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Conservar y progresar

Por Jaume Santacana
miércoles 30 de diciembre de 2020, 04:00h

Los dos conceptos citados en el título, representados por sus sendos infinitivos verbales, “conservar” y progresar” suelen ir condicionados por una idea claramente opositora. Parece ser que que ambos dos significados, necesariamente han de ir de la mano de la contradicción y del antagonismo más feroz. Normalmente, y por alternancia política de baja estopa, uno de los dos verbos es gobierno mientras que el otro es oposición; y viceversa. Le llaman alternancia, pero en realidad no es más que concomitancia pura y dura.

De manera harto superficial y simplista -o sea, a vista de vuelo gallináceo, que es como se resumen las cosas en nuestro país- resulta ser que los conservadores son gente inmovilista, retrógrada, y sumamente reaccionaria que, visto lo visto, se aferran a lo pasado, restan anclados en las tradiciones y sus idiosincrasias y no se mueven ni un pelo por todo aquello que huele innovación o novedades, sean del tipo que sean. Se les acostumbra a catalogar, en una peyorativa visión, como reaccionarios, carcas, ultras o, rizando el rizo, de rancios.

Por el contrario, a los denominados progresistas se les observa como gente sin escrúpulos por el pasado, avanzados, renovadores o reformistas y se les tilda, por lo “bajini”, como pijo-progres, comunistas, filorevolucionarios o combatientes por las libertades.

En España no ha existido nunca, prácticamente, lo que se viene en llamar un partido de centro; no de centroderecha o de centroizquierda, no, si no de centro, así, a palo seco. Por lo que parece, la “piel de toro” no admite más propuestas que aquellas que provienen de un lado o del otro, sin ninguna posibilidad de que existan puntos en común; ni siquiera idearios que refuercen parte de las proposiciones ideológicas de ambos frentes. Nos encontramos, aun, en la fase de las dos Españas, es decir, la radicalidad, el revanchismo y la nula tolerancia. No lo entiendo; no lo puedo entender, por más que machaque mi cerebro en busca de soluciones. ¿Qué pasa? ¿No se puede ser, de ninguna manera, conservador y progresista a la vez? ¿No existe una linea intermedia que agarre lo mejor de las dos posiciones y archive lo peor de ambas?.

Yo -y disculpen mi falsa modestia- me considero, alternativamente, conservador y progresista. La pena es que no soy un partido político; simplemente, me atrevo a ser una persona humana, que ya es mucho. Evidentemente, me place conservar -por lo menos todo aquello que considero que vale la pena conservar (ya sean catedrales, cuadros de Velázquez o Belenes en Navidad, como por otra parte, las recetas humanísticas que nos han dejado los grandes maestros de la Vida, la Cultura, la Filosofía o la Gastronomía). No me arrepiento de pretender custodiar o proteger las tradiciones más ancestrales de nuestra Cultura, parte importante de la cual pasa por la milenaria tradición cristiana, mal llamada de Occidente, cuando en realidad, proviene de Asia u Oriente Próximo. En otra acepción del termino “conservadurismo” me place ser un gran admirador de otros productos que, no solo merecen ser guardados sino también consumidos, tales como las sardinas de lata, los espárragos, las fabadas asturianas o los berberechos; ahí estamos: en el mundo de las conservas, tan ricas ellas.

Por otro lado -y si no lo digo reviento- también me place pertenecer al grupo de los progresistas. Admiro y respeto todo aquel progreso que endulza el bienestar, que intenta eliminar las desigualdades sociales en todo el mundo (¡un escándalo, oigan!), que “inventa” las mejorías en los terrenos de la odontología -¡Ay, las muelas de antes!-, en la higiene (¡que invento el WC!), en la electricidad, en las nuevas tecnologías o en la incorporación de personas de otras culturas a nuestras tareas comunes.

La pregunta es: ¿es necesaria la “quema” del pasado para avanzar en lo mejor del futuro? Mi respuesta es sencilla: creo que no; vamos, que no, que de ninguna manera. Apuesto por la integración de conceptos, por la compaginación de lo mejor y por la tolerancia entre ambas corrientes ideológicas o de pensamiento. Acoplamiento, esa es la expresión.

¡No me podrían ofrecer, los políticos de turno, alguna opción centrista de verdad, en la que yo pudiera ejercer mi derecho a voto, manteniéndome en los dos campos ahora contrapuestos? ¿Sueño?

Es que resulta que un servidor se siente, a la vez, conservador y progresista y pasa que no encuentro hueco en esta dramática situación de orfandad política.

Les deseo, con toda sinceridad, la más posibilista de las felicidades humanas para esta entrada de año 2021, tras el fracaso de mis deseos sobre el año que ahora, felizmente, agoniza.

¡Que ustedes lo pasen bien!

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