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Lecciones e incertidumbres para el futuro

martes 06 de julio de 2021, 04:00h

Hemos entrado de lleno en el verano y en una nueva oleada de la pandemia, aunque esta se diferencia de las anteriores en varios aspectos significativos, que la hacen menos preocupante.

Afecta, sobre todo, a los adolescentes y a los jóvenes, a la franja de edad de entre dieciséis y veintinueve años y, por tanto, el número de casos graves, de ingresos en hospitales y en las UCI es muy bajo, aunque ha aumentado un poco estos últimos días, pero no parece que vaya a haber colapso hospitalario; al menos, no se prevé por ahora.

Ello se debe a que las franjas de edad más avanzadas están ya masivamente vacunadas y, por ello, protegidas. Pueden las personas de esas edades infectarse, aun estando vacunadas, pero la infección será inaparente o leve y el riesgo de ingreso hospitalario o muerte casi nulo. Casi nulo, pero no nulo, puesto que siempre puede haber alguien que no haya reaccionado a la vacuna y no haya desarrollado inmunidad; de ahí, el peligro de que los jóvenes que ahora se infectan estén en contacto con la generación de sus padres y, peor aun, con la de sus abuelos.

También corre cierto peligro la población no vacunada de la franja de edad de los cuarenta a los cincuenta y, sobre todo, la de los sesenta a sesentainueve que solo ha recibido la primera dosis de la vacuna, ya que, al haber sido vacunados con Astra Zéneca, el lapso temporal entre la primera y la segunda dosis es más amplio que con otras vacunas.

Es obvio que hemos corrido demasiado. No se deberían haber eliminado las últimas medidas de aislamiento vigentes. El resultado es el brote tremendo que estamos padeciendo y que nos podríamos haber ahorrado. Se debería haber esperado a tener como mínimo el 70 por ciento de la población con la vacunación completa. Es lo que recomendaban la inmensa mayoría de los expertos en epidemiología, enfermedades infecciosas y salud pública.

Yo mismo he escrito al respecto en las últimas semanas en esta misma columna, y no es que pretenda ser un experto, pero hace cuarenta y siete años que soy médico y más de cincuenta que me dedico a la microbiología clínica y algo de experiencia tengo. Y no me he equivocado con los tiempos. Entré como alumno colaborador en la cátedra de microbiología y parasitología en segundo de carrera y ya nunca más he dejado de tratar con los microorganismos, así que llevo más tiempo de microbiólogo que de médico, obviamente no titulado; el título de especialista lo tengo desde hace cuarenta y cinco años.

Pero el 70 % de vacunados no se alcanzará hasta finales de septiembre, como pronto, con lo que se habría perdido la temporada turística y las consideraciones económicas es obvio que han prevalecido sobre las sanitarias. En cualquier caso, aunque el fin de la pandemia como tal aun está lejos, sí se puede decir que lo peor ya ha pasado entre nosotros y se puede mirar el futuro con cierto optimismo, aunque no se debe olvidar que mientras no esté vacunada la totalidad de la población mundial, el peligro de rebrotes con nuevas variantes del virus que incluso subviertan la inmunidad de los vacunados está siempre presente.

Ahora toca aprender la lección y empezar a tomar las decisiones que nos permitan detectar y reaccionar con mucha más rapidez ante futuras pandemias, porque seguro que habrá más. Y empezar a implementar planes que permitan diversificar nuestra economía y liberarla de la actual dependencia brutal y tóxica del turismo de masas.

Y, por supuesto, vamos a tener que vivir con la incertidumbre de cómo será la próxima pandemia. Por esta vez hemos tenido suerte, relativa, ya que este virus se ha revelado muy contagioso pero relativamente poco virulento, con una mortalidad moderada a baja y, sobre todo, restringida a las personas de edad avanzada, respetando a los niños, adolescentes y jóvenes.

Pero, ¿y si el próximo virus, o bacteria, es muy transmisible y muy virulento, con una elevada mortalidad y no respeta ningún segmento de edad? Así fue la gripe mal llamada española de hace ahora cien años. Provocó una cifra de muertos que crece cada vez que se actualiza y que los especialistas sitúan en estos momentos entre treinta y cincuenta millones, en una población mundial de mil novecientos millones. Eso significaría entre ciento veinte y doscientos millones de muertos hoy en día con una población de ocho mil millones.

La Covid 19 lleva hasta ahora casi cuatro millones de fallecidos, y aunque está claro que se trata de una infraestimación y que la cifra real estará entre los ocho y los doce millones, no se acerca ni de lejos a la mortandad provocada por aquella gripe.

Así que debemos prepararnos. Fortalecer nuestro sistema sanitario, en especial una red internacional de detección precoz de eventos de infecciones nuevas, emergentes o reemergentes con potencial pandémico. Potenciar centros de investigación sanitaria ligados a las universidades y hospitales que sean capaces de diseñar y desarrollar tests diagnósticos, vacunas preventivas y terapéuticas y tratamientos efectivos quemando plazos. Y disponer en la propia Unión Europea de industrias diagnósticas y farmacéuticas propias capaces de responder al reto de convertir con rapidez los desarrollos experimentales en productos aptos para el diagnóstico y el tratamiento y de producir miles de millones de dosis de vacunas con la necesaria celeridad.

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