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Superstición y ciencia en el covid

Por Gabriel Le Senne
jueves 09 de septiembre de 2021, 06:00h

Fernando del Pino acaba de publicar, con la brillantez que le caracteriza, un informe donde analiza la evidencia científica sobre diversos asuntos trascendentales en relación con el covid y las políticas empleadas para afrontarlo. Como es demasiado extenso para la mayoría, y sin embargo de la mayor importancia, intentaré resumirlo, sin dejar de recomendar su lectura completa a quien pueda. Toda la información que aporta está basada en las abundantes fuentes científicas que cita.

El primer apartado trata de la letalidad real del virus, para situar el problema en su justa medida. A este respecto, podríamos decir que no estamos ante una enfermedad, sino dos: una muy, muy leve, para la gran mayoría de la población, y otra, potencialmente grave, para una minoría, que es población de riesgo: mayores y enfermos (destacan cuatro comorbilidades: obesidad, diabetes, hipertensión y problemas cardiacos). Para una persona sana de menos de 65 años, el riesgo de muerte por covid es equivalente al riesgo de morir yendo en coche a trabajar a diario entre 4 y 82 millas. En niños y adolescentes, la mortalidad por covid es cercana a 0. Para ancianos, tampoco es una sentencia de muerte: el 96% de los mayores de 70 se recuperan (y si tuviéramos en cuenta el numero real de infectados, el porcentaje sería aún mayor).

Comparando los riesgos que el virus les supone con los graves efectos perniciosos de confinamientos y restricciones, “lo que se está haciendo con los niños durante esta epidemia roza el maltrato infantil”. Para los niños el covid es menos grave que la gripe y la probabilidad de transmisión a los adultos es bajísima. “La ciencia apoya, sin duda, que los colegios funcionen con absoluta normalidad, sin mascarillas ni parafernalias”.

Si bien es cierto que una persona presintomática puede transmitir el virus 24-48 horas antes de desarrollar síntomas evidentes, la probabilidad de ello es baja. Sin embargo, el contagio de asintomáticos ha convertido injustificadamente a cualquier persona en una amenaza, con el consiguiente desarrollo de neurosis, paranoias y conductas agresivas.

El contagio por contacto con superficies infectadas o fómites es igualmente improbable, y sin embargo ha causado multitud de trastornos obsesivo-compulsivos. Recuerden cuando llevábamos guantes, el virus duraba días en los objetos, nos descalzábamos en la entrada o limpiábamos la compra con lejía, por no hablar de la aún vigente adicción al gel hidroalcohólico. Está bien lavarse las manos, como toda la vida, pero sin volverse locos.

La inmunidad natural es muy superior, en eficacia y duración, a las vacunas. Las personas que han pasado el covid tendrían 13 veces menos posibilidades de reinfectarse que los vacunados, y mucho menor riesgo de hospitalización. Prácticamente no se han encontrado en el mundo casos correctamente diagnosticados y documentados que lo vuelvan a pasar grave. Las mutaciones sortean más fácilmente la inmunidad artificial (las vacunas). Por ello no existen razones médicas que justifiquen: i) por qué no se tiene en cuenta a las personas que ya han pasado la enfermedad, a efectos de inmunidad de rebaño; ii) por qué se está vacunando a personas que han pasado la enfermedad; iii) por qué se demoniza la infección de población no de riesgo, como los jóvenes, cuando su inmunización natural será la mejor forma de proteger a los mayores en el futuro.

La cuarentena de 8 días, 10 si se quiere dejar un margen de seguridad, es suficiente. La PCR ha sido erróneamente canonizada durante la epidemia, pero la propia OMS indica que es sólo una ayuda para el diagnóstico, que debe combinarse con observaciones clínicas, el historial del paciente, el estado confirmado de cualquier contacto y la información epidemiológica. La PCR detecta también el material vírico inerte, por lo que da falsos positivos. Además es relevante el umbral de ciclo, o sea, cuantas amplificaciones han sido necesarias para detectar la señal del virus.

Las mutaciones, pese a las campañas de terror mediático, son parte natural del ciclo de vida de un virus y raramente impactan dramáticamente. En el Reino Unido el 99% de los casos pertenece a la variante delta y sin embargo la letalidad no ha parado de descender y se encuentra en mínimos históricos: 0,156% (CFR, por lo que la real es incluso inferior) a 13 de julio.

El “covid persistente” sería muy minoritario, generalmente muy leve, y fundamentalmente un problema psicosomático relacionado con el bombardeo sistemático de la propia campaña de terror mediática. “Los escasísimos casos de mayor relevancia son indistinguibles de las secuelas de cualquier estancia prolongada en UCI”.

En cuanto a las vacunas, su eficacia se ha reducido notablemente con la variante delta en cuanto a protección frente al contagio (Pfizer, del 95 al 42%), si bien continúan mostrando una eficacia alta en cuanto a reducción de hospitalizaciones (75-81%). No obstante, presentan unos efectos adversos inusualmente altos: en Reino Unido las muertes se cifran en 40 por millón, y las incapacidades permanentes en otro tanto (fuentes oficiales de la yellow card británica, que se corresponden con el VAERS americano). Los efectos a largo plazo se desconocen y las farmacéuticas han exigido y obtenido inmunidad.

De todo ello cabe concluir que los beneficios de las vacunas superan a los riesgos para la población de riesgo (por edad o por comorbilidades), pero no para niños y jóvenes adultos sanos, ni mucho menos para quienes han pasado la enfermedad. Ni la OMS ni el Reino Unido recomiendan la vacunación masiva de menores. Procede, por tanto, vacunar a la población de riesgo. Para los demás, la vacunación debe ser un acto libre, informado y voluntario, sin presión social ni amenaza alguna. “No puede exigir a una persona o a su hijo que corran un riesgo para que usted duerma más tranquilo”. Además, con estas vacunas es imposible erradicar el virus.

Por todo esto, concluye, “es hora de recuperar la vieja y querida normalidad”.

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