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El gato encerrado en el Matrix de Hacienda

Por Jorge Sáinz de Baranda
domingo 06 de marzo de 2022, 08:23h

La expresión “aquí hay gato encerrado” la utilizamos con frecuencia cuando desconfiamos de algo o de alguien, pero si quisiéramos encontrar el origen tendríamos que acudir al Siglo de Oro español, en el que se empezó a llamar «gato» a la bolsa o talego en el que se guardaban los dineros, seguramente porque ésta estaba hecha de la piel del pequeño felino.

Estos «gatos» se llevaban escondidos entre las ropas, y la frase se convirtió en la consigna que se daban entre sí los amigos de lo ajeno cuando veían a alguien guardándolos, todo ello con el loable fin de afanárselo rápidamente.

Y miren, que casualidad, que esta expresión es la primera que me vino a la cabeza al comenzar a leer -lo sé, querida, este vicio no me puede traer nada bueno- el nuevo proyecto de Reglamento que, con el pomposo título de “Reglamento que establece los requisitos que deben adoptar los sistemas y programas informáticos o electrónicos que soporten los procesos de facturación de empresarios y profesionales, y la estandarización de formatos de los registros de facturación”, se ha estado cocinando desde la Administración Tributaria.

La Ley del fraude fiscal introdujo la prohibición del software de doble uso, que era el que permitía manipular y llevar una doble contabilidad. Esos softwares llegaban a instalar un programa oculto en el TPV para emitir tickets completos que no se incorporaban a la facturación oficial.

Para evitarlo se comenzó exigiendo que los programas a utilizar por los autónomos y empresas dispusieran de un certificado del Ministerio de Hacienda, aunque quedó todo condicionado a su desarrollo reglamentario, que es lo que ahora tenemos en ciernes.

La forma de comenzar la exposición de motivos, diciendo “este Real Decreto pretende conseguir la modernización de la dotación digital de pymes, microempresas y autónomos, a la vez que una mejora en el cumplimiento tributario y en la lucha contra el incumplimiento”, me supuso de inmediato el comienzo simultaneo de mis picores -no sé si se lo he contado, pero recientemente me han diagnosticado alergia a los mininos-.

La idea base del reglamento es, otra vez, añadir una nueva obligación a los autónomos, a las microempresas y a las Pymes, de forma que se verán obligados a adaptar sus programas informáticos de facturación para cumplir con los nuevos requisitos en las facturas que emitan, en las que se incluirán necesariamente códigos QR o de verificación automática.

A su vez, la norma recoge la posibilidad -de momento es solo una amable invitación- de remitir telemáticamente cada factura a la Agencia Tributaria a fin de que lleve ella directamente tu libro registro de facturas emitidas.

Pero no se queden ahí, que la novedad importante es otra, aunque esté escondida.

A partir de ahora, la factura emitida por un autónomo o una pequeña empresa, y con independencia del importe que sea, también la puede remitir a la Agencia Tributaria el destinatario de la misma, sea o no empresario, y por la misma vía telemática; de forma que nos ofrece a los consumidores finales una sana venganza en caso de que el servicio o el bien no haya sido de nuestro agrado y, de paso, la Administración contará con una información de la que, con el actual modelo 347, carece, ya que solo se declaran las operaciones superiores a 3.000 €.

Eso sí, la norma aclara que “estas remisiones de información no tendrán la consideración de denuncias de infracciones tributarias”. Recuerden que Roma sí paga traidores.

Aquellos contribuyentes que sufren el simpático sistema del Suministro Inmediato de Información (SII), implantado en el año 2017 para las empresas que facturan más de 6 millones de euros, ya pueden imaginarse el final feliz de este reglamento en un plazo no muy lejano.

Lo cierto es que las constantes nuevas obligaciones de información y control a cargo del contribuyente nos están adentrando en un Matrix tributario, como el de la película de ciencia ficción dirigida por las hermanas Wachowski (1999), en el que las máquinas terminarán conociendo hasta el color de nuestra ropa interior -aunque con las modas actuales, el saberlo no suponga tampoco ninguna proeza-, dejando relegadas las funciones de los órganos de gestión e inspección de la Administración a un mero cruce de datos suministrados por el propio obligado tributario, o por los que le rodean.

Y como hoy va de gatos, me tengo que despedir con otra cita, de noche todos los gatos son pardos, que trata de advertirnos de la facilidad, en algunas ocasiones, de ser engañados por una falsa apariencia de avance y mejora, sin percatarnos de las malas intenciones que ocultan… aunque no se crean, quizá, todo son elucubraciones mías producidas por mi nueva alergia. Tiempo al tiempo.

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