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Maquiavelo regresa

lunes 20 de enero de 2020, 01:00h
Por debajo de la hojarasca mediática cotidiana puede apreciarse un sustrato bastante sólido de coincidencias en la opinión pública sobre el talante del nuevo Gobierno. Ello se comprueba al observar el tratamiento que han recibido dos temas importantes: el nombramiento de la exministra de justicia, Dolores Delgado, como nueva Fiscal General, y el notable fortalecimiento en la estructura gubernamental de la posición del principal consejero de Sánchez, Iván Redondo. Ambos asuntos guardan relación en cuanto a la disposición política del Gobierno entrante.

Como se ha insistido, no hay duda de que Sánchez y su entorno más cercano eran conscientes del rechazo y el malestar que provocaría el nombramiento de Dolores Delgado, tanto en medios políticos como jurídicos. Sin embargo, decidieron hacerlo. Y, como ha comentado el editorial del diario El País (15/01/20), cuyo título “Error político” deja pocas dudas de su juicio, estamos ante una “temeridad política” basada en una “explicación autosuficiente” del nuevo Presidente de Gobierno. También en ese diario, Pepa Bueno es más aguda y señala que esta medida es una señal de la disposición de Sánchez de ir a la guerra política abierta. Dice Bueno: “Con su capacidad demostrada para argumentar una cosa y la contraria, Sánchez se olvida de las formas de la regeneración democrática y prioriza dar señales de que entra en el campo de batalla que propone la derecha”.

En otros medios se subraya la forma cínica con la que Sánchez se empeñó en describir como “impecable” el nombramiento de Delgado. No se trata tanto de que Sánchez carezca del mínimo juicio sobre la cuestión, sino mucho más que parece convencido de que la posesión del poder le confiere una alta capacidad para definir lo que es o no verdad, o lo que permite distinguir el bien del mal. Ignacio Camacho, en ABC, llega más allá y sostiene que esos desplantes, (Sánchez)“empieza a convertirlos en una especie de estilo, en un rasgo de carácter y como se siente por encima del bien y del mal no existe ningún remordimiento de su parte”.

Esa disposición de Sánchez, cada vez más patente, tiene una inducción firme en el protagonista de la segunda noticia importante: el considerable fortalecimiento de la posición de su consejero Iván Redondo en la cúpula gubernamental. El superjefe del gabinete, también se hace ahora con la Secretaria de Estado de Comunicación, el Departamento de Seguridad Nacional y la Oficina Económica de la Presidencia, así como una nueva oficina para planificar la estrategia a largo plazo del Gobierno. En realidad, parece más bien un quinto Vicepresidente en la sombra. Pero, atención, plenipotenciario. De hecho, ha sido él y no el Ministerio que rige la Función Pública quien ha explicado por carta a los funcionarios las causas del retraso gubernamental en el aumento salarial.

Este personaje completa bien el perfil de consultor político al estilo de Estados Unidos, que puede trabajar para un político de una determinada ideología y para otro de ideología contraria. Su currículo profesional lo demuestra: trabajó esforzadamente para el PP, donde aconsejó a la distancia a sus últimos Presidentes de Gobierno e hizo presidente autonómico a José Antonio Monago y alcalde a Xavier García Albiol. Para este tipo de consultor político la ideología solo cuenta como una herramienta que hay que tomar en consideración para efectos de la comunicación.

El contenido programático es una palanca para llegar o conservar el poder. ¿A quién puede extrañarle que Redondo sugiriera a su jefe que hiciera una campaña a favor de la moderación y el centrismo, para a continuación, a la vista de los resultados electorales, girar 180 grados y abrazar al partido radical que le quitaba el sueño? La ideología, el programa, los principios, al mejor estilo marxista (de Groucho), son medios que pueden cambiarse en función del fin central: conseguir y mantener el poder.

Alguien podría decir: ¡pero eso no es nuevo, es tan viejo como la modernidad! Y tendría toda la razón. Surgió en la Italia renacentista del siglo XVI y sus exponentes mas conocidos fueron Maquiavelo, Guicciardini, della Casa, o Botero. Pero fue el primero, Nicolas Maquiavelo, quien consiguió que la idea de que el fin justifica los medios resistiera el paso del tiempo. En términos del sistema político, Maquiavelo fue claro: cuando se delibere sobre el poder “no se debe guardar ninguna consideración a lo justo o lo injusto, lo piadoso o lo cruel, lo laudable o lo vergonzoso, sino que dejando de lado cualquier otro respeto”, se ha de seguir aquel camino que salve el poder del Estado.

Esta razón política mantuvo un fuerte predicamento prácticamente hasta la experiencia nazi en Alemania y la segunda guerra mundial. Es en torno a los resultados de esa extrema puesta en práctica que surgen las reflexiones más agudas contra la idea de que el fin justifica los medios. Una serie de autores (Arendt, Habermas, Sloterdijk) señalan que medios y fines deben tener coherencia moral; es decir, un fin ético no puede conseguirse por medios no éticos. En términos políticos, eso significa que el mantenimiento de un poder democrático no puede conseguirse al margen de lo justo o lo injusto, lo piadoso a lo cruel, lo laudable o lo vergonzoso, lo verdadero o lo falso, por parafrasear al padre de la política maquiavélica. Peter Sloterdijk reflexionó con cierto humor sobre este asunto en su obra “Crítica de la razón cínica”. No hay duda de que existe consistencia entre este tipo de razón y la posverdad que tanto le guasta a Iván Redondo.

Interesa examinar los efectos que tiene una política con esa tónica maquiavélica en dos planos fundamentales del sistema político: la cultura política ciudadana y el funcionamiento de las instituciones. En cuanto al primer aspecto, existe una cantidad apreciable de experiencias que indican como la ciudadanía puede sentirse seducida en primera instancia por esa tónica. Recuerdo un caso del que fui testigo: la actitud ciudadana frente al gobierno de Menem en Argentina durante los años noventa. En su primer gobierno, ante las críticas sobre sus manejos era frecuente escuchar en Buenos Aires a muchos fascinados que lo que pasaba con Menem es que era “el mayor canchero de la Argentina, el que se las sabía todas”. Cuando al final de segundo gobierno, Menem empezó a ser requerido en los tribunales por sus desmanes, el gran canchero se convirtió como por encanto en un embustero que había mentido al país. Y entonces se inició un hipócrita rasgamiento de vestiduras, entre los adictos al imparable Menem. Creo que la sociedad española tiene otro talante, pero no habría que despreciar el riesgo de seducción que representa una política de poder descarnado, sobre todo teniendo en cuenta la sensación de vacío que ha podido inducir la ausencia de Gobierno efectivo de los últimos meses.

El otro plano, sobre el funcionamiento de las instituciones, refiere a la tan mencionada regeneración democrática. Resulta evidente que la lógica del poder como máximo principio es claramente divergente de la lógica de la regeneración democrática. Quizás sea por eso que Sánchez y su gobierno han dejado de hablar de esa idea que tanto se utilizó para atacar la corrupción del Partido Popular. En este contexto, cabe destacar el caso hilarante de Podemos. Sólo semanas atrás, Pablo Iglesias denostaba la idea de Sánchez de que el Gobierno controlaba a la Fiscalía y pedía la renuncia de la Ministra de Justicia; hoy defiende el nombramiento de Delgado como Fiscal General. Las mieles del poder sacuden la moral de los asaltantes de los cielos. Gozosos en el éxito de participar en el Gobierno, se suman a la vieja tesis de que el fin justifica los medios. Adiós regeneración democrática.
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