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El vídeo de la vergüenza

Por Álvaro Delgado
lunes 20 de junio de 2022, 04:00h

En la tercera jornada del juicio del mediático caso Cursach, las defensas del principal acusado y de su empleado Bartolomé Sbert, los excelentes Letrados Enrique Molina y Antonio Martínez Quereda, pidieron al Tribunal que proyectara en la sala el vídeo de la declaración que Sbert había realizado ante el Juez Instructor de la causa Manuel Penalva el 11 de noviembre de 2017. La intención de los Abogados es anular el juicio por falta de imparcialidad del Juez Instructor y del Fiscal, a quienes se intervinieron numerosos mensajes de whats app llamando, entre otras muchas cosas, “hijos de puta” a los acusados. El vídeo que se pudo contemplar el pasado miércoles en la Audiencia Provincial de Palma fue publicado, ese mismo día, en la detallada crónica que del procedimiento está haciendo el periódico Ultima Hora.

En la grabación se observa a un Sbert destrozado tras varios meses en prisión preventiva, acusando anímicamente la tremenda presión mediática que rodeaba el caso, y lamentándose amargamente del trato recibido de los propios investigadores. Con un tono educado pero firme, va relatando ante el Juez las amenazas reiteradas sufridas por parte de un policía del Grupo de Blanqueo (“me puso la mano con los cinco dedos abiertos delante de la cara y me dijo: yo soy experto en políticos; entrégame a José María Rodríguez o te vas a tirar encerrado aquí cinco meses”), las innumerables mentiras relatadas por testigos cuyas falsedades ya se estaban desmontando -y a los que el Juez y el Fiscal dieron plena credibilidad, e incluso teledirigían por mensajes sus declaraciones- para terminar acusando al Juez Penalva de “estar contaminado”. Añade que “ya estoy condenado de antemano porque usted cree a todos los que mienten; soy un proscrito, soy un leproso, y mi familia igual porque mis hijas no pueden ni salir a la calle”. Y acaba diciéndole al Juez, entre sollozos, que “sólo me siento seguro en prisión, porque si salgo usted creerá a cualquier loco que diga que le he amenazado y mi condena será peor”.

En esa conmovedora declaración, Bartolomé Sbert recuerda a un pobre prisionero judío tratando de defenderse ante un pelotón de las SS en una sala de Mauthausen. Sabiendo que dijera lo que dijera iba a ser -más pronto que tarde- carne segura de crematorio. Y rogando a sus torturadores que le devolvieran a la celda por ser donde se encontraba más seguro ante tantos peligros sueltos. En innumerables películas de acción hemos podido ver escenas similares. Pero contemplarlas en Palma, con protagonistas de carne y hueso, pone la piel de gallina.

Asumiendo que la escena nos muestra sólo una pequeña parte de lo que debió suceder durante esa anómala instrucción judicial, lo que ahí se puede escuchar repugna a cualquier persona con un mínimo de humanidad. Y ya no les hablo de la opinión técnica de quienes tenemos una mínima formación y sensibilidad jurídicas. Les recomiendo encarecidamente que la vean si no han tenido oportunidad de hacerlo, y que valoren la situación por ustedes mismos. Si lo que ahí ustedes contemplan no remueve profundamente sus conciencias es que nuestra sociedad está marchando por mal camino.

Con independencia de los delitos que pueda haber cometido Sbert, o cualquiera de los demás acusados, convendrán ustedes conmigo que la que hemos presenciado no es la forma apropiada de perseguirlos. Muchas veces la realidad supera la ficción. Y lo que ese vídeo nos muestra, más claro que en cualquier película, representa una absoluta vergüenza sin ninguna clase de paliativos. Piensen que cualquiera de ustedes, o yo mismo, podríamos estar ahí sentados siendo tratados de la misma manera. Porque a los responsables de todo ese desaguisado los hemos tenido todos tremendamente cerca.

Cambiando impresiones con algunos de los Letrados y también de los acusados del juicio del año en Palma -que se celebra a escasos metros de distancia de mi despacho profesional-, todos me han acabado comentando que muchas otras cosas tan graves como lo que se aprecia en ese vídeo están todavía por salir. Más las que nunca podrán aparecer, por las lógicas limitaciones de tiempo en un juicio penal tan complejo, o por no haber podido grabarse o documentarse. Todo ello parece demostrar que no estamos ante la puntual actuación esporádica de escasos funcionarios enajenados, sino ante una irregular práctica investigadora que a unos cuantos se les fue de las manos. Con la repugnante colaboración incondicional de algún medio irresponsable.

Sus protagonistas pueden agradecer la inmensa fortuna de que Bartolomé Sbert sea hombre, blanco y heterosexual. Si, en los tiempos actuales, el vídeo de la vergüenza incorporase -por casualidad- algún componente adicional de género, raza u orientación sexual seríamos desgraciada noticia de portada en todos los medios del mundo entero. Y la Justicia española estaría siendo gravemente denigrada ante los principales foros internacionales.

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