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Los cuadros torcidos

Por Jaume Santacana
miércoles 09 de diciembre de 2020, 06:00h

No puedo. Lo siento mucho, pero tengo que confesar que no puedo. Entrar en una casa, echar una ojeada a sus paredes, observar y constatar que algunos de los cuadros que están colgados se encuentran en una situación de tortedad total o parcial, me produce una impresión cercana al vértigo que desemboca en unos determinados vahídos insoportables para mi cuerpo y, especialmente, para mi espíritu.

He sido, soy y seré un absoluto partidario de la simetría más extrema. Poseo la convicción más íntima de que la armonía geométrica en lo que se refiere a la disposición de unas cosas, de los objetos, en relación con su entorno es una de las partes fundamentales de la civilización.

Desde hace ya muchos años (los míos, que no son moco de pavo) vengo examinando el hecho constatable de que una gran parte de la humanidad -sobre todo aquella ubicada en el hemisferio sur- tiene nula consciencia sobre este fenómeno y, ora por ignorancia supina, ora por pura desidia, carece de la más mínima vergüenza en utilizar, comúnmente, la asimetría en su quehacer diario.

El enaltecimiento de la proporción, el orden y el equilibrio son las bases para conseguir, por lo menos, un puñado de lo que se viene en llamar felicidad. No toda, claro, pero el máximo posible. Mi obsesión por estas premisas es de tal calibre que contemplar el funcionamiento y comportamiento de la sociedad, así, en general, llega a sumirme en un estado de decepción colosal.

Una sociedad que tolera personas capaces de tener en sus hogares cuadros mal colgados, torcidos, vamos, es una sociedad enferma, achacosa, desmejorada. Son las mismas personas que, pudiendo disfrutar de un pequeño jardín o parcela para solaz de los suyos, lo mantienen henchido de hierbajos; o los mismos que dejan a la visión humana manojos de cables a la vista de cualquiera.

Estoy más que convencido de que este tipo de gente (que son muchísimos más de los que se imaginan) conforman una parte muy mayoritaria del espectro humano que conviven en nuestro entorno más cercano; y no tan cercano.

De hecho, este amasijo de humanos destructores y depravadores son, también, los que hacen caso omiso de las órdenes y recomendaciones que, desde los respectivos gobiernos (y por recomendación del gremio de científicos) lanzan con el noble objetivo de intentar frenar la pandemia que nos ocupa y nos jode a todos. Un ejemplo reciente: las autoridades “recomiendan” a los súbditos que, ante el “puente” de la Purísima Concepción”, restrinjan sus actividades habituales y se queden en sus casas para evitar un desastre vírico de consecuencias criminales. Se trata, solamente, de salvar vidas y penurias. Pues bien: el pasado jueves salieron de Barcelona (para poner un ejemplo) 467842 vehículos, que no individuos, para, saltándose por el forro todas estas sabias recomendaciones, salir de sus perímetros autorizados con el también “noble objetivo” de infectar a todo dios que encuentren a su paso.

Se trata, sin duda, de gente sin escrúpulos, imbéciles de tamaño natural, personas que tienen cuadros mal colgados en sus casas; y cables e hierbajos. Gente asimétrica, también cerebralmente.

Lo siento, pero no puedo. Sufro enormes pesadillas, en vivo, pensando que esta sociedad me decepciona profundamente. Ya no creo en la responsabilidad individual y, ahora, mucho menos en la colectiva, como suma de individualidades.

Nos vamos, todos, a tomar “pol saco”, gracias a unos cuantos, que son muchísimos.

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