la ciudadanía. Pero en ninguna parte está escrito que estas ideas plurales y diversas puedan imponerse al conjunto de la comunidad nacional sin otro fundamento que el criterio de sus adalides iluminados y manipuladores de la cuota de autoridad que les concede el sistema que pretenden dinamitar.

El problema que conviene ver con claridad es que el presidente en funciones Pedro Sánchez no está en condiciones de hacer la imprescindible reforma interior porque su expectativa de Gobierno, ya ensayada y fracasada anteriormente, necesita ser votada para ser investido por aquellos que mantienen y pretenden mantener operativas todas la máquinas de demolición del sistema constitucional vigente. Esto supone prolongar la incertidumbre sobre la estabilidad del estado que perjudica tanto a su firmeza institucional como a la fortaleza de una economía de nivel internacional. El debate de los cinco líderes no da más de sí que lo que ha dado. De nada sirven las propuestas de quienes pueden prometer lo que mejor suene porque no tienen ninguna perspectiva de responsabilidad de Gobierno. Si no han sido capaces de fusionarse en dos posibles mayorías antes de las elecciones tendrán que propiciarlo los electores con sus votos. Si tampoco lo hacemos seguiremos otros bastantes meses en la incertidumbre y preguntándonos ¿Cuándo se jodió Cataluña?

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