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El ocaso de la turismofobia

viernes 08 de mayo de 2020, 07:50h

Agazapados y acojonados por la que se nos viene encima, las dos docenas de activistas turismofóbicos de la Isla andan estos días desaparecidos de las redes sociales, como si la tierra se los hubiera tragado. Pero no nos equivoquemos, en Mallorca, dos docenas de personas no son nada despreciable, especialmente si hablamos de quienes estén dispuestos a dedicar su tiempo a defender sus ideas, por descabelladas que sean.

Hasta hace bien poco, con el apoyo de grupos políticos oportunistas y de algunos tontainas adolescentes, militantes de grupos radicales, estas moscas cojoneras de la sociedad mallorquina aprovechaban cualquier evento para montar su chiringuito, extender su pancarta y lanzar sus proclamas. El turismo era el origen de todos los males de nuestra tierra, de su pérdida de identidad, de la profanación de su territorio, de la saturación de las carreteras y costas, de la contaminación del aire, del incremento desmesurado del precio de los alquileres, de la falta de viviendas al alcance de los aborígenes, y un largo etcétera de calamidades.

Algunas de estas afirmaciones son mentiras que a fuer de muy repetidas parecen verdades absolutas, y otras son obviedades tan indiscutibles como la de que el agua en estado líquido moja.

Pero el coronavirus ha echado por tierra las expectativas de los turismofóbicos, pues estos son hijos del progreso y la bonanza económica. En la Mallorca de los años cuarenta no existía la turismofobia ni ningún desenfeinat perdía su tiempo en teorizar sobre el decrecimiento económico como fuente de la felicidad. ¿Por qué? Pues porque entonces se pasaba hambre y privaciones, fruto de una posguerra durísima agravada por la contienda en el resto de Europa.

Ese es el peor escenario para un turismofóbico de carnet. El virus chino y la crisis en ciernes les ha dejado sin futuro.

En los días iniciales del estado de alarma, todavía se leía o escuchaba a algún mandarín de estos aludir a los males del capitalismo como pecado que ahora nos tocaba purgar. Algunos, muy pocos, han seguido con esta cantinela, propugnando que aprovechemos esta situación -como si la pandemia fuera una oportunidad para purificarnos- para dejar atrás el turismo y centrarnos en una economía alternativa.

Lo malo de este planteamiento -que también algunos pesemeros sin problemas para llegar a fin de mes han secundado- es que el millón doscientos mil ciudadanos de Balears tienen la mala costumbre de comer todos los días y me temo que no podemos esperar a que el conseller Yllanes y toda la corte de iluminados subidos en lo más alto del guindo nos construyan la industria superideal, ecológica, sostenible e igualitaria que nos dé trabajo.

Aunque todos los políticos progres de este país acometieran de consuno tamaña empresa, viendo el tiempo que tardan en construir algo tan simple como unos pocos centenares de viviendas sociales -de las que vienen hablando desde hace décadas-, me temo que los mallorquines, por más voluntad que le dediquemos al asunto, no podremos aguantar sin comer hasta que logren modificar el modelo productivo de Balears y convertirnos en una potencia del decrecimiento guay.

Yo les propongo que vayan uno de estos días a predicar a los autónomos que tienen un pequeño comercio o un café, o a los trabajadores que están en un ERTE, o a aquellos otros que probablemente en todo 2020 no reciban su llamamiento para trabajar en su hotel y les expliquen sus teorías. A ver qué pasa.

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