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¡Me declaro inconformista!

martes 22 de diciembre de 2020, 03:00h

Montesquieu ha pasado a la historia por contribuir a fundamentar las naciones más libres, prósperas e inclusivas. Lo hizo con una simple argumentación según la cual como “todo hombre que tiene poder se inclina a abusar del mismo” es preciso, por tanto, que “el poder detenga al poder” mediante la división del mismo en tres: legislativo, ejecutivo y judicial. De forma que cada uno vigila, controla y detiene los excesos de los otros.

Es la fórmula que salvaguarda las libertades individuales, y que, por tanto, quedó escrita en las constituciones democráticas de Occidente, convirtiéndose en la piedra sobre la que se alza el avance del espíritu crítico e inconformista que las caracteriza. Una cultura en permanente evolución. Sin embargo, los peligros siempre han estado ahí, por un lado, como observó George Washingtonel gobierno (ejecutivo) no es la razón, tampoco la elocuencia. Es la fuerza. Opera como el fuego, es un sirviente peligroso y un amo temible”. Lo que se traduce en un continuo intento de acumular más y más poder a costa de los otros dos. Un hecho que observamos casi a diario y que sólo consiguen contener los países en los que su carta magna es muy respetada.

Pues bien, otra de las fórmulas con que cuentan los ejecutivos para dar rienda suelta a sus ansias de poder es su recurso al crédito. Ya que es evidente que cuanto más “dinero” tengan más poder ganan. En el extremo, la posibilidad de una acumulación ilimitada de deuda equivale a poder gubernamental ilimitado. O lo que es lo mismo, a que las libertades individuales queden reducidas a cero. Es decir, existe una clara disyuntiva entre deuda gubernamental y libertad personal.

Ciertamente, el crecimiento imparable de la deuda pública no es sólo una cuestión de buena o mala administración, es mucho más que eso. Sobre todo, en un momento en que, también, se aprecia cómo el aparente éxito económico y tecnológico de la autoritaria China, unido a los sueños de pasados imperiales de Rusia, Turquía e Irán, está facilitando que penetren en Occidente visiones políticas no democráticas y antagónicas con cualquier idea de progreso y libertad individual. Lo hacen aprovechando el flanco débil de la incoherente corrección política que apela a los sentimientos en vez de a la razón, y a las ensoñaciones en vez de a la realidad. Y cuya última versión es la afirmación de que "lo personal es político" lo que equivale a otorgar a los gobiernos capacidad para regular todos los aspectos de nuestras vidas, incluidos los más privados e íntimos.

En definitiva, el ilimitado acceso al crédito de los gobiernos, unido a la corrección política y el renacer del autoritarismo, está propiciando una enorme capacidad para dirigir y configurar la vida de la gente hasta extremos que parecían imposibles hasta hace muy poco tiempo. Actúan difundiendo consignas amplificadas por televisores, diarios, radios y redes sociales con tal intensidad que el disenso resulta casi imposible, vendiendo a la población la mentira de una eterna asistencia social, convirtiendo a los sistemas educativos en máquinas de infantilización, y utilizando de forma oportunista el miedo que provoca el virus.

Ante estos huracanes, aunque sólo sea desde la perspectiva personal, es reconfortante recordar que Occidente se construyó poco a poco y ha resistido transformaciones complejas y laboriosas, apoyado en sus profundas y consistentes raíces que intentan conciliar el pasado y el presente para ganar la esperanza del futuro, siempre pegado a la realidad y al conocimiento mediante la razón. Con esta última meditación se puede alcanzar una cierta tranquilidad, pues seguro que queda mucha energía para el inconformismo. ¡Desde luego, yo me declaro inconformista!

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