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Denigrando la memoria y el esfuerzo

Por Álvaro Delgado
lunes 16 de agosto de 2021, 04:00h

El filósofo y pedagogo Gregorio Luri, a contracorriente de las tendencias actuales, ha escrito que el estudio no memorístico constituye “una soberana imbecilidad, porque si lo aprendido no está en la memoria, no está”. Pero la nueva educación de nuestra Ley Celaá abomina del uso de la memoria en todo aprendizaje, identificándola con una forma de enseñanza mecánica, reiterativa y falta de creatividad. Como apuntó el catedrático de Filosofía Rafael Alvira, hoy se confunde la auténtica memoria con su forma más simplista y estereotipada.

Este actual criterio educativo, tan común entre políticos y pedagogos, encuentra su campo abonado entre personas que jamás brillaron en sus estudios. Y no pudieron desarrollar su memoria -y bastantes otras capacidades- en todo su potencial, generando reticencias inevitables contra cualquier tipo de estudio memorístico. En el fondo, son personas que desprecian lo que no supieron utilizar, ya que jamás tuvieron la oportunidad de manejar a fondo esa prodigiosa herramienta para asimilar, aprehender y sedimentar conocimientos duraderos.

Algunos desprecian el esfuerzo y la memoria de la misma absurda manera que minusvaloran el entrenamiento físico pontificando desde su sofá. El error -y también la trampa- residen en identificar el ejercicio con desarrollar bíceps, o la memoria con repetir la lista de los reyes godos o los afluentes del Guadiana. Sin saber que eso no constituye ejercicio ni memoria -que requieren comprensión, asimilación y asentamiento- sino puntual y estéril reiteración.

La pedagogía hoy dominante está trufada de objetivos ideológicos, propagandísticos y de ingeniería social. A los que se abona el Gobierno central, presidido por un mentiroso compulsivo que plagió más de un 23% de su tesis doctoral. Alguien carente de escrúpulos, y que alcanza sus objetivos vitales engañando a todos sus rivales, encabeza y dirige un sistema perverso que pretende apartar a los buenos dejando las decisiones trascendentales en manos de los peores. Quienes imponen que hasta las matemáticas deban tener para todos un componente socio-emocional.

Sin fundamento en criterios científicos ni en estudios empíricos despolitizados, igualar a los alumnos por abajo constituye hoy una verdadera obsesión. Que facilita dos objetivos políticos adicionales: dificultar la proliferación de mentes libres, difícilmente manipulables y ansiosas de conocimientos no teledirigidos; y vender un mensaje buenista, tratando de pescar votos en el gran caladero de padres que pastorean hijos malos estudiantes.

Actualmente se nos vende una enseñanza lúdica, basada en lo emocional y en las identidades de género, que pretende evitar frustraciones a los jóvenes (que luego llegarán, inevitablemente, en la vida real, pillándoles desprevenidos). Y que menosprecia, hasta en los proyectos del Gobierno para la función pública, otros tipos de aprendizaje. Entre mis 23 y mis 27 años me encerré en Madrid a preparar una de las más duras oposiciones del funcionariado español. Jornadas de diez horas de estudio acompañadas de tensión, dudas e incertidumbres, con un día libre a la semana y dos semanas de vacaciones anuales. Un gran esfuerzo de memoria, pero también de razonamiento, desarrollo de la expresión verbal y, sobre todo, temple del carácter. Tuve que aprenderme unas cuantas leyes, pero también a expresarme oralmente, a resumir mis conocimientos, a argumentar, a ser preciso, a no marcharme por las ramas y a rendir bajo presión. 30 años después, aún me gano la vida gracias a ese “cruel” aprendizaje.

Cuando uno estudia algo en profundidad, usando todos los increíbles recursos que -ante nuestro esfuerzo- es capaz de desplegar la máquina de precisión que constituye el cerebro humano, no sólo aprende leyes -que fue mi caso- sino que acaba siendo capaz de pensar como el legislador. Eso te permite conocer lo legislado, pero también aplicar -en lo no regulado por las leyes- un adecuado criterio jurídico que resuelve infinidad de problemas de la vida real.

El aprendizaje basado en la memoria construye los fundamentos con los que el ser humano es capaz de razonar, y con ello de asimilar cualquier clase de conocimiento. Nadie podría negociar y redactar un contrato sin conocer la regulación legal de las figuras jurídicas que en él se manejan. Ningún cirujano podría extirpar un tumor sin dominar los órganos, tejidos y vascularización de la zona corporal afectada. Y esas cosas sólo pueden haberlas aprendido memorizando. Porque ni el abogado ni el cirujano pueden abandonar la negociación, o al paciente en quirófano sedado y abierto en canal, para marcharse a la biblioteca o a internet a consultar sus dudas.

Pero hay aun algo más. Como escribió Pedro Simón, “muchos chicos tienen familias con pasta, poderosa llave, pero la mayoría no. Por eso la única llave de progreso está en lo que vas metiendo en la alforja de la memoria, en el saber, en lo que no olvidas…. No hay nada más progresista que fomentar el esfuerzo, que subir el nivel en la escuela, que no hay inteligencia sin memoria”. Abominar de un adecuado uso de la memoria para facilitar los estudios e igualar a los chavales por el rasero de abajo no es una actitud progresista. Pretende sustituir hombres libres por ovejas de un triste rebaño.

Luchar por tus objetivos vitales no es algo malo. No todo en la vida debe ser juego, sentimiento o diversión. Dos jóvenes españoles, de 25 y 23 años, acaban de conseguir su sueño. La triplista gallega Ana Peleteiro superó tres veces su marca personal para ganar una medalla de bronce que se le escapaba en la final de los Juegos Olímpicos de Tokio. Y dijo: “yo no vine al atletismo para ser una más. Sabía que había algo reservado para mí. Pero hay que tener los santos ovarios de hacerlo”. El navegante menorquín Joan Cardona se metió en el último segundo de la última regata en el puesto que le daba también el bronce, y declaró: “no hay nada más fuerte que tu mente. Si consigues doblegarla lograrás lo que te propongas”.

Si ambos se hubieran acomodado en el ambiente conformista, sin esforzarse por sus sueños, tendrían su título escolar. Como muchos otros. Pero no una medalla olímpica. Como la tienen pocos elegidos.

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