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Diario de un confinado: La peluquería

martes 05 de mayo de 2020, 03:00h
Cuando era pequeño, tenía tanto pelo y tan rizado, que podría haber pasado perfectamente por ser uno de los Jackson Five, salvo quizás por tres pequeños detalles, que no sé cantar, que no sé bailar y que soy de raza blanca. Más adelante, al cumplir los veinte años, opté por ponerme siempre gomina, como John Travolta en «Grease», para intentar domar un poco mi entonces rebelde cabello y sobre todo para intentar tener algo más de éxito con las chicas. La cosa no acabó de funcionar del todo, en especial en el segundo apartado. Tal vez debería de haber intentado probar otra gomina.

Con el paso del tiempo, los rizos poco a poco me fueron desapareciendo de manera natural, así como la mata de pelo de la que me había sentido tan orgulloso. Llegados ya al momento presente, podríamos decir que mi situación capilar es la de una más que incipiente calvicie, como pueden comprobar en la ilustrativa fotografía que acompaña a este artículo. Aun así, procuro ir a la peluquería una vez al mes para cortarme el pelo. Como en marzo y en abril no pude hacerlo, me dejé crecer el pelo y la barba, por lo que mi aspecto actual se encuentra a medio camino entre el de un hipotético Santa Claus primaveral y el de un doble de Bud Spencer en una de sus antiguas películas del Oeste.

Para intentar volver lo antes posible al aspecto que tenía justo antes de la cuarentena, que era un poco más formal, pediré hora esta misma semana a mi peluquero. Una de las incontables cosas buenas que tiene Pep, que así se llama, es que desde hace ya muchos años funciona esencialmente con cita previa. Otra cosa buena que tiene es que entre sus clientes se encuentran tanto socios del Real Mallorca como del Atlético Baleares, consiguiendo el inmenso prodigio de que no discutan nunca entre ellos. Además, si llegamos a su local un poco antes de la hora convenida, el propio Pep nos ameniza nuestra estancia cantando y tocando la guitarra.

En otras palabras, que le echaba ya mucho de menos y que desde luego seguiré yendo a que me corte el pelo hasta que se jubile. Eso mismo es lo que hice en su momento con los dos únicos peluqueros a los que había sido siempre fiel mientras estuvieron trabajando, uno ubicado en la calle Socors y otro en la calle 31 de Desembre. En el caso concreto de Pep ahora, su barbería está situada en la calle Aragó, muy cerca de casa. No sé si esa experiencia mía personal podría ser extrapolable, pero casi me atrevería a decir que en los tiempos que corren suele ser hoy mucho más habitual cambiar quizás de partido, de religión, de pareja o de equipo de fútbol que no de peluquero o de peluquera.
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