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Una Semana Santa de chichinabo

sábado 13 de marzo de 2021, 06:00h

Las autoridades sanitarias tanto españolas como de Baleares no han tenido reparo alguno en los últimos días en reconocer que algunas de las restricciones que nos van a aplicar durante la Semana Santa son “a veces, difíciles de explicar por sus aparentes incongruencias”. Y así es, un buen paquete de incongruencias que nos vamos a tener que comer con patatas durante la Semana Santa. Ese periodo vacacional que ya dábamos todos por perdido en lo económico desde hace días.

El mensaje ha calado: hay que renunciar a la Semana Santa para poder arrancar fuertes la temporada de verano. Sin embargo, en una Mallorca ya en zona de índice bajo de contagio por coronavirus vamos a asistir a una serie de pruebas de laboratorio que no tienen muy buena pinta y que realmente no van a sacar a nadie de la ruina.

Baleares y Canarias van a poder recibir turistas extranjeros pero los españoles tendrán las puertas cerradas. Aunque vengan de Extremadura, Comunidad con un índice aún más bajo que el isleño. Eso sí, podrán venir turistas europeos aunque en sus zonas de residencia las incidencias sean mayores que aquí. Aquí es donde asistiremos -una vez más- al lamento cuando comprobemos lo poco exhaustivo de los controles que se realizarán en Son Sant Joan para comprobar si los visitantes tienen una PCR negativa en tiempo y forma. Lo veremos.

Históricamente en Mallorca la Semana Santa no es más que el ‘calentamiento’ de cara a la temporada turística. Ya sabe usted que dependiendo de las fechas en las que caiga la semana de pasión muchos hoteles ni siquiera optan por abrir sus establecimientos. Por tanto, esta Semana Santa, con el leve flujo de visitantes que va aportar, parece que se presenta más como un riesgo que como una bendición. Doy margen a equivocarme y ojalá sea así.

Los turistas que contraten Mallorca para su Semana Santa, lleguen a la isla y tengan la suerte de que el tiempo acompañe se encontrarán con un destino irreconocible y con múltiples contradicciones. Podrán ir a comprar a un centro comercial ya con apertura permitida por muchos clientes que haya en su interior pero vivirán restricciones en la playa.

Esos mismos turistas comprobarán que la oferta de ocio es minúscula de día e inexistente de noche. Tanto es así, que el Govern no piensa revisar el cierre de bares y restaurantes a las 17.00 horas hasta después de Pascua. Y aquí encontramos la otra ’gracia’ de la situación: podrán desayunar y almorzar en un restaurante (si hay mesa libre por las restricciones de ocupación de terrazas e interiores) pero a partir de las 17.00 horas llegará el fin del mundo.

Es decir, obligados todos a cenar en el hotel. No tendrán otra opción.

Buena noticia para los hoteleros, muy mala para bares y restaurantes que llevan un año de miedo. Seguro que los hoteles dispondrán en sus comedores las mejores medidas de seguridad y seguro también que establecerán protocolos extremos en materia sanitaria. Lo doy por hecho. Pero también doy por hecho que cualquier bar o restaurante los dispondría con la misma profesionalidad.

Otra vez, unos sí y otros no.

Todo esto en cuanto a los turistas. Sin embargo, lo que sí es realmente difícil de explicar es que dos parejas de amigos no convivientes puedan tomarse tranquila y legalmente una caña o comer en una terraza y después, durante la Semana Santa, no puedan cenar juntos en casa de alguna de las parejas.

Medidas de chichinabo. Sea como sea, a portarse bien y con prudencia porque lo de verdad, la recuperación de todo, tiene que llegar en mayo.

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