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Diario de un confinado: Calor y humedad

viernes 24 de abril de 2020, 01:00h
Parafraseando a la gran Scarlett O'Hara, me considero hoy con el suficiente ánimo y coraje para hacer en mi diario esta declaración solemne: a ustedes pongo por testigos que nunca más volveré a quejarme del calor y de la humedad de Mallorca. Nunca más. Como tantos otros miles de mallorquines, reconozco que crecí renegando puntualmente del clima algo extremo de la isla y achacándole la mayoría de mis posibles males, entre ellos sobre todo el reuma. Pues bien, hace unos días descubrí que, según los expertos, los dos enemigos más letales que tiene el coronavirus son, precisamente, el calor y la humedad.

Desde entonces, me he reconciliado por completo con el clima de nuestra querida isla y me he convertido, además, en su más firme defensor. Las antiguas quejas sobre el calor y la humedad me parecen hoy sin duda algo exageradas y en cierta forma sin demasiado sentido. Veamos. Que en verano hay que ducharse tres veces al día porque nada más salir de la ducha ya está uno sudando, pues se ducha uno con alegría esas tres veces o todas las que pueda hacer falta. Que en agosto el sol pica mucho y eso puede afectar a nuestra piel o a nuestra cabeza, pues se protege uno con una crema solar de factor 50 como mínimo y se compra un sombrero de ala ancha y, ale, a disfrutar.

Que los mosquitos no dejan de darnos la lata por la noche, pues se pone uno un repelente que literalmente haga honor a su nombre o coloca en la habitación una mosquitera eléctrica y ya puede dormir de un tirón. Que se nos ha roto el ventilador y no sabemos qué hacer para estar algo más fresquitos, pues recuperamos el abanico o el pai pai, que tan buen rendimiento dieron siempre a nuestros abuelos en el pasado, incluso a nivel sentimental.

Si en lugar de pensar en el verano, pensamos en el invierno, la cosa sería también poco más o menos igual. Que sale uno a la calle y se hiela los huesos aunque lleve bufanda, guantes y abrigo, pues se toma un chocolate caliente con ensaimadas en un café o en un bar y verá como se siente revivir casi de inmediato. Que estando ya de nuevo en casa nos cubrimos con cinco mantas y un edredón nórdico, y aun así seguimos teniendo frío, pues nos tomamos entonces otro chocolate a la taza. Que en invierno se siente uno a veces triste y melancólico, pues se concentra en pensar en el verano y en que entonces podrá disfrutar uno plenamente, como nunca antes, del calor y de la humedad.
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