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La col lombarda

Por Josep Maria Aguiló
sábado 27 de marzo de 2021, 03:00h

Desde hace varias semanas soy otro hombre, un hombre completamente distinto, pero no porque me haya hecho algún retoque estético, haya abrazado la religión del Monstruo de Espagueti Volador o haya cambiado el sentido de mi voto, sino porque he empezado a hacer dieta, una dieta estricta, saludable y equilibrada, con el asesoramiento de mi buen médico de cabecera.

Han tenido que pasar casi seis décadas de mi vida para que ahora, finalmente, me haya decidido a iniciar libre y voluntariamente ese nuevo y desconocido camino, algo influenciado quizás por los resultados de mis últimas analíticas. Una de las cosas buenas de ese recién iniciado cambio dietético es, sin duda, que estoy descubriendo plantas hortícolas que ni siquiera sabía que existían, como por ejemplo la col lombarda, que tiene un nombre como muy aristocrático, sobre todo si lo comparamos con el nombre de su primo hermano más directo, el repollo.

En estas últimas semanas estoy descubriendo también que no es lo mismo la lechuga romana que la lechuga iceberg o la lechuga trocadero, o que hay casi infinitos tipos de manzanas, con nombres tan fascinantes y sugerentes como Fuji, Royal Gala, Red Delicious, Golden, Jonagold, Braeburn, Kanzi, Pink Lady, Granny Smith, Verde Doncella, Golden Rose, Chantecler, Reineta Russet, Reineta Zabergau, Reineta Gris, Akane, Ambrosía, Evelina, Gloster, Pinova, Ariane, Cripps Pink, Idared, Red Winter, Scifresh, Jazz, Jonagored, Joya, Modi o Primo. No es que las haya probado ya todas, por supuesto. En realidad, por ahora no he probado aún ninguna, pero estoy seguro de que muy pronto empezaré ya a hacerlo.

En el marco de mi nueva vida alimentaria light y sin grasa, estoy familiarizándome también con los efectos nutricionales beneficiosos del ajo y de la cebolla, que en cualquier caso deben tomarse siempre con moderación, sobre todo para los amantes de los besos apasionados. De forma paralela, en mis desayunos, almuerzos, meriendas o cenas he ido incorporando gradualmente el queso fresco, los yogures desnatados, las infusiones, las tostadas de pan integral, el atún, las carnes blancas, el pescado fresco, el agua mineral y los platos cocinados a la plancha, hervidos o al vapor.

De ese modo, he empezado a dejar atrás ya para siempre varias décadas marcadas por todo tipo de excesos y de pecados —dietéticos—, ocasionados por el consumo continuado y sin freno de pastelitos, ensaimadas, cruasanes, crespells, snacks, robiols, tabletas de chocolate, turrones, mazapanes, magdalenas, yogures azucarados, napolitanas, helados, batidos, tartas, bombones y cualquier otro tipo de dulces o de postres imaginables —o inimaginables—. A partir de ahora, tengo el firme propósito de no volver a pecar ya nunca más. Al menos dietéticamente hablando.

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