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Tribulaciones de un vejestorio

Por Jaume Santacana
miércoles 26 de mayo de 2021, 04:00h

Ante todo, deseo pedir sinceras disculpas a mis amables lectores por la, seguramente, exageración en el uso, en este humilde escrito, de paréntesis y guiones que no significan nada más que un intento de transcribir mi realidad desde el verbo (lo oral) a la aplicación de letras para su expresión lectora (lo escrito). Mi pensamiento parte de la plática y, por lo tanto, debo traducirlo al lenguaje del texto, cosa que requiere, por mi parte, un cierto esfuerzo que, por otro lado, procuro hacer de la más placentera manera. Quedan avisados.

Repetía, el enorme Josep Pla, el asombroso y agudo escritor (observador) ampurdanés, un aforismo extraído de uno de los más brillantes pensadores que jamás hayan pisado este valle de lagrimas: Michel de Montaigne. Decía el insigne sabio que “la vejez es un proceso de enfriamiento”. Así, textualmente.

La aseveración no puede ser más irrefutable.

Superada la triste etapa de la infancia -una época lamentable de la vida en la que, al individuo no le cabe otra alternativa que acatar un aprendizaje obligatorio en la que el sufrimiento propio no es captado como importante para el mundo adulto-, se entra en la segunda dimensión de la preadolescencia, un caos total y absoluto en el que el desarrollo físico (cambiante en exceso y sin mesura) es contemplado como una anormalidad mental. Y, sin más preámbulos, el humano penetra en el mundo de la juventud, considerándose, erróneamente, como el espacio destinado a la máxima felicidad, es decir, la inconsciencia, la volatilidad general, el esperpento cerebral y la animadversión contra todo aquello que, sin comerlo ni beberlo, se convierte en el futuro que ya es.

De ahí, lo de la “sangre caliente” que se les supone a los pipiolos que -enfrentados a una realidad inmutable- produce considerables dosis de una rebeldía asaz inútil. La pura contradicción. Es el momento de pensar, puerilmente, que uno puede llegar a cambiar el mundo; pura ilusión del espíritu. En todo caso, es cierto que la sangre se muestra caliente y que el pensamiento hierve de forma poco convencional, las prioridades son inmediatas y las desilusiones mueren como los conejos en las carreteras finlandesas, o sea, como moscas. Duelen... les duele.

A medida en que los años van transcurriendo de modo fatal e irreversible, el ser humano se desencanta y la simple experiencia vital consigue que la misma sangre que burbujeaba en el interior de un cuerpo sano -como el brío en un coche nuevo- se enfríe y entre en un proceso inevitable de relativización sin tapujos. Ahí es donde la realidad empieza a mostrar su patita más patética y la mente se empieza a hacer a la idea de que hay algo que (ya sabiendo lo que es) tiene un nombre: la muerte.

Antes de llegar a este extremo -porque no es más que un vulgar extremo; exactamente como el nacimiento- durante lo que venimos en denominar la vida, los ajetreos que ésta nos manifiesta nos impide ver que el final existe. Y, la verdad, coño, existe; es, ¡vamos! Vivimos preocupados en tonterías tales como noviazgos, amistades peligrosas, malentendidos, hijos, oficinas y caídas de la moto y no nos da tiempo a pensar en ningún futuro posible... o imposible, según los casos.

Cuando viejos, el cuerpo se cae (todo flaquea), el sexo declina, las ilusiones van desapareciendo, el miedo crece, la ignorancia se muestra en su cruda materialidad y la fuerza decrece con la misma intensidad en la que se envalentonó en un momento determinado.

Y sí: la sangre se enfría y, en cierto momento, finalmente, se congela. El proceso vital ha llegado a su última estación.

¡Una mierda! (con perdón).

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