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Tiempo libre y robótica

miércoles 31 de marzo de 2021, 04:00h

¿Qué pasa con el tiempo libre? Tenemos el tiempo libre de fin de semana, que queda corto. Al menos en general. Pero el tiempo no es solamente objetivo. Por ejemplo, las horas que señala el reloj son las que son, aunque el tiempo es también subjetivo. Recordemos, ‘el que espera, desespera’. En cualquier caso, los fines de semana suelen pasar rápido. Pero si la situación de pareja está deteriorada, el tiempo libre se hace interminable.

Antes de la pandemia se podía viajar libremente de un sitio a otro. Con las famosas ‘escapadas’. Es una enfermiza obsesión eso de las ‘escapadas’. Incentivadas por las agencias de viaje. Ofertan ‘escapadas’ con fotos de ensueño tropical y gente guapa bebiendo champagne. Muchos se aferran a ellas como una tabla de salvación. ¡Ingenuos! No obstante, si las expectativas escapatorias fallan, se puede organizar una ‘sub-escapada’. Que parezca espontánea. Esto es crucial.

Se supone que uno se escapa de una situación insoportable. ¿Se reconoce que se organizan ‘escapadas’ para escapar de un malvivir? Seguramente no. Es indecoroso ser tan directo. Por otra parte, con la pandemia, las posibilidades de ‘escapada’ se reducen- para mucha gente- a trasladarse de la cocina al baño, y del baño al dormitorio. Y vuelta a empezar.

Incluso en estas circunstancias de relajo (escapadas de fines de semana), se produce el mayor número de separaciones y divorcios. Es decir, en cuanto las parejas tienen mucho tiempo para estar juntos, aparecen más conflictos.

¿Es que el tiempo libre es malo? Claro que no. Lo que parece es que, al menos en general, se admite mejor en pequeñas dosis. Uno diría que se está mejor trabajando. Por supuesto, cuando no se tiene trabajo, también hay quejas. Desconozco si hay investigaciones científicas al respecto, pero creo que quejarse es habitual. Si alguien no se queja, parece un tipo raro. Desconfíe.

¿Por qué esta tendencia a quejarse? Lo que sabemos es que es muy común. Por ejemplo, hace calor, hace frío, hay mucho tráfico, el p. camarero tarda en traerme el bocadillo, las p. bicicletas por la acera, y un largo etcétera. Recuerden el dicho italiano: ‘Piove. ¡Porco governo!’

Pero, no nos engañemos, queda bien quejarse. El escritor australiano Robert Hugues, en su libro 'La cultura de la queja. Algunas trifulcas norteamericanas' (1994), ridiculiza, con divertida crueldad, la preocupante tendencia a pensar que no tenemos la culpa de nada, y que siempre podemos quejarnos, endosando la culpa a los demás. Incluso, si hay suerte y la legislación es suficientemente estúpida, podemos conseguir una sabrosa indemnización judicial. Todo esto, como habrá advertido el lector, camina en la dirección de la infantilización de la sociedad. De cada vez hay más niñatos/niñatas con chupete, aunque tengan pelos en las piernas.

Todo este sainete occidental tiene su lado jocoso, pero, además, tiene un aspecto preocupante. Hace ya bastante tiempo, te permitían ser niño- y actuar como tal- hasta edades mucho más tempranas que las actuales. Ahora hay niñatos y niñatas de cuarenta y más años. Esto es grave. ¿Por qué? Se supone que los niños pueden actuar, más o menos, irresponsablemente. ‘Son unos niños’, podía decir una madre, lanzando una mirada compasiva.

Pues bien, esta situación se prolonga de manera alarmante. Cuando esto sucede, es más fácil ser manipulado. Naturalmente, los afectados lo negarían enojados. ¿Crees que soy un niño, o qué? Pues sí. Pero se evita decirlo para no romper relaciones más de la cuenta. En fin, los gobiernos progresistas, expertos en arrogancia, mentira y manipulación, -como el del doctor Sánchez y sus camaradas totalitarios y antiespañoles- lo tienen más fácil con ciudadanos con chupete virtual, pegados al televisor (subvencionado) y al móvil. En vez de tener que lidiar con ciudadanos libres, críticos y responsables. Fachas, naturalmente.

Y con este personal infantilizado, aunque no son todos, afortunadamente, llegamos a la ‘etapa robótica’. Ya estamos viviendo con robots. Cantidad de empresas utilizan múltiples tipos de robot. Y, de cada vez más, en las casas particulares. En fin, esto es sólo el principio de una sociedad que será mucho más robotizada. Hoy mismo, algunas sociedades- como la inglesa, y no es la única- podría sustituir entre el 20 y el 25 por ciento de trabajos realizados por humanos.

Técnicamente ya es factible. El problema es social. No hay que ser un genio- de hecho, hasta los políticos se dan cuenta- para percibir el malestar social que generaría una rápida sustitución del 20 o el 25 por ciento del trabajo humano por trabajo robótico. Se trata, por tanto, de afinar los tiempos de sustitución. Salvando las distancias que haya que salvar, ya sucedió con los luditas. El ludismo fue un movimiento encabezado por artesanos ingleses en el siglo XIX, que protestaron contra las nuevas máquinas - como telares industriales y máquinas de hilar- que eliminaban empleo. No sólo protestaron, también destruyeron máquinas a las que culpaban de su situación.

Imaginemos que- en x años, tal vez veinte o treinta- las sociedades occidentales en las que vivimos estén intensamente robotizadas. Podría llegar un momento en el que las personas que trabajan representen un cinco por ciento de la población, o menos.

Se supone que la productividad derivada de este avance robótico, en casi todos los ámbitos productivos, permitirá tener un salario social para todo el mundo, que dará para vivir. Con servicios sociales gratuitos, o casi.

Tal vez, el problema más importante, sea el del tiempo libre. Millones y millones de personas se levantarán por la mañana y no tendrán nada que hacer. Año tras año.

¿Qué hará una sociedad-parcialmente- infantilizada, si carece de autodisciplina para quedarse en casa varias semanas, por el coronavirus, y quejarse por sistema? Como dice la canción, ¿a qué dedicarán el tiempo libre?

De esta actitud dependerá el florecimiento, o la ruina (en sentido estricto), de la sociedad robótica que viene. Imaginemos una sociedad que, en su gran mayoría, dedica su tiempo a leer, escribir, tocar un instrumento musical, hacer deporte, debatir, ayudar…, o ‘matar el tiempo’. En sus diversas, inútiles, estúpidas e insensatas modalidades. Robots sexuales aparte.

Androides, Ciborgs... Tranquilos, peor que Sánchez, Iglesias y Rufián, no pueden ser. Lo terrible será que la anterior cuadrilla les ordene maldades.

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