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Carpe Diem

Por Francisco Gilet
miércoles 04 de noviembre de 2020, 03:00h
En una de las primeras páginas del relato del confinamiento más famoso de la literatura universal, hallamos el siguiente pasaje:

“¡Cuantos valerosos hombres, cuántas hermosas mujeres, cuántos jóvenes gallardos a quienes no otros que Galeno, Hipócrates o Esculapio, hubiesen juzgado sanísimos, desayunaron con sus parientes, compañeros y amigos y llegada la tarde cenaron con sus antepasados en el otro mundo!”.

En tal modo se expresó Boccacio en su Decamerón, habiendo reunido en las afueras de Florencia a un grupo de jóvenes, tres hombres y siete mujeres, que decidieron escapar de la peste negra y entretener sus jornadas relatándose cuentos. Ello sucedía por allá el siglo XIV, en plena Edad Media. En aquellos tiempos el hombre construía su propia casa, se cosía su ropa, enterraba a alguno de sus numerosos hijos. También se topaba con leprosos, mataba al cerdo, se descubría ante una imagen de la Virgen y recibía con una pica o una guadaña al maldito recolector de impuestos. Ese hombre medieval no se corresponde con el hombre inmerso en las nuevas tecnologías, con cuencas de los ojos con tendencia a formar cuadrados y que desea que su vida sea tan cómoda como un sofá colocado en medio de un estado del bienestar. Es decir, que el hombre del siglo XXI está tan complacido con su deseo de vivir que admite que una “peste negra”, sirva de excusa a un gobierno para aherrojar, limitar, oprimir y censurar derechos, sin permiso de réplica por parte de la “gente”. Los hombres y mujeres de Bocaccio que huyeron de la peste bubónica, ajustaban sus tiempos al carpe diem, como si cada uno fuese el último, lejos completamente del ubi sunt, rechazando cualquier pensamiento de muerte trascendente. Sin embargo, a aquel hombre le sobraba tiempo para levantar catedrales como en Burgos o en Chartres.

Las actuales catedrales se elevan para el ocio, siendo la lucha por las terrazas, por las barras, por los taburetes solamente comprensible por la promoción de un estilo de vida sin pasado, sin futuro, solamente con presente. Poco importa que quince millones de españoles trabajen durante siete meses para pagar impuestos y con ellos a otros quince millones de empleados de la cosa pública. Poco importa que el social comunismo necesite de 777 asesores o guías o gurús para llevarnos a la quiebra. Poco importa que el Estado deba más del ciento veinte por ciento de lo que puede generar en un año, ya que se pagará por venideras generaciones. Poco importa que una Filomena con otra Neifile, se enfrasquen en una espectáculo tan chabacano como vulgar, mientras un feo Dioneo las contempla desde su torre, en lugar de trabajar para evitar que “quienes no son tan gallardos” abandonen este mundo en soledad y sin consuelo. Poco importa que, complaciendo a Eugenio D,Ors, “Si no hay tradición, hay plagio”, se inventen doctorados, licenciaturas, másteres, currículos para colocarse y colocar. Poco importa que derechos inmanentes en el ciudadano, se vean sepultados por otros inventados desde el poder para “pesebrarlo”; derecho al aborto, a la eutanasia, a la escuela pública, al “matrimonio” homosexual, a prohibir el culto, a imponer la ideología de género, a la prohibición de discrepar del Poder, a ser adoctrinado. Todo cuanto se idea y pergeña para aclimatarse y mantenerse en el Poder sea incautación, sea mandato, sea prohibición, sea sanción, le es válido a cualquier gobierno totalitario, tipo hitleriano, castrista, chavista o leninista. Ha trepado a la cima aupado por una urna, se aferra a ella mediante un cúmulo de engaños y se apropia de sus efectos con un alud de prohibiciones.

Estamos dejando atrás, sepultados por montañas de manipulaciones y mentiras, años durante los cuales gobierno fue sinónimo de servicio, para serlo de adoctrinamiento, de ideologización, de exigencia. El miedo se está imponiendo frente a la exhibición de la libertad. Una libertad que el hombre dócil ha visto como se desprendía de su cotidianidad mediante la mediocridad, el aborregamiento, el servilismo, la ignorancia, hasta el extremo de ver convertidos los suspensos en una fuente de derechos. Así desea el tirano al hombre; inútil y sumiso, apocado y temeroso, estúpido e ignorante. Las virtudes que Bocaccio intentó exhibir en sus siete jóvenes ― prudencia, templanza, fortaleza, justicia…― desaparecen ante la presencia de los apetitos irascibles y lascivos. Iracundia contra el rebelde, lascivia para disfrutar de todos los ámbitos de poder. Todo ello moldeado con el estigma “democracia”, escondiendo que ésta es un sistema para alcanzar un fin, el bien común.

Sumergidos en ese molde, “democracia”, se nos impone lo que debemos o no decir, lo que podemos o no pensar, lo que debemos o no defender, lo que debemos o no creer. La ley se ha convertido, merced a la aritmética parlamentaria, en el instrumento para sojuzgar a jueces, periodistas, médicos, sanitarios, profesores, padres, madres, alumnos, a la sociedad entera. Si EE. UU. está ante la tesitura de arrodillarse ante el N.O.M., España hace tiempo que ha hincado sus dos rodillas ante el nuevo dios que ha hecho de la mentira su lema. Alzarse es rechazar el perene carisma de “razón”, de “verdad”, que, proclaman, adorna al socialismo. Gran provocación que merece, para los incrédulos, “jarabe democrático”.
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