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Cuarentena

jueves 19 de marzo de 2020, 05:00h

Son momentos difíciles para todos. Pienso ante todo en los enfermos ingresados en los hospitales, aislados. En sus familias. En quienes comparten hogar con un infectado, o en quienes temen estarlo. En los fallecidos.

Me acuerdo también de los médicos, enfermeros, farmacéuticos, y de todas las personas que continúan en su puesto de trabajo, más o menos expuestas. De aquellos que han perdido su empleo o lo perderán; de los empresarios y autónomos que han perdido sus ingresos mientras siguen incurriendo en gastos.

Me acuerdo de los dirigentes que tienen la tremenda responsabilidad de tomar las medidas necesarias para detener la epidemia y proteger en la medida de lo posible la economía. De los periodistas, que continúan informándonos. Pienso, en fin, en todas las personas recluidas en sus casas: los que tienen niños pequeños, como aquella niña del video que llora por no poder salir a la calle; los que tienen adolescentes que convierten el reducido espacio en un polvorín; los ancianos que no tienen quien les ayude; los que viven solos y no saben ya cómo matar el tiempo.

Yo no tengo problema alguno de este tipo. Al contrario, los días se me hacen demasiado cortos. Llevo un horario bastante estricto, y acabo tan agotado como un día normal. O más, porque a menudo se duerme regular, la verdad. Escribo a las 5 de la mañana; me he desvelado y temía no poder escribir mañana, con los niños armando jaleo.

Llevo sin salir de casa desde el viernes hasta hoy, miércoles. Pero cuando peor lo pasé fue la semana pasada, cuando mi angustia ante la situación que se veía venir iba en aumento y las autoridades demoraban las medidas imprescindibles. Ahora por fin ha quedado clara la gravedad de la epidemia y sólo queda esperar y rezar para que los responsables acierten.

Esta situación creo que nos resulta sorprendente y hasta inverosímil a la mayoría. Para quienes no vivimos la guerra ni la posguerra, seguramente sea la primera prueba histórica que atravesamos. Pero no se trata de nada tan extraordinario ni debemos exagerar: ni se acabará el mundo, ni se derrumbará el capitalismo, ni demuestra que haya demasiada gente. Sin retroceder demasiado, basta recordar que en 1820 tuvimos una epidemia de peste bubónica en Mallorca, y en 1918 la llamada gripe española, seguramente peores que ésta. Así que estamos en línea para decir que toca una pandemia cada cien años.

Viendo el lado positivo, creo que esta crisis puede servirnos para crecer interiormente. Ya he visto ejemplos cercanos de cómo esta situación extraordinaria puede sacar lo mejor de cada persona. Ante el sufrimiento propio y ajeno se nos remueven las entrañas, dejamos de lado las discusiones accesorias y nos centramos en lo esencial. Además de comportamientos heroicos, se emprenden iniciativas solidarias, desde quienes se organizan para llevar la compra a personas mayores, hasta médicos que piden cartas de apoyo para animar a los pacientes ingresados. Estas cosas evidencian que la inmensa mayoría de la gente tiene buen fondo y nos sirven para reconciliarnos.

Ya lo dije la semana pasada, pero no está de más insistir: que esto nos ayude a valorar y agradecer todo lo que dábamos por supuesto, hasta las cosas más pequeñas. Saldremos de ésta, y saldremos antes si todos respetamos con responsabilidad las medidas y recomendaciones de las autoridades. Se frenarán los contagios y se desarrollarán tratamientos y vacunas. Ojalá sirva un medicamento desarrollado en España al que yo puse mi granito de arena. Ánimo, aprovechemos el tiempo que se nos ha dado.
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