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El rey Juan Carlos I infecta a Felipe VI

lunes 16 de marzo de 2020, 14:07h

Ante la progresión aritmética de positivos en personas célebres o en autoridades del país, la Casa Real informó la semana pasada de que don Felipe y doña Leticia habían sido sometidos a las pruebas pertinentes y habían dado negativo. De coronavirus. Pero hay un virus mucho peor que cursa con sintomatología bastante más grave que la que suele acompañar al COVID-19. Es el virus de la avaricia desmedida, un mal agudo que trastoca el cerebro de mucha gente, por ricos y poderosos que ya sean. De ese no se han podido librar porque no hay cuarentena que lo soporte.

A nadie le amarga un dulce y si te ofrecen 100 millones de euros, libres de polvo y paja, presuntamente ajenos a la Agencia Tributaria, como comisión por lograr que unos empresarios amiguetes tuyos sean los elegidos por los sátrapas saudíes para hacer el AVE a la Meca, a ver quién es el tonto que dice que no los quiere, que ya le basta con lo que gana de los Presupuestos Generales del Estado, aunque sean casi 200.000 euros al año. Moco de pavo.

Felipe VI ha acabado infectado por ese virus y quien se lo ha contagiado ha sido su propio padre, el rey Juan Carlos I, el supuesto comisionista. Era cuestión de tiempo, porque don Felipe llegó al trono de forma anticipada gracias a que su progenitor abdicó por el escándalo del caso Nóos, que mantiene en prisión (aunque casi en tercer grado, con salidas habituales de la cárcel de Brieva) a su yerno Iñaki Urdangarin. La absolución de la infanta Cristina, quinta en la línea de sucesión a la Corona, por parte de la Audiencia Provincial, no vino sino a conformar que Urdangarin era un simple y torpe testaferro. ¿De quién? Pues de quien le abría todas las puertas habidas y por haber, empezando por la del expresident del Govern, Jaume Matas. Ahí estaba la ciénaga de la corrupción y con don Juan Carlos revolcándose durante años de impunidad y silencio en ella, era imposible no acabar salpicado.

Las fundaciones Zagatka y Lucum, domiciliadas en paraísos fiscales, están siendo investigadas porque se sospecha que fueron las perceptoras del pago de las supuestas comisiones saudíes. De allí salieron también los 65 millones para Corinna Larsen, la amiga especial del rey Juan Carlos que incluso estuvo residiendo en el pabellón de caza del complejo del Pardo junto a su hijo. Un "regalo no solicitado", como ella misma ha declarado públicamente. Abruma tanta generosidad siempre a través de cuentas en paraísos fiscales.

Felipe VI alega ahora, cuando la prensa ha publicado que él sería beneficiario de la Fundación Zagatka, propiedad de Álvaro de Orleans, primo de su padre el rey emérito, que desconocía haber sido designado beneficiario de dicha entidad. Pero por más que se pretenda una contención reforzada de la infección que sume a la Jefatura del Estado en su peor crisis tras el caso Nóos, su imagen ya está salpicada por la corrupción. La de su padre, ni digamos. Un cenagal del que tendrá muy difícil salir incluso con la declaración de alarma. Solo le salvará la inviolabilidad que aún le protege. Pero eso es únicamente en España, lo que no afecta al fiscal suizo Yves Bertossa. De ahí que haga bien en contratar al exfiscal anticorrupción Javier Sánchez-Junco, aunque sospecho que este tiene la misión de defender al padre y al hijo, porque si no, ¿a qué viene que sea la Casa Real la que informe de tan elocuente contratación, si no le incumbe?

Pese a la anunciada renuncia a la herencia de su padre, parcial en todo caso porque no renuncia al principal legado ya recibido, la propia corona, Felipe VI debe prepararse para lo peor. La enfermedad es inevitable y no valen cuarentenas ni vacunas. Y a don Juan Carlos, su ínclito padre y antecesor, solo cabe administrarle cuidados paliativos. O la eutanasia social si la prefiere. Otra cosa será alargar el sufrimiento.

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