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Róbame, tonto

viernes 26 de junio de 2020, 04:00h

Probablemente estará usted de acuerdo conmigo en que una de las atávicas señas de identidad de la sociedad mallorquina es su permeabilidad. Y como muestra palmaria de ello, los isleños no solo nos dejamos invadir pacífica y mansamente asimilando toda cuanta extraña costumbre acarreen los invasores -sea ésta benéfica o, preferiblemente, pésima-, sino que permitimos que nos roben a plena luz del día sin oponer la más mínima resistencia. Pase usted, señor delincuente, está en su casa. Nos falta solo montarles un comité de bienvenida, como a los turistas post-COVID.

Y resulta indiferente que el ladrón se apellide Melero y sea árbitro de fútbol, o Montero y sea ministra de Hacienda, lo que es seguro es que siempre que haya ocasión nos la van a endiñar por donde cargan los carros.

Dejando de lado las miserias futbolísticas que nos atañen -al fin y al cabo, los árbitros, aunque roben, al menos cotizan a la seguridad social-, lo que no deja de asombrarme es que, pese a la tremenda diversificación social experimentada en la isla en los últimos veinte años, los mallorquines de nacimiento o de adopción asumimos con naturalidad nuestro histórico rol de víctimas propiciatorias de los delitos contra el patrimonio. Será cosa del agua o de los vórtices magnéticos de la roqueta, pero no cambiamos este rasgo aunque hayamos nacido en Sencelles, en Buenos Aires o en Abiyán.

Un efecto secundario de nuestra proverbial mansedumbre, resumida en el intraducible ‘tanmateix’ que tanto nos define, es que, debido al pudor inherente a nuestro complejo de inferioridad, preferimos no airear demasiado que nos chorizan a manos llenas, y hacemos como si la cosa fuera siempre un inevitable infortunio que nos tenía preparado el destino y contra el que es mejor no luchar.

Solo así se explica la mudez súbita que padece nuestra presidenta Armengol cada vez que su correligionario, el Dr. Sánchez, nos pone a la cola de cualquier reparto de fondos, sea cual sea su finalidad. —A estos ni un céntimo, María Jesús, que son ricos, dice Pedro mientras se contempla en el espejo. Y la Montero obedece con vehemencia, porque, además, Francina le cae como el culo. Y viceversa.

Pese a que el PSIB mantiene dos diputados de vacaciones en Madrid, incluyendo al ‘armengolista’ -casualmente, también mudo- Pere Joan Pons, los votantes socialistas lo mismo podrían haber enviado a las Cortes dos muñecas hinchables -hombre y mujer, por supuesto-, porque el resultado para los ciudadanos de las islas sería exactamente el mismo, aunque así al menos nos ahorraríamos las dietas. Es una idea, por si la presidenta me lee. De nada.

Pronto llegará la pasta gansa de Unión Europea para que el Gobierno la dilapide a mayor gloria de los brotes verdes y, cómo no, aunque el dinero lo pongan nuestros compatriotas alemanes con residencia en Capdepera, a buen seguro el cofre con el oro de Berlín se extraviará en algún ignoto lugar entre Barajas y Son Sant Joan.

Aunque, para que vean que yo también padezco este extraño síndrome de Estocolmo a la mallorquina que me impide aborrecer a quien me atraca, les diré que comprendo perfectamente que debe joder haber nacido en el barrio de Tetuán en lugar de en Santa Catalina, por más tiendas pijas que haya en el primero y contaminación acústica en el segundo. Asumo que es una desgracia no poder pasar cada día frente al Mar Mediterráneo por el simple placer de olerlo y tener que aguantar insufribles aglomeraciones mesetarias y colas kilométricas cada vez que se te ocurre abandonar la urbe camino del apartamento de Torrevieja, Alicante. Todo ello ha de causar resentimiento y envidia, para qué nos vamos a engañar. Los mallorquines somos ricos, sí, pero no desde un punto de vista económico -cada vez menos-, sino por habitar en el paraíso, pese a no ser conscientes de ello. Esa es nuestra fortuna y, a buen seguro, también nuestra desgracia.

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