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Pigmalión en las aulas

Por José A. García Bustos
sábado 04 de septiembre de 2021, 17:44h

En pocos días empieza el nuevo curso académico tras haber acabado otro con exceso de clases online e inevitable merma en calidad en la enseñanza por motivos de sobra conocidos.

El próximo curso los docentes tienen un trabajo titánico: intentar compensar las deficiencias educativas del curso anterior y sacar lo mejor de cada alumno para convertirles en mejores personas y hacernos mejor país.

La educación es el arma más poderosa del mundo. Lo sabemos. De ella depende que tengamos una sociedad futura con borregos incapaces de contrastar ni detectar la manipulación o que, gracias a los conocimientos y valores inculcados en el colegio, institutos o universidades, se ejerza una crítica constructiva contra falsos argumentos con malvadas intenciones.

Queremos ser las antípodas del nuevo, aunque arcaico, Afganistán. Queremos que se respete la libertad de decisión y acción, la propiedad privada y la seguridad jurídica. Ante el modelo talibán que rechazamos, la educación se revela como una esencial palanca de cambio hacia una sociedad avanzada. Conocedores de su poder, los nuevos líderes afganos prohíben la educación a las mujeres, evitando que se cuestionen su sumisión al hombre y al nuevo statu quo que las priva de casi todo.

Existe un interesante experimento de 1968, bautizado con el nombre de “Pigmalión en las aulas” en el que, al iniciar el curso en un instituto californiano, la directa del centro, Leonore Jacobson, quiso aplicar los estudios de un psicólogo contemporáneo, Robert Rosenthal, a sus alumnos. Pasaron un test de inteligencia y vieron que sus alumnos tenían un nivel normal de inteligencia pero falsificaron algunos informes dándoles un mejor resultado. Al entregarlo a sus profesores, estos tuvieron la falsa (¿?) sensación de que eran más inteligentes de lo que en realidad eran aunque no sabían que lo iban a llegar a ser.

Al acabar el curso, los alumnos cuyos informes fueron falsificados, dieron resultados mucho más elevados que el resto, concordantes con el resultado manipulado. Es la conocida como profecía autocumplida.

El motivo fue que los profesores les miraron de otra manera y les prestaron una atención especial. Todo ello de manera inconsciente. Cuando se equivocaban los alumnos, los profesores pensaban que eran ellos quienes no habían explicado como tocaba y daban otro enfoque a la materia hasta que el alumno lo entendía. Una cosa más: mantenían más tiempo el contacto visual con ellos, detectando así si eran seguidos en sus explicaciones y buscando un vínculo más estrecho.

La conclusión es que las expectativas que tenemos en la gente que nos rodea o incluso acerca de nosotros mismos, se acaban cumpliendo.

Feliz inicio de curso docentes. Gracias por vuestro esfuerzo por sacar lo mejor de cada alumno, dentro de sus habilidades. Pensad que sus capacidades son el doble de las que incluso ellos mismos creen que tienen. Gracias por ver en cada alumno a un futuro Einstein, Nureyev, Picasso, Phelps o Beethoven. Como afirmó Einstein: Todos tenemos un genio dentro pero si juzgamos a un pez por su habilidad para trepar árboles, vivirá toda la vida pensando que es un inútil. Ved a cada alumno como Pigmalión vio a su estatua, Galatea, que tras enamorarse de ella por su perfección, hizo que sus expectativas acabaran siendo una realidad y acabara cobrando vida.

El país os lo agradecerá.

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