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La Palma de Marcos
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(Foto: Javier Fernández. Grupo La Siesta)

La Palma de Marcos

Por Mercè Martorell / Fotos: Javier Fernández
domingo 22 de agosto de 2021, 06:00h

Son las cinco de la tarde. Junto a las chabolas de Sa Riera, Marcos juega con sus amigos al fútbol con envases de tetrabrik vacíos. A escasos quinientos metros, en es Fortí, Juan, también de seis años, estrena hoy su segunda Play. Marcos y Juan, probablemente, nunca se conocerán; viven en la misma ciudad pero representan mundos distintos. La Palma mundialmente conocida, destino de millones de turistas, tiene una cara B representada por unos focos de marginalidad que crecen, barrios enteros en descomposición, okupas, colas del hambre, y muchos vecinos en riesgo de exclusión social. Barriadas como Pere Garau, Son Gotleu o Camp Redó, entre otras, son la otra Palma, la Palma de Marcos.

Los índices de pobreza han aumentado en la capital balear un 11 por ciento desde 2019, especialmente agravados por la crisis del coronavirus. Marginalidad y exclusión social representan el día a día de estas zonas. Mientras la renta media de barrios como Gènova es de 85.000 euros por vivienda, la renta de otras zonas como Camp Redó es de poco más de 15.000 euros, lo que a duras penas permite cubrir las necesidades básicas de toda una familia.

Entre los casos más extremos está Saud, un senegalés de 28 años que vive en Pere Garau desde hace 7. Con la llegada del Covid, su situación económica empeoró. Su actividad como vendedor ambulante quedó paralizada debido a la ausencia de turistas y de personas interesadas en comprar sus productos. Al carecer de una situación laboral regular no pudo acceder a ningún tipo de prestación por desempleo y quedó sin ingresos. No tuvo más remido que acudir a Cáritas para buscar apoyo. Allí le ayudaron con el pago del alquiler y las facturas de suministros como la luz y el agua. Él recibió una de las 2.049 ayudas en el pago del alquiler que dió Cáritas en 2020, 1.340 ayudas más que el año anterior.

Como Saud, muchas otras personas se han visto en una situación desesperada, hasta el punto de sobrepasar la capacidad de las entidades que ayudan a los más necesitados. Cáritas Mallorca atendió en 2020 a 2.658 personas más que en el año anterior. De toda la población activa que fue atendida por esta ONG ese año, sólo el 10 por ciento tenía trabajo y la mitad de estos ni siquiera estaban contratados ni afiliados a la Seguridad Social.

Cáritas Mallorca atendió en 2020 a 2.658 personas más que en el año anterior

En Cáritas, Saud también aprendió castellano: “Yo sentía que no necesitaba hablarlo porque mi trabajo no me lo exigía y solamente me relacionaba con mis compañeros, pero cuando tuve que empezar a buscar empleo, me di cuenta de que era importante aprenderlo” afirma el joven. Ahora, con la incipiente llegada de la temporada turística, Saud y muchos de los atendidos por esta ONG, dependiente del obispado de Mallorca, ya han vuelto a encontrar una manera de cubrir sus necesidades sin acudir a Cáritas en busca de la ayuda. O acudiendo menos.

Abdel tuvo peor suerte. A sus 40 años recuerda que tuvo que partir de su país porque su vida corría peligro. Por seguridad, no quiere revelar su origen. Disfrutó de la condición de refugiado durante el tiempo que le fue concedido un permiso de asilo político. En esos momentos, su vida gozó de una cierta estabilidad que se vería trastocada después por la pandemia y el confinamiento. Su hijo, que cumplirá 7 años en septiembre, no pudo asistir a sus clases online por falta de recursos y es que la brecha digital se ha convertido también en un obstáculo para muchas familias, dificultando el acceso a la educación, a la información pública y a los recursos básicos.

Caducados sus permisos de residencia, la situación de Abdel en territorio español es en estos momentos ilegal. Por ello, de contar con un trabajo y con una familia asentada en Son Gotleu, se ve ahora obligado a abandonar el país contra su voluntad ya que no puede acceder a un empleo digno ni a las ayudas públicas.

La marginalidad de la otra Palma no afecta sólo a quienes han sufrido la exclusión durante años o a los que llegan sin recursos desde otros países. Es el caso de Enric y Marta, dos jóvenes mallorquines de 30 años, que desde hace dos viven en Soledat Nord. Ambos con una carrera universitaria y un empleo, afirman que viven en este barrio porque es "lo único" que pueden permitirse: “Los alquileres son demasiado elevados, y necesitamos ahorrar porque queremos formar una familia”.

Pero no se sienten cómodos en la zona. El ruido a altas horas de la madrugada, las constantes okupaciones, el tráfico de drogas, etc. hacen que pasadas las 9 de la noche el barrio no pueda ser considerado un lugar seguro. “No sería la primera vez que vemos una pelea desde el balcón pasadas las 2 de la mañana, y no queremos criar a un niño en un ambiente como este. Creemos que no es sano”. Sin embargo no suelen llamar a la policía y temen emprender medidas legales, ya que, como muchos otros vecinos, se sienten amenazados y viven con el miedo en el cuerpo de ser acusados de "soplones".

