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El precio de la libertad

Por José A. García Bustos
sábado 21 de agosto de 2021, 08:26h

Sigo consternado recordando las recientes imágenes del aeropuerto de Kabul y la gente agolpada en los aviones que partían del país, desvaneciéndose el último halo de esperanza de mantener el grado de libertad que tenían, tras su despegue. Pero más aún, sigo impactado al rememorar las espeluznantes imágenes de los cuerpos que caían al vacío a los pocos segundos de separarse la aeronave de la pista. ¿Qué lleva a una persona a aferrarse desesperadamente al fuselaje del último avión que abandona el país?

Con los talibanes acechando y lo radical de sus medidas opresoras, ese avión representaba la última opción hacia la libertad. Uno de esos puntos cayendo al vacío tras elevarse la aeronave era un joven de 19 años de nombre Zaki Anwari que había defendido los colores de la selección juvenil de fútbol de Afganistán.

Probablemente Zaki tenía todas sus ilusiones puestas en triunfar en la selección absoluta de fútbol, el deporte que tan bien practicaba, y éstos estaban a punto de ser cercenados por los que acababan de tomar la capital, Kabul, que iban a prohibirlo casi todo. Por supuesto eso va a ocurrir con la práctica del fútbol, inexistente en el país hasta 2012, por ser un deporte occidental y por suponer que 22 jugadores corrieran en pantalones cortos tras un balón. Zaki se iba a quedar sin su sueño si se esfumaba su última opción con aquél avión. Probablemente no valoró los riesgos o, si lo hizo, prefirió aferrarse a lo imposible antes que renunciar a su sueño.

Tras ponerme un instante en la tesitura que se le presentó al joven Zaki en el momento previo a arrancar ese fatídico avión para él, agradezco encontrarme en estas latitudes del mundo y poder disfrutar de la libertad y seguridad jurídica que el actual entorno jurídico nos ofrece y poder así tener la libertad de intentar perseguir mis sueños. Porque a pesar de mis años aún me quedan por cumplir. Algo que se le estaba esfumando a Zaki mientras el avión calentaba motores.

Acto seguido reparo que nuestras libertades individuales, poco a poco y casi de manera imperceptible, van menguando continuamente.

La pérdida de la libertad de expresión con el Ministerio de la Verdad (organismo creado por el actual gobierno para vigilar y censurar lo que consideran “noticias falsas”) o la censura en medios privados como Youtube o Twitter si sus bots detectan palabras prohibidas, son ejemplos de retrocesos en la libertad de expresión. Haber borrado Twitter permanentemente la cuenta del presidente saliente de la primera potencia mundial cuando aún no había salido del cargo es otro ejemplo de ello.

La intervención y espía de las comunicaciones privadas tras los atentados del 11-S, que iniciaron hace veinte años lo que hoy acaba en Afganistán, con un coste económico y de vidas humanas estratosférico, es otro retroceso en la libertad.

Todas las restricciones y prohibiciones actuales, con la pandemia como excusa, cuya situación previa no será restituida en el futuro, son ejemplos de pérdida de libertades.

Pronto experimentaremos una vuelta de tuerca más: controlarán nuestra economía familiar con el dinero digital de los bancos centrales. Hablando de dinero y bancos, la esclavitud a la que estamos sometidos con el dinero-deuda desde la creación de los bancos centrales creando dinero de la nada junto a la exigencia de intereses, es una de las pérdidas de libertades individuales (y de los Estados, si cabe, al estar todos endeudados) más bien perpetradas y silenciosas de la historia de la humanidad.

Pero detrás de todo retroceso en el mantenimiento de las libertades, se suele buscar un culpable. La invasión de países como Afganistán o la intervención de las comunicaciones, fue por culpa de los terroristas que derribaron las Torres Gemelas.

La culpa de que se mantengan las restricciones y prohibiciones de la pandemia, tras haber recibido la mayoría de la población la doble pauta de las vacunas, sin haber conseguido controlar el virus, tiene otro culpable: los jóvenes que, según dicen los informativos, se pasan el día en fiestas privadas, en conciertos y haciendo botellones. En los últimos días parece ser que los culpables también son los bebés, aquellos transmisores silenciosos.

Ya lo decía Luis Eduardo Aute en su canción titulada, precisamente, Libertad: “Vivir es más que un derecho; es el deber de no claudicar”.

El joven Zaki pagó con su vida por perseguir su sueño y la libertad que se estaba desvaneciendo en su país. Ese bien jurídico superior debe ser conservado y, como cantaba Aute, tenemos el deber de no claudicar en la defensa de nuestras libertades.

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