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Vivir en un melodrama de Douglas Sirk

sábado 14 de diciembre de 2019, 04:00h
En la época dorada de Hollywood, solía otorgarse el calificativo de «rey» no sólo al mítico actor Clark Gable, sino también a los directores que eran considerados como unos verdaderos maestros en el género cinematográfico que solían tratar con mayor asiduidad. Así, el rey del suspense era Alfred Hitchcok, el rey de la comedia era Billy Wilder, el rey del musical era Stanley Donen y el rey del melodrama era Douglas Sirk.

Como desde niño he sido siempre más monárquico que republicano, esos cuatro grandes directores se encontraron siempre entre mis realizadores —o «reyes»— favoritos. En el caso concreto de Douglas Sirk, su esplendoroso y maravilloso reinado en el género del melodrama se prolongó más o menos por espacio de un decenio, el de los años cincuenta esencialmente. Recordemos títulos esenciales suyos de aquellos años como «Obsesión», «Sólo el cielo lo sabe», «Siempre hay un mañana», «Escrito sobre el viento», «Ángeles sin brillo», «Tiempo de amar, tiempo de morir» o «Imitación a la vida».

Cada vez que vuelvo a ver hoy una película de Sirk, pienso que nuestras propias historias de amor deberían de tener siempre al menos uno o dos de los ingredientes que mostraba este gran cineasta alemán en sus obras, como por ejemplo la magia y la belleza de cada enamoramiento, la intensidad de las distintas emociones de los protagonistas de sus filmes, la incertidumbre de saber si sus sentimientos serían o no correspondidos o el deseo de cambiar o de ser mejores gracias al amor.

De su cine siempre me cautivaron, además, el tratamiento del color y su uso del formato panorámico, la elegancia que había siempre en los diálogos, en los actores o en los movimientos de cámara, el respeto que invariablemente mostraba hacia cada historia que contaba y hacia la intrahistoria de sus personajes o el modo en que conseguía que los actores nos transmitieran perfectamente, con sólo un gesto o una mirada, todo el abanico de sentimientos que los seres humanos podemos experimentar. De Sirk me gustaba también cómo mostraba el paso del tiempo, la importancia que daba siempre a los pequeños detalles o lo que podía sugerir con sólo un leve movimiento de cámara.

En la mayor parte de sus películas, Sirk nos solía mostrar ya casi desde los primeros planos la existencia de un conflicto familiar o social nuclear más o menos latente, que invariablemente solía afectar luego a la pareja protagonista. Esa situación no deseada por ningún enamorado en ocasiones se resolvía felizmente y en otras no, como suele ocurrir también en nuestras propias vidas. De ahí que paradójicamente sus melodramas sean, incluso los más desaforados, profundamente realistas. A veces he pensado que si fuera posible poder vivir dentro de un filme, me gustaría poder hacerlo en alguno del siempre romántico y sensible rey Douglas Sirk.
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