“No sería la primera vez que vemos una pelea desde el balcón pasadas las 2 de la mañana, y no queremos criar a un niño en un ambiente como este. Creemos que no es sano”

Si la Soledat se ha convertido en uno de los focos de marginalidad de Palma que más crece, Camp Redó le sigue de cerca. “Llevo viviendo en Camp Redó toda la vida, y el barrio nunca antes había estado tan degradado. Las autoridades no hacen nada, no responden como deberían, sólo prometen en campaña electoral y cuando tienen nuestro voto… se esfuman”, confiesa Pedro, un vecino del barrio. "26 mil metros cuadrados de exclusión social -dice- en los que los vecinos, desde personas mayores a niños, sufren las consecuencias del abandono de la zona por parte de la administración pública; en 2012 se propusieron desde el ayuntamiento una serie de reformas que quedaron rápidamente paralizadas".

La situación de Camp Redó es considerada por vecinos como Pedro como un problema estructural que requiere una transformación social y urbanística profunda. "La renta per cápita es muy baja, los niveles de paro son muy elevados, las pensiones son insuficientes y las condiciones sociales no son óptimas, de modo que el cambio solo puede venir impulsado por parte de las administraciones, porque los vecinos no tienen los recursos suficientes".

"Las autoridades no hacen nada, no responden como deberían, sólo prometen en campaña electoral y cuando tienen nuestro voto… se esfuman”

El parque junto a la calle Cotlliure es el centro social del barrio. Durante el día, decenas de niños, personas mayores y vecinos que lo frecuentan lamentan no poder disfrutar de la vía pública y de su barrio como les gustaría. A la luz del día, la situación es soportable, pero cuando cae la noche el parque se transforma en un escenario totalmente diferente: drogadictos, botellones, peleas y ruido impiden que Pedro descanse todo lo necesario antes de madrugar para ir a trabajar. Y así cada noche.

El riesgo de exclusión y la crudeza de la crisis no se dejan notar sólo en la periferia. En el centro de Palma, la cola ante el Convent de Es Caputxins se ha convertido en un termómetro que mide cómo sube o baja el nivel de marginalidad. Hasta el año pasado, las personas que solían atender vivían en la calle, pero con la pandemia todo cambió. Los meses de enero, febrero y marzo de 2021 fueron muy duros. Los voluntarios del Convent estaban saturados y las donaciones y los recursos eran insuficientes. Ayudas en el pago del alquiler, comida y productos farmacéuticos fueron lo más demandado en estos catastróficos meses. Las colas del hambre daban la vuelta a la manzana y el frío del invierno calaba hasta los huesos de los más necesitados. Sin embargo, ahí seguían, día tras día, empujados por una miseria que ellos no eligieron.

Los meses de enero, febrero y marzo de 2021 fueron muy duros: los voluntarios del Convent estaban saturados y las donaciones y los recursos eran insuficientes

Ni siquiera el primer estado de alarma, cuando el confinamiento recluyó a los ciudadanos en sus casas, impidió que decenas de personas acudieran cada día a Es Caputxins en busca de ayuda. Una cifra que no demostraba la verdadera necesidad de los más castigados por la crisis, tal y como quedaría patente con la desescalada, cuando las ayudas se dispararon por encima de las 350 personas atendidas cada día, muchos de ellos acogidos a un ERTE.

Gil, el superior del convento, lamenta muchas veces “tener que decir que no a alguien”, pero no dan abasto. A pesar de ello, no rechazan ningún perfil de persona: “Simplemente se ponen a la cola y les ayudamos con lo que podemos”.

El superior de Es Caputxins ha podido comprobar que con la reactivación paulatina de la economía, muchas personas han dejado de ir. No obstante, “si el turismo no acaba de remontar y quienes han encontrado empleo no consiguen ahorrar, en octubre y noviembre volveremos a estar como antes y la situación será insostenible”.

Y es que la crisis también ha removido conciencias y ha despertado el impulso solidario de muchos. Es el caso de Begoña, quien, frente toda esta problemática, decidió poner también su granito de arena. Lleva varios años formando parte del equipo de Cáritas Mallorca y, con una actitud muy positiva ante la vida, trata de mejorar la situación de estos barrios día a día. No obstante, no pierde de vista que no todas las personas que están en riesgo de exclusión social acuden a sus servicios y busca una explicación a ese fenómeno. “No hay una razón específica: a veces es por vergüenza, otras porque la situación les supera y no tienen fuerzas ni para pedir ayuda".

Del mismo modo que lo hacen otros voluntarios, Begoña considera que se trata de “un problema enquistado, de una situación estructural de difícil solución que se ha estancado”. "Las personas que habían remontado la crisis del 2008 se han vuelto a hundir" lamenta.

"Las personas que habían remontado la crisis del 2008 se han vuelto a hundir"

A las seis de la tarde, Marcos ya se ha cansado de dar patadas al tetrabrik y bebe un zumo que precisamente consiguieron sus padres en Es Caputxins. Ahora les acompañará por las plazas y avenidas más céntricas de Palma con el carro de la compra que tienen como medio para transportar todo aquello que encuentran en contenedores y papeleras o lo que les dan los transeúntes a quienes piden comida. Marcos camina así por una Palma que le resulta menos reconocible, extraña; una ciudad de la que, sin embargo y sin ser consciente de ello, espera una oportunidad. Al fin y al cabo, es su ciudad, la Palma de Marcos.

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