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La Policía, ¿para qué?

Por Joan Miquel Perpinyà
miércoles 08 de junio de 2022, 06:00h

Pasear cualquier tarde por la playa de Palma, desde Can Pastilla hasta el Club Náutico del Arenal de Llucmajor, es todo un placer y además, una aventura. Le pasan a uno más cosas en dos horas de recorrido de unos 10 kilómetros de longitud, que en dos meses de su vida. Podría escribir un libro con todas las cosas que he visto desde la última semana de Cuaresma, un poco antes de que arrancase la temporada turística de este 2022.

Hay tardes especialmente prolíficas, como aquella en que vi cómo tres motoristas de la Policía Local acorralaban a un vendedor ambulante para incautar las gafas de sol que llevaba. Ese pobre hombre de color, imagino que inmigrante ilegal, entregó el género sin protestar. No vi que le pidieran la documentación, porque, de todos modos, por más que lo denuncien los agentes encargados de hacer cumplir la Ley, no pagará la multa. Ni tendrá domicilio conocido, supuse, ni dinero con qué pagar. Se marchó cabizbajo, supongo que a por más género que encasquetar a los guiris borrachuzos que atestan el paseo.

Más tarde vi a un hombre corriendo desde primera línea hacia segunda línea, con una mujer descalza detrás de ella, a mucha menor velocidad, gritando amargamente: “¡Ladrón! ¡Ladrón!”. Un deportista corrió detrás del primero e ignoro si le dio alcance. Supongo que no, porque aquel le aventajaba bastante y era más joven y menos barrigudo. Y estaba más motivado para correr como una liebre, en tal de no acabar detenido y en los calabozos de la comisaría.

Por lo que pude averiguar, la señora víctima del hurto estaba delante de la ducha para quitarse la arena de los pies a sí misma y a sus dos hijos pequeños. Dejó su cesta con las toallas y demás enseres playeros en el suelo, y el descuidero desaprensivo tomó el bolso y a correr como un diablo. Como suele suceder, la mujer se lamentaba de la falta de humanidad de alguien que roba a una mujer sola, con dos hijos a cuestas. “No llevaba dinero, pero ahora tendré que anular las tarjetas. ¡Y el DNI…!”, se quejaba la pobre madre, allí, descalza, siendo el centro de atención de medio Balneario 5. “Llame a la Policía”, le dijo uno. “¿Para qué?”, respondió ella malhumorada y tajante.

Hay momentos y lugares donde la labor policial o es preventiva o ya no hace falta que sea. Pero este martes la Policía anunció que había detenido a un carterista in fraganti, cuando pretendía robar a una pareja de alemanes que estaba nadando. Se acercaba a sus bolsos reptando por la arena para no ser visto por sus víctimas, pero no se dio cuenta de que los agentes sí le habían visto sus oscuras intenciones. Le arrestaron y le atribuyen un montón de hurtos similares que sólo se le podrán endosar si hay denuncias previas.

En un año tan excepcionalmente bueno en términos de turistas y empleo, los ladrones también buscan hacer su agosto. Y su julio. Y su junio.

